Actualizado hace: 2 horas 52 minutos
Rubén Darío Buitrón
Algo. O casi todo…

Algo. O casi todo. Muchas veces el mito del cuarto poder se nos subió a la cabeza. Fuimos arrogantes. Nos creímos predestinados a imponer la agenda temática a la sociedad.

Sábado 23 Mayo 2009 | 22:01

No salimos de nuestra sala de redacción a empaparnos de realidad. Llegamos a pensar que era posible derrocar un gobierno con un titular, una nota, una fotografía, una fuente recurrente. Y lo peor es que lo hicimos: de una u otra manera, fuimos herramientas estratégicas y nos conectamos con el sentimiento de la gente en las caídas de Abdalá Bucaram, de Jamil Mahuad, de Lucio Gutiérrez. Llegamos a pensar que era posible imponer un candidato ganador con un titular, una nota, una fotografía, una fuente recurrente. Y lo peor es que lo hicimos: Rafael Correa, el “outsider”, se convirtió en un mimado de los medios porque no podíamos permitir que llegara al poder Álvaro Noboa, un individuo de escasos recursos intelectuales poseído por la obsesión de tener lo único que le falta tener… Ahora no se trata de exigirle a Correa que nos pague el favor. Empecemos por mirar las cosas en perspectiva. Él hizo muchas cosas bien para llegar al lugar donde está. Tuvo el discurso apropiado. La comunicación indispensable. El perfil político ideal (un guayaquileño con mensajes socialistas, cercano a líderes serranos de alta credibilidad). La juventud y la firmeza para luchar contra el poder, los poderes, los múltiples poderes que sostenían un modelo perverso de gobierno. Se trata, en realidad, de asumir el desafío que nos propone el Presidente. Sus amenazas, sus advertencias, sus agresiones verbales, sus obsesiones contra lo que él llama “prensa mediocre y corrupta” solamente pueden ser bloqueadas por un periodismo de calidad, un periodismo que cumpla aquellos cinco sentidos que exigía el maestro Kapuscinski: ir, ver, comprender, sentir, contar. Solo entonces contar… Menos quejas, menos victimiología, menos lamentos, menos temor al futuro. Admitamos que cometimos muchos errores. Reconozcamos que nos cuesta mucho aceptar que fallamos. Recuperemos el equilibrio. Seamos justos. Contemos los hechos. No juguemos a ser partidos políticos de oposición. No nos obsesionemos, como el Presidente, en acabar con nuestros críticos, en destruirlos, en obligarles a hacer silencio. Ellos son, de muchas maneras y aunque no pueda gustarnos, nuestro motor y motivación, ya que por tanto tiempo no fuimos capaces de sintonizar con las demandas de la sociedad, de la gente, de ”los que no tienen voz”, como dice el lugar común. No es que todo lo hicimos mal, me dirá alguien. Pero, bueno, a ese alguien le responderé que es imperativo tener la certeza de que tampoco todo lo hicimos bien. Es imperativo que digamos en voz alta que algo, o mucho, hicimos mal. Seamos valientes y enfrentemos la urgencia de una autocrítica metódica, persistente, honesta. Y solo entonces, si somos capaces de derrocar el muro que nosotros mismos levantamos, hagamos periodismo.
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