Casi cincuenta años después de su muerte, Julio Jaramillo volvió a cantar. No fue en una cancha ni desde un escenario. Fue desde las tribunas del MetLife Stadium de Nueva Jersey, donde miles de ecuatorianos convirtieron "Nuestro Juramento" en el himno sentimental de la Tricolor.
Tras la histórica victoria frente a Alemania, la canción fue entonada a una sola voz, como si el "Ruiseñor de América" siguiera vivo entre los aficionados. El bolero dejó de ser una promesa de amor para convertirse en una declaración de identidad.
La eliminación de Ecuador frente a México apagó ese coro. Pero solo en el estadio. Porque el verdadero juramento de Julio Jaramillo nunca dependió de un resultado. Sobrevive en la memoria de un país que, generación tras generación, vuelve a encontrar en su voz una manera de celebrar, sufrir y recordar.
El día que "mataron a JJ"
A Julio Jaramillo lo mataron antes de morir. El jueves 9 de febrero de 1978, los canillitas gritaban a todo pulmón en el centro de Guayaquil la primicia del año. El diario Extra, que entonces circulaba por las tardes, publicó el notición: "¡Murió Julio Jaramillo!". La nota reseñaba que el cantante falleció ese mediodía en una clínica particular.
Había una parte de verdad. El artista fue hospitalizado, pero lo realmente importante era mentira: JJ no estaba muerto. Agonizaba, eso sí.
La fuente que filtró la información del supuesto fallecimiento hizo que el vespertino metiera la pata. Había matado a un vivo en sus páginas. La gente empezó a ir a la clínica Domínguez a saber algo más del muerto que aún no estaba muerto.
Pero la partida de Julio era solo cuestión de horas. Ya nada podían hacer los médicos. A las 9 de la noche de ese mismo jueves, esta vez sí murió de verdad el "Ruiseñor de América", y entonces nació la leyenda de JJ.
Trescientas mil personas acompañaron su féretro hasta el cementerio. Más de un político daría su alma al Diablo por tener un sepelio así.
El hijo de una enfermera viuda, el muchacho que apenas cursó la escuela —algo común entre los pobres de aquella época— y que empezó trabajando como ayudante en un taller de zapatería, murió a los 42 años. Dejó como herencia una voz grabada en más de tres mil canciones de boleros, pasillos, rancheras, pasodobles, valses y tangos, entre otros 28 géneros musicales. Dinero no dejó. Era un mal administrador de sus finanzas. Mano suelta.
A Julio le perdonaron sus declaraciones
El pueblo lloró por su ídolo. Y al final todo estaba perdonado. Ya no había cuentas pendientes. Sus seguidores le disculparon las declaraciones en una entrevista en la que dijo: "Nunca más volveré a presentarme en un escenario del país".
Y lo cumplió durante una época. JJ se marchó en 1967 para hacerse famoso en Colombia, Chile, Venezuela, Perú, México y toda Centroamérica. Regresó nueve años después con la gloria en su equipaje.
Marcos Medina Ron, en su libro Toda la verdad, que aborda la vida del cantante, sostiene que Julio decidió "abandonar el Ecuador ante un ambiente hostil, nada esperanzador para su carrera musical".
Se refiere al hostigamiento que sufrió cuando se presentaba en Guayaquil. Hubo un grupo que lo pifiaba, le gritaba maricón y le lanzaba huevos. Era más acosado que un árbitro de fútbol en un estadio donde están goleando al equipo local.
Esta persecución, dice Medina, era orquestada por el jefe de los matarifes del camal municipal, quien contrató personas para que asistieran a los conciertos y le gritaran de todo al artista. La animadversión no era gratuita. Una hija de 17 años del matarife tuvo un romance fugaz con Julio. El padre quiso que el cantante respondiera casándose con ella, pero JJ, fiel a su fama de mujeriego, se negó.
El padre no encontró mejor manera de vengarse de quien había mancillado la pureza de su hija que arruinándole los espectáculos. Julio se cansó, hizo las maletas y abandonó el país. En el extranjero le fue de película.
Volvió el 22 de julio de 1976 a Guayaquil. Él no quería regresar, pero fueron a convencerlo hasta Medellín, donde vivía, para que participara en la celebración de los 60 años de creación de Ónix, el sello discográfico que lo internacionalizó con "Nuestro Juramento".
El que regresó a Ecuador ya no era el mismo Julio. Su voz había perdido calidad. No alcanzaba los tonos altos ni los agudos que lo distinguían. "Conservaba una voz mediana", recuerda Medina, quien lo escuchó cantar en vivo.
La causa tenía nombre y apellido: el alcohol —whisky y ron—, el cigarrillo y las malas noches.
Unos meses antes de morir, un empresario cubano radicado en Estados Unidos lo contrató por cinco mil dólares para grabar dos discos con veinte canciones, entre ellas los clásicos "Nuestro Juramento", "Fatalidad" y "Rondando tu esquina".
Medina recuerda que, cuando llegó el momento de registrar la voz, apareció el problema.
Julio acudió a los estudios de Vifesa y quedó impactado al escucharse. Aquella ya no era la voz que lo había convertido en leyenda. Parecía, según quienes estuvieron presentes, un mal imitador del "Ruiseñor de América". Tuvo que regresar tres veces para completar las grabaciones.
Medina cuenta que JJ le hizo entonces una confesión a Nei Moreira, responsable de los arreglos musicales de esa producción: "Cuando salga este disco mi carrera se vendrá al suelo, y yo quisiera estar muy lejos para no ver cómo me destroza la prensa, porque será la última vez que grabe canciones".
El empresario cubano llegó incluso a sentirse estafado porque pensaba que quien había grabado no era Julio Jaramillo. La predicción nunca se cumplió.
La operación y la pobreza del artista
El 2 de febrero ingresó a la clínica Domínguez para ser operado de cálculos en la vesícula, pero su estado se complicó. Deprimido porque creía que su carrera se derrumbaba, en un momento de desesperación se arrancó la sonda. Fue sometido a dos cirugías y finalmente falleció a causa de una peritonitis.
Hay quienes sostienen que murió de cirrosis debido a su vida bohemia, pero Medina desmiente esa versión. La familia no tenía dinero para costear el funeral. La Funeraria Torres asumió todos los gastos.
Julio Jaramillo fue un derrochador de talento y de dinero. También de amor. Tuvo 26 hijos, aunque Medina sostiene que fueron 19. Cuando murió, quienes derrocharon amor fueron sus seguidores.
Y casi medio siglo después, ese amor volvió a escucharse en un estadio mundialista. Durante unos minutos, miles de ecuatorianos hicieron suyo "Nuestro Juramento" como si fuera un himno nacional no escrito.
La eliminación frente a México silenció el coro, pero no la canción. Porque las victorias pasan y los Mundiales terminan; las voces que forman parte de la identidad de un pueblo permanecen. Ese fue, al final, el verdadero juramento de Julio Jaramillo: seguir cantando mucho después de haber partido.
