En la memoria de Oswaldo Cantos hay imágenes que el tiempo no ha logrado borrar  sobre Junín y Chone.

Han pasado más de seis décadas desde que el Batallón de Caballería Febres Cordero llegó a Manabí para combatir la violencia que imponía la banda de Los Tauras, pero el profesor e historiador juninense todavía recuerda el miedo, los abusos y el estruendo de los fusiles que despertaron a toda una generación.

Era 1963. La provincia vivía uno de los períodos más violentos de su historia. Los Tauras, una organización nacida de antiguas disputas familiares vinculadas al contrabando de aguardiente, se habían convertido en una fuerza temida en amplias zonas rurales. Asaltos, extorsiones y asesinatos mantenían a la población bajo permanente tensión.

Ante la incapacidad de las autoridades civiles para controlar la situación, el Gobierno envió desde la Sierra al temido Batallón Febres Cordero. Los soldados llegaron montados a caballo, armados y con una reputación que los precedía.

Un pueblo bajo vigilancia

Cantos recuerda que los militares también llegaron a Junín. "Vino un sargento llamado José Quelal al mando de 18 reclutas. Pero ese hombre hizo lo que le dio la gana", relata.

La presencia militar no tardó en alterar la rutina del pequeño pueblo. El sargento impuso reglas que hoy parecen insólitas. Los menores de edad no podían circular después de las nueve de la noche. Tampoco estaba permitido que dos personas viajaran juntas en una bicicleta, ni a caballo ni en burro.

Las disposiciones se aplicaban sin contemplaciones. Uno de los episodios más recordados ocurrió cuando un joven recorría el pueblo repartiendo invitaciones para su boda. Iba acompañado en bicicleta cuando fue detenido por incumplir la orden militar.

"Por más que explicó que se iba a casar, igual lo llevaron", cuenta Cantos.

El castigo consistió en realizar trabajos forzados durante varios días. La consecuencia resultó casi anecdótica, aunque para el afectado tuvo poco de graciosa: la boda tuvo que postergarse más de una semana porque el joven quedó físicamente adolorido por las labores impuestas.

Sin embargo, detrás de estas historias cotidianas se escondía una realidad mucho más dura.

La guerra contra Los Tauras

Los militares habían llegado para enfrentar a Los Tauras, una organización criminal que se había fortalecido en zonas de Chone y Portoviejo. Según relata Cantos, los enfrentamientos eran frecuentes y la población sabía que cualquier sospechoso podía terminar detenido.

Por entonces, él era estudiante interno en el Colegio Normal de Chone. Tenía 17 años. Desde el internado observó escenas que todavía lo estremecen.

Recuerda haber visto grupos de detenidos avanzar en fila india por las calles, custodiados por soldados. Algunos apenas eran muchachos. Otros llevaban cicatrices de machetazos que evidenciaban una vida marcada por la violencia.

Una madrugada, el sonido de los disparos interrumpió el sueño de los estudiantes. "Pensamos que nos estaban atacando", recuerda.

El destacamento militar se encontraba a unos trescientos metros del colegio. Los alumnos se escondieron debajo de las camas mientras los fusiles resonaban en la oscuridad.

El amanecer que nadie olvidó

Al amanecer, la noticia corrió por todo Chone. La población se dirigió hacia el campo de aviación y Cantos fue con ellos. Allí encontró una escena que jamás olvidaría. "Todos estaban muertos", afirma.

Según la versión oficial, los veinte detenidos habían intentado escapar. Sin embargo, para muchos habitantes la explicación nunca resultó convincente. En la memoria popular quedó instalada la sospecha de que se había aplicado la llamada "ley de fuga", una práctica mediante la cual los prisioneros eran ejecutados bajo el pretexto de una evasión.

Los cadáveres fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de Chone. Décadas después, Cantos ha intentado reconstruir aquellos hechos conversando con antiguos compañeros de estudio. Algunos dicen no recordar nada. Otros prefieren guardar silencio.

Él, en cambio, insiste en contar la historia. Incluso la recoge en su libro Pitirri, convencido de que la memoria es la única forma de evitar que episodios como aquellos caigan en el olvido.

Porque, más allá de la derrota de Los Tauras y del restablecimiento del orden, la llegada del Batallón Febres Cordero dejó una huella profunda en Manabí. Para muchos significó el fin de una época dominada por el crimen; para otros, el inicio de un tiempo marcado por el miedo.