El fenómeno de El Niño ya no es una simple amenaza meteorológica; es un proceso en marcha que está consolidado en el océano Pacífico. Sin embargo, la verdadera preocupación radica en la vulnerabilidad de Ecuador frente a un evento de esta magnitud.

Franklin Ormaza, reconocido oceanógrafo y docente de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL), advierte que el país se encuentra en una posición de preocupante desatención estructural, afirmando categóricamente que "en este momento estamos menos preparados que en 1997-1998".

Ecuador está expuesto ante El Niño

A través de un análisis técnico y crítico, el experto desmitifica el fantasma de un "mega-Niño" global, pero lanza una alerta severa sobre los impactos locales, la crisis energética que se avecina por las sequías en la Amazonía y la alarmante falta de previsión de los gobiernos locales.

Para entender El Niño, Ormaza enfatiza que no se trata de una anomalía superficial o un cambio repentino de vientos, sino de un proceso sistémico.

Actualmente, las variables ya superaron los umbrales científicos exigidos: las condiciones oceanográficas deben sostenerse por cinco meses y las meteorológicas por tres.

Al momento de este diagnóstico, el ecosistema ya acumulaba cerca de tres semanas bajo estos parámetros, lo que vuelve el evento prácticamente irreversible.

No obstante, el especialista aclara una distinción geográfica crucial que suele confundir a la opinión pública y a las autoridades: Las regiones donde ocurren estos fenómenos, la denominada Región Niño 3.4 (Pacífico Central) -a unos 8.000 kilómetros de las costas ecuatorianas- y la Región 1+2 (Costa de Ecuador y Perú)- la zona que recibe el impacto directo. "Lo que pasa allá no necesariamente se replica acá. Acá puede ser más fuerte, menos fuerte, de igual intensidad o inclusive no ocurrir nada", explica el oceanógrafo.

Una mirada a la historia

Para ilustrar este enigma, Ormaza evoca la historia climática del país. Entre 1939 and 1942, un Niño "humilde" y moderado en el Pacífico Central provocó el impacto más devastador registrado en Ecuador: Guayaquil recibió 8.500 milímetros de lluvia (cinco veces su promedio normal).

Por el contrario, durante los "Súper Niños" globales de 2015-2016 y 2023-2024, la Costa ecuatoriana vivió inviernos prácticamente normales o incluso por debajo de la media debido a factores reguladores como la Oscilación Interdecadal del Pacífico (PDO), que actualmente se encuentra en fase negativa, lo que podría amortiguar el golpe local.

La certeza matemática de lo que ocurrirá en el litoral del país recién se conocerá entre septiembre y noviembre.

Los posibles efectos de El Niño en Ecuador

El fenómeno de El Niño es reconocido popularmente por sus torrenciales lluvias, pero su afectación en Ecuador es asimétrica debido al impacto de las teleconexiones climáticas.

El mapa de riesgos se divide claramente en dos escenarios. Desde el filo costero hasta las laderas occidentales de Los Andes (hasta los 1.700 metros de altura), el impacto será 100% de precipitaciones intensas.

Esto implicará inundaciones, proliferación de enfermedades vectoriales y destrucción de infraestructura vial y habitacional. Al otro lado de la cordillera, el fenómeno provoca el efecto opuesto: severas sequías.

Alerta por posible sequía

Este escenario mantiene en vilo al especialista debido a su relación directa con la crisis energética del país. Hacia finales de año e inicios de 2027, se anticipan estiajes mucho más agudos en los ríos que alimentan a las principales centrales hidroeléctricas.

Al ser consultado sobre los planes de contingencia estatales, la respuesta de Ormaza es tajante. El problema de Ecuador no es solo la falta de obras de ingeniería actuales, sino una acumulación histórica de negligencia, irrespeto a la naturaleza y crecimiento demográfico descontrolado.