Actualizado hace: 1 hora 3 minutos
Tradición oral
Un vuelo que llegó al cielo

La tradición oral se manifiesta de forma espontánea en todos los pueblos. El cuento es una de esas expresiones ancestrales.

Miércoles 18 Enero 2017 | 04:00

 La cultura montuvia es dueña de muchas historias inspiradas en la mente y experiencia de los abuelos, que compartían con las familias reunidas.

En la actualidad varios investigadores se dedican a recopilar estos relatos con el fin de fortalecer la tradición oral del pueblo montuvio de Manabí.
Tras una investigación el cuentista manabita Rubén Darío Montero, recopilador de la tradición oral, resalta la leyenda ‘El papagayo’:
La leyenda. “En el final de aquel  año caluroso, seco y sin agua, porque  el invierno no había llegado, su presencia se extrañaba.
A  los animales se les escaseaba el alimento;  en esos días fue cuando llegué hasta la finca de don Mesías Macías, ubicada allá en Maconta, para que me regalase unos  mangos y traerlos a vender a Portoviejo y ganarme unos centavos. 
Don Mesías con machete en mano se acercaba, maldiciendo y carajeando porque la finca no le había producido como  en  otros años, los mangos, el aguacate, el níspero, había sido floja su cosecha y para colmo yo le llegué a pedir de los pocos mangos que él tenía.
Con  un saludo muy  fraterno me dio la bienvenida, y me dijo que él esperaría  la Semana Santa, para darle en Jueves y Viernes Santo una tremenda paliza con un látigo a los árboles que tenía su finca, porque últimamente habían estado ralas sus cosechas y ya  verá, decía,  hasta se desraman  de lo pesados que van a estar, cargaditos de frutos.
Bien, como ya quedamos, usted  siéntese cómodo, que le voy a narrar una leyenda, mi querido joven,  mientras  espera que mi hijo le coja los mangos de chupo. 
 Cuando yo era un “pelao”, en invierno hacíamos con mi padre  una balsilla con palo de boya y la colocábamos en el cauce del río, la llevábamos río abajo hasta más allá de Portoviejo.
En aquellos días la parada de las balsas y balsillas había cambiado, porque primero era atrás de la calle Colón, en Puerto Real, la caída al río más antigua de Portoviejo, porque existía desde la época de la Colonia,  por ahí donde es hoy el puente Chile.  
Después hubo otro puerto en el barrio  Las Pulgas, por el hospital, en aquel Portoviejo pequeño, para luego ir al último puerto que recuerdo que fue en la plazoleta 24 de Mayo, más allá del puerto Mamey.
En balsas. Sí muchacho,  la historia así lo dice y yo que navegué por muchas años doy fe;  una cosa quiero recordar,  las balsas que bajaban de las montañas manabitas eran hechas con 24 cañas,   a esas  la llamábamos balsas, las hechas con caña guadua,  y las que bajaban desde las montañas, elaboradas con palos de boya,  la llamábamos balsilla; digo esto por si acaso hayan olvidado la verdad.
Cuando llenábamos la balsilla con verduras  y frutas, y otras cosas que mi padre quería llevarle a su madre, mi abuelita Georgina; avanzando por el cauce del río veíamos lo bello y hermoso de las vegas del valle del río, cuando ya pasábamos Portoviejo, en un sector que la gente conocía como “la montañita”, le llamaban así  porque en él se encontraban animales de distintas clases, desde tigrillos, caimanes y muchas culebras; era la señal para saber que estábamos cerca de nuestro destino.
Después llegaba la gran mancha de caña,  donde uno contemplaba  y admiraba los bellos colores de los papagayos, que habían por miles; mi padre siempre me decía, que al contemplar los papagayos era como mirar al mismo cielo y su gorjeo era el cantar de un ángel, para muchas personas su canto y sus colores eran traídos del mismo Paraíso.
Al parecer a ciertos hombres que vivían en aquel sector no les agradaba el griterío que hacían por las tardes estas bellas aves prensoras emplumadas, con los colores del arcoíris.
Salían a cazar. Por las noches salían grupos de personas  a cazarlos, por lo que poco a poco se fue mermando su presencia; comenzaron tumbando la gran mancha de caña para llegar a sus nidos; otros tenían en sus casas pichones casi sin plumas, y en muchos casos hasta mutiladas sus alas; lo que se hacía con los papagayos era una masacre; la gente por las noches se preparaba con palos, piedra y azufre para matar al viejo papagayo que no se dejaba coger, aquel que vivía en el centro de la mancha de caña y que tenía un cantar divino, que se lo escuchaba desde lejos.
Hacían una gran fogata en medio de la mancha de caña, el azufre se quemaba y emanaba un olor desagradable, que despertaba a duendes y diablillos. Todo esto pasaba porque los dueños de las vegas se molestaban con los papagayos, que se les comían los frutos de los palos de mangos.
Cada vez que iba con mi padre a casa de mi abuelita Georgina, aún siendo un niño, podía observar con pena y dolor cómo la mano destructora del hombre acababa con la naturaleza poco a poco;  de la gran mancha de caña ya casi no quedaba nada, la gente, con tal de acabar con los papagayos, no se daba cuenta que al prender fuego también estaba acabando con esa hermosa extensión de tierra cultivada por la mano de la naturaleza.
Cierta vez que nos quedamos durmiendo donde mi abuelita, la llamarada que se veía desde la casa nos hizo ir hacia la mancha de caña y pudimos ver cómo, mientras se prendía candela a lo poco o nada que quedaba, el viejo papagayo que estaba en el centro, a pesar de la candela y el humo, no dejaba de cantar; en ese mismo instante, muy cerca de una casa salía una bonita criatura, era la hija de aquel señor promotor, para que mueran los papagayos.
Como sonámbula o encantada por el canto del papagayo, aquella jovencita se encaminó y se adentró adonde estaba la fogata, que a nadie le dio tiempo de reaccionar; poco a poco al cuerpo de la bella joven, de apenas unos 15 o 16 años, las llamas lo envolvieron y lo devoraron. Cuando estaba toda cubierta por las llamas, de en medio de su cuerpo salió su espíritu con forma de papagayo y voló hasta donde estaba el viejo papagayo, parecía como si él la estuviese esperando.
Todos los presentes que contemplábamos la candela vimos cómo este par de papagayos se fue volando rumbo al cielo y a los pocos momentos en la oscuridad de la noche desaparecieron. 
Mi padre y yo fuimos testigos de todo esto. Al otro día quisieron encontrar el cuerpo de la joven, pero no estaba.
Los papagayos nunca más llegaron a aquel lugar, donde por mucho tiempo fue su santuario desde épocas inmemorables.
La mancha de caña no volvió a crecer; la montañita fue devastada y, en memoria de lo que había pasado en ese lugar, los padres de la joven pusieron una gran cruz de madera.
Con el tiempo aquel sector muy cerca de Portoviejo se lo conoció como “El Papagayo”, dueño de esta leyenda que hoy la sacamos de los recuerdos.
Don Mesías Macías Quiroz, al terminar de relatar la leyenda, de sus ojos destellaron gotas de lágrimas.
Cogiendo mi canasto lleno de mangos, me despedí de aquel señor que todavía soñaba con lo bello que era el contemplar un papagayo”.
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