El virus nunca llegó. El miedo, sí. Una mañana de febrero de 2016, Manta amaneció convencida de que el ébola había tocado sus costas. La versión era inquietante: un barco pesquero procedente de África permanecía en cuarentena frente al puerto y varios de sus tripulantes habían muerto tras contagiarse del virus más letal del momento.
La noticia corrió como pólvora. En cuestión de horas, el rumor abandonó las pantallas de los teléfonos móviles para instalarse en mercados, restaurantes, oficinas y muelles. Nadie hablaba de otra cosa. Entre conversaciones apresuradas y mensajes reenviados, una sola pregunta dominaba a la ciudad: ¿había llegado el ébola a Ecuador?
Mientras la incertidumbre crecía, la actividad portuaria seguía su curso habitual. Los barcos entraban y salían, los pescadores trabajaban y las plantas procesadoras operaban con normalidad. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Bastó una información sin confirmar para que el temor se propagara a una velocidad imposible de contener.
El rumor que navegó más rápido que los barcos
La historia nació de una publicación periodística y encontró en las cadenas de mensajes y las redes sociales el combustible perfecto para multiplicarse. Según la versión que circulaba, un barco ecuatoriano con pescadores infectados había sido rechazado en Guayaquil e intentaba ingresar por Manta para descargar su pesca en silencio. Pero nada de eso ocurrió.
Ante la creciente alarma, la Capitanía del Puerto de Manta, la Autoridad Portuaria, la Subsecretaría de Recursos Pesqueros y la Asociación de Atuneros del Ecuador convocaron de inmediato a una rueda de prensa conjunta. El mensaje de las autoridades fue contundente:
No existía ningún barco en cuarentena. No había pescadores fallecidos por ébola. Ninguna embarcación proveniente de África o Asia había ingresado al puerto. Las operaciones marítimas se desarrollaban con absoluta normalidad.
Además, las autoridades recordaron que cualquier accidente o fallecimiento ocurrido en alta mar debe ser reportado obligatoriamente a la Capitanía para activar los protocolos sanitarios de rigor, algo que jamás sucedió en este caso.
Sin embargo, desmentir un rumor suele ser mucho más difícil que crearlo. Para cuando llegó la explicación oficial, la falsa noticia ya había recorrido el país e incluso había despertado inquietud a nivel internacional.
La epidemia que sí llegó fue la desinformación
El medio que difundió la información inicial publicó las aclaraciones correspondientes, aunque no fue suficiente para aplacar el impacto causado. El 30 de marzo de 2016, la entonces Intendencia de Información y Comunicación concluyó que la publicación incumplió principios esenciales del ejercicio periodístico —como la verificación, la contrastación y la contextualización de los hechos— establecidos en la legislación vigente de la época.
Como consecuencia, el medio de comunicación recibió una amonestación escrita. El caso quedó registrado como uno de los episodios más representativos del impacto que puede generar una noticia no verificada, especialmente en medio de un contexto de alerta sanitaria global.
Y es que el entorno favorecía el temor. En ese periodo, África Occidental atravesaba el mayor brote de ébola registrado desde que el virus fue identificado en 1976. Más de 28.600 personas resultaron infectadas y más de 11.000 perdieron la vida antes de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara el fin de la emergencia en junio de 2016.
El ébola es una enfermedad viral grave que se transmite por contacto directo con la sangre o fluidos corporales de personas con síntomas. No se contagia por el aire y, durante aquel brote, registró una tasa de letalidad de entre el 55 % y el 60 %.
El virus jamás desembarcó en Manta. Lo que sí tocó puerto fue el pánico, impulsado por una información falsa que encontró terreno fértil en la incertidumbre colectiva.
Años después, el episodio conserva toda su vigencia. Han cambiado las plataformas y la velocidad con la que se distribuyen las noticias, pero la lección permanece intacta: cuando la información no se contrasta, la desinformación se propaga mucho más rápido que cualquier enfermedad.

