Actualizado hace: 4 horas 38 minutos
Crónica
Las lágrimas del taxista

Viernes 08 Julio 2016 | 06:00

Ese viernes, cuando el taxista llegó a casa, Eugenia no se anduvo por las ramas. Ella le dijo que no iba a continuar más con él porque dos años de relación eran suficientes. Además ya no lo quería, y hacer el amor se había vuelto aburrido. Se iba a Guayaquil a vivir con los padres. Así que adiós. El taxista apenas pronunció un par de palabras. Dejó que se marchara. Sabía que ese momento iba a llegar, porque Eugenia no era de ataduras.
Cuando estuvo solo empezó a llorar. El día siguiente tomó su carro, fue a buscar a un amigo y empezaron a tomar en un prostíbulo. El taxista tuvo sexo con una mulata. Quería demostrarse a sí mismo que lo que dijo su exmujer sobre su virilidad era falso.  Hizo repetir un par de veces esa canción chonguera que dice “vale más cualquier amigo, sea un borracho, sea perdido, que la más linda mujer”. La coreó a todo pulmón.
A las cinco de la tarde estuvo de regreso en casa. La soledad lo venció. Empezó a llamar por teléfono a su ex. Dos, tres, diez veces. Ella no respondió. Volvió a llorar y se durmió. Cuando despertó eran las siete de la mañana del domingo. Revisó el celular y la última llamada a Eugenia la había hecho a las seis de la tarde. Quiso volver a timbrar, pero se arrepintió. Ella no iba a volver. La casa lo asfixiaba y decidió salir a emborracharse otra vez. Una vecina se le acercó y le preguntó si  estaba bien.
-¿Por qué?- dijo el taxista.
-Por el terremoto. En mi casa se cayó una pared, pero todos estamos bien.
-¿Cuál terremoto?
La vecina lo puso al tanto de lo que había ocurrido la noche anterior, a las 18h58.
El taxista pensó que le estaban tomando el pelo, pero después entendió que la borrachera fue más intensa para él que los 45 segundos que duró el terremoto.
Avergonzado subió al taxi y recorrió Tarqui, el Jocay, Miraflores y la avenida 4 de Noviembre. Vio una parte de Manta hecha pedazos. Vio cómo sacaban cadáveres de los escombros. Dos horas después detuvo su carro en una esquina solitaria y se puso a llorar de nuevo, pero esta vez no por Eugenia, sino por su ciudad.
 
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