Monseñor Luis Gerardo Cabrera Herrera, Arzobispo de Guayaquil y cardenal, es la principal voz de la Iglesia Católica en Ecuador. Tiene 70 años. Recibe a El Diario en su despacho de la Catedral de Guayaquil para hablar de la violencia estructural que atraviesa el país.
Nació el 11 de octubre de 1955 en Azogues. Realizó sus estudios filosóficos y teológicos en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y luego obtuvo una Licenciatura y Doctorado en Filosofía, en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma.
Tomó el hábito franciscano el 1 de octubre de 1975 y el 8 de septiembre de 1983 fue ordenado Sacerdote. El 6 de octubre del 2024, el entonces papa Francisco anunció el nombramiento de 21 nuevos cardenales, entre ellos, Mons. Cabrera. Es el sexto cardenal en la historia de Ecuador.
Monseñor, ¿cuál es, a su juicio, la raíz de la violencia que vive el Ecuador?
La raíz de la violencia es la pobreza, pero no solo la pobreza material. Existe también una pobreza cultural, una pobreza de educación, de salud, de oportunidades. Ciudades que han crecido de manera desordenada, muchas veces a partir de invasiones, porque el Estado no ha logrado resolver las necesidades de vivienda ni de trabajo. Cuando una persona quiere trabajar y no puede, cuando un niño no tiene escuela ni alimentación, se crea el ambiente perfecto para la desesperación. Y la desesperación empuja al delito. La pobreza, en esas condiciones, es una mala consejera. Por eso pobreza y violencia van juntas.
Entonces, la violencia es una consecuencia, no la causa.
Así es. La violencia es consecuencia de una estructura de pobreza que se arrastra por décadas. Gobiernos vienen y se van, pero esa realidad sigue ahí. Por eso, no basta con responder con fuerza. Hay que transformar las condiciones que producen esa violencia.
¿Qué está haciendo la Iglesia frente a esa realidad?
La Iglesia no puede quedarse al margen. La evangelización tiene una dimensión que se llama promoción humana: ayudar a las personas a salir de situaciones inhumanas. En Guayaquil tenemos 21 escuelas y colegios; 19 están en los barrios más difíciles. Contamos con más de 15 dispensarios médicos en los mismos sectores. Tenemos albergues, programas de emprendimiento, capacitación en panadería, corte y confección, y otros oficios.
En la Fundación Nueva Vida vemos todos los días niños sin escuela, jóvenes desorientados, familias sin trabajo. Muchas veces, ante la falta de opciones, algunos terminan en la droga o en el microtráfico. Es una realidad muy dura.
Lo que hace la Iglesia, aunque valioso, es insuficiente frente a la magnitud del problema de la pobreza y abandono. Por eso necesitamos que la empresa privada, el sector público y la sociedad se solidaricen. Hay que tocar corazones, movilizar voluntades.
Monseñor cardenal Luis Gerardo Cabrera Herrera, Arzobispo de Guayaquil.
Usted ha mencionado un tercer factor que agrava la crisis.
Sí. A la pobreza y la violencia se suma la corrupción: la compra y venta de conciencias, el tráfico de influencias, la impunidad. Eso hace que todo sea aún más difícil. Por eso también trabajamos en valores como la transparencia y la honestidad.
Frente a la inseguridad, ¿la represión es la mejor opción?
No. Eso puede generar miedo, pero no resuelve el problema. El país no necesita más balas, más militares, cárceles o represión. En esos aspectos no está la solución. Está bien que la fuerza pública controle, pero eso no es suficiente. La verdadera solución está en la educación, el trabajo y la formación humana. Ya en el siglo VI, San Benito lo entendió con claridad: oración, estudio y trabajo. Si no apostamos a eso, la violencia no va a desaparecer.
¿El Estado está invirtiendo lo suficiente en educación y salud?
No. Falta mucho. Me apena ver que en el Presupuesto General del Estado la educación y la salud reciben muy poco. En otros países se invierte el 30, 40 o incluso el 50 % del presupuesto en educación. Aquí hablamos del 10 o 15 %. Pero está demostrado que cuanto más educación hay, más trabajo se genera y menos pobreza existe.
Los modelos asistencialistas representan populismo. Se promete que todo caerá del cielo, y la gente termina recibiendo migajas. Eso no es justo ni digno. Un Estado serio debe invertir en salud, educación y trabajo, no en dádivas.
Monseñor cardenal Luis Gerardo Cabrera Herrera, Arzobispo de Guayaquil.
Ecuador es un país con profundas desigualdades. ¿Cómo influye eso en la crisis?
Aquí hay pocos que tienen demasiado y muchos que no tienen casi nada. Más del 60 % de la población no tiene un trabajo estable. Hay personas que sobreviven con un dólar al día. Esa brecha es enorme. En países como Italia, donde viví diez años, las diferencias salariales no son tan abismales. Aquí un empresario puede ganar decenas de miles de dólares y un trabajador apenas 450 dólares. Eso es una injusticia estructural.
¿Qué hacer frente a esa desigualdad?
Tenemos que construir modelos económicos más solidarios y más justos. Y eso es una tarea de los jóvenes. Ellos deben dejar de copiar modelos políticos y económicos que ya fracasaron. No podemos seguir atrapados entre derecha e izquierda. Necesitamos creatividad, pasión por la vida, nuevas formas de organizar la economía para evitar los extremos de la miseria y de la opulencia. El libro de de Proverbios dice: "Señor, no me des riqueza para no olvidarme de ti, ni me des pobreza para no blasfemar; dame lo necesario, dame lo justo". Ese debería ser el ideal de una sociedad.
¿El Estado escucha a la Iglesia en esta crisis?
Hay que distinguir entre Estado y gobierno. Los gobiernos pasan y muchas veces creen que la historia comienza con ellos. Se dedican a culpar al pasado y no a construir el futuro. Lo que necesitamos son políticas de Estado que duren 20, 30 o 50 años, en educación, salud, vivienda, empleo. Eso requiere concertación: sentarse a dialogar y construir un proyecto común. La Iglesia, la academia y la sociedad civil deben aportar. Somos parte del mismo país y del mismo planeta.
¿Hay convenios con el Estado?
Tenemos convenios con el Estado para administrar obras sociales: escuelas, centros de salud, comedores y orfanatos. La iglesia tiene 8 vicariatos: seis de ellos en el Oriente, la zona más difícil, más compleja; uno en Esmeraldas y otro en Galápagos. Estamos en las zonas más pobres. El Estado financia y la Iglesia administra con equipos profesionales. Es una relación de respeto y colaboración con el actual gobierno, cada uno en su rol.
