Nunca antes la humanidad había vivido tanto. En apenas tres décadas, la esperanza de vida mundial pasó de 64,6 años en 1990 a 73,8 en 2023. Es un logro indiscutible de la medicina, la prevención y la mejora de las condiciones de vida. Pero detrás de esa buena noticia se esconde una realidad menos alentadora. Los años vividos con buena salud solo aumentaron de 55,9 a 63,1 años en el mismo periodo.
En otras palabras, una persona pasa hoy una media de 10,7 años conviviendo con enfermedades o discapacidad, casi dos años más que hace tres décadas.
Esa es la principal conclusión de un amplio estudio publicado en The Lancet Public Health, basado en los datos del proyecto Global Burden of Disease del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud (IHME).
La investigación pone nombre a una paradoja cada vez más evidente: la medicina ha conseguido retrasar la muerte, pero no ha avanzado al mismo ritmo en retrasar el deterioro físico y mental. En 2023, la población mundial pasó el 14,5% de su vida con problemas de salud.
Como resume Christopher Murray, director del IHME y autor principal del estudio, el éxito de los sistemas sanitarios ya no debería medirse solo por los años que añaden a la vida, sino por los años de vida saludable que son capaces de garantizar.
Las mujeres viven más, pero también sufren más años de enfermedad
El estudio también revela una importante diferencia entre hombres y mujeres. Aunque ellas siguen teniendo una mayor esperanza de vida, esa ventaja viene acompañada de un mayor número de años con problemas de salud. En 2023, las mujeres convivieron de media 12,1 años con enfermedad o discapacidad, frente a los 9,3 años de los hombres.
Según la investigadora Catherine Bisignano, coautora del trabajo, mejorar la salud femenina pasa por prestar mucha más atención a las enfermedades que no son mortales, pero que reducen durante años la autonomía y la calidad de vida.
La paradoja de la longevidad se aprecia especialmente en los países con mayores ingresos. Gracias a sistemas sanitarios más eficaces, la población vive más tiempo, pero también acumula más enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento. Estados Unidos registra la mayor brecha entre esperanza de vida y años saludables, con 14 años de diferencia. Le siguen Australia (13,9 años) y Canadá (13,7).
En cambio, muchas regiones del África subsahariana presentan una brecha menor, aunque por una razón poco deseable: la esperanza de vida sigue siendo considerablemente más baja.
Enfermedades que no matan, pero cambian la vida
Más de la mitad del tiempo vivido con mala salud no está provocado por enfermedades mortales, sino por trastornos crónicos que limitan el día a día. Los problemas musculoesqueléticos —especialmente el dolor lumbar— encabezan la lista mundial de causas de discapacidad. Les siguen los trastornos de salud mental, como la depresión y la ansiedad, la pérdida de audición relacionada con la edad, las caídas y las enfermedades articulares.
Son patologías que rara vez ocupan titulares, pero que reducen progresivamente la autonomía. Un dolor de espalda persistente puede obligar a abandonar el trabajo, la pérdida de audición favorece el aislamiento social y una caída puede convertir las tareas más cotidianas en un desafío.
Además del impacto personal, estas enfermedades incrementan la demanda de atención sanitaria, cuidados familiares y recursos sociales, ejerciendo una presión creciente sobre los sistemas de salud.
El verdadero reto: prevenir antes que tratar
Los investigadores recuerdan que buena parte de este deterioro puede prevenirse. Entre los principales factores de riesgo figuran el exceso de peso, la diabetes, el tabaquismo y el sedentarismo. En los países con menos recursos siguen sumándose otros problemas, como la desnutrición o la contaminación ambiental.
Por ello, los expertos defienden un cambio de enfoque. En lugar de centrar los esfuerzos únicamente en tratar enfermedades cuando ya han aparecido, proponen reforzar la prevención, fomentar la actividad física, impulsar la salud mental, detectar de forma precoz los problemas sensoriales y ampliar los servicios de rehabilitación y apoyo a la dependencia.
El objetivo ya no es únicamente añadir años a la vida. El verdadero desafío consiste en que esos años extra puedan vivirse con autonomía, bienestar y una buena calidad de vida.