Actualizado hace: 43 días 12 horas 38 minutos
La palabra…
La palabra…
Por: Melvyn Herrera
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Lunes 02 Enero 2017 | 04:00

En este primer artículo del año 2017, me referiré, no a la palabra escrita como la que estoy usando para comunicarme con Uds., generosos lectores, sino a la cada vez más desactualizada e irrespetada palabra hablada y empeñada u ofrecida. Es que hasta hace poco en círculos de caballeros y personas de bien, era suficiente pronunciarla y sellarla con un apretón de manos, para que, como decíamos los que tenemos algunos años de existencia, valiera mucho más que una escritura. Me refiero a la palabra que compromete una acción, cualquiera que esta fuese, ahorrándonos la tramitología y garantizando el cumplimiento de lo ofrecido en la tertulia que, por lo regular, siempre la  antecede. Traigo a colación este tema algo pasado de moda, por la experiencia de un buen amigo, cuando después de una charla de un par de horas, al calor de un café, de lado y lado, ambos, ellos mutuamente se comprometieron a las tareas de las que trataron y puntualizaron de asuntos que a cada uno les interesaba; y vino el clásico apretón de manos que fue la señal de aceptación de lo comprometido, lo que, por vivir en estos tiempos, fue ratificado por medio de medios electrónicos.

Chapado a la antigua y confiando en la palabra recibida, este amigo de inmediato inició las acciones a su cargo, que debían corresponderse con el cumplimiento que debía honrar la otra parte; y continuó con lo que le correspondía hacer con los iniciales contactos para materializar su compromiso. Pero sucede que en los días sucesivos y por su electrónica insistencia, el otro amigo cumplió su palabra en solo un 40 %, lo que provocó que en vez de alivio, lo que obtuvo quien me relata fue más complicaciones; empero, confiando en el cabal cumplimiento de la palabra comprometida, él siguió realizando sus acciones en un 100 % del ofrecimiento pactado, y como ya había iniciado lo que con la palabra se había comprometido, lo culminó en su totalidad y a cabalidad, quedando solo por ver los resultados, que no dependen ya de su intervención.
Como “no hay mal que por bien no venga”, el incumplimiento del amigo lo forzó a otras actividades que le dieron buenos resultados, habiendo subsanado el temporal agravamiento  provocado. De su parte -menciona el aludido- quedó con la satisfacción del deber cumplido, dado que había dado su palabra, y ésta para él es Ley, como debe ser para todos. Ahora escribo este relato, para contarles esto que puede serles de utilidad por la conclusión a la que he llegado: En estos tiempos no hay cómo confiar en nada, ni en nadie; peor si es por medio de solo la palabra hablada, y a veces ni escrita. ¡Definitivamente los tiempos han cambiado!
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