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La educación como tarea colectiva

Me gustaría que leyeran este artículo aquellas personas que no quieren instruirse, que se han negado a enderezarse y no desean aprender, que están salvajes como ese campo sin ararlo y que quieren proseguir el camino sin despertar el intelecto.

Domingo 24 Julio 2016 | 04:00

Cultivarse es algo admirable, sobre todo cuando nos enseñan a pensar, para bucear por nuestros interiores, o a sentir el contacto con nuestros semejantes de manera respetuosa para poder convivir. 

No hay mayor tesoro que poder educarnos para la vida que nos espera, para la convivencia que nos aguarda, para el discernimiento de la justicia como conciencia, para ser excelente persona cada día en definitiva. Por consiguiente, yo les diría a los individuos que no quieren dejarse sorprender por la sapiencia, que al final somos lo que la educación hace de nosotros. Porque hasta para reflexionar, precisamos saber mirar; y, para ver, también requerimos de un afán, la búsqueda permanente. Y, en esa exploración verdaderamente hermosa, se precisa la colaboración de todo un pueblo. 
Los maestros, las familias, ¡todos!, son los primeros que han de permanecer abiertos a la realidad circundante. Sería bueno, por tanto, que coincidiendo con el día mundial de los docentes (5 de octubre), la sociedad toda unida, reinventase un nuevo entusiasmo para ganar la apatía de esos seres en formación, que pudiendo formarse rehuyen de hacerlo. Ciertamente, cuesta entender que haya tanta dejadez social, ante el alma tan tierna de un niño, al que podemos destruir o, por el contrario, templarlo para que pueda salir airoso ante las dificultades de la vida. Por otra parte, aún hay otros países, que para alcanzar el objetivo de la educación primaria universal de aquí a 2020, se necesitarán contratar a un total de 12,6 millones de maestros, según datos recientes del Instituto de Estadística de la Unesco. 
También se olvida la sociedad que, educando a los niños de hoy, no será necesario castigar a los adultos del mañana. Mi consejo, pues, que se dejen instruir para embellecerse y verán luego el gozo que sienten, amarán más la vida y se amarán mejor. Piensen, en todo caso, que nunca es tarde para engrandecerse y abrirse a la plenitud de la existencia.
Deberíamos acusarnos todos, ante esos niños que no quieren aleccionarse, tanto sea por desgana propia del educando como por falta de incentivos en los recursos o docentes. La docencia es una cadena de transmisión de la civilización, que ningún país debe obviar, en la medida que su actuación nos hace avanzar o retroceder. 
Por eso, es una buena noticia que el eje de la Agenda de Educación 2030, considere como primordial objetivo “una educación de calidad inclusiva y equitativa, y promover las oportunidades de aprendizaje permanente para todos”.  
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