Hernán Galíndez todavía recuerda el ruido de las pelotas golpeando contra las paredes en Rosario. Eran finales de los años ochenta y las tardes parecían eternas para los chicos del barrio.

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Iban a la escuela por la mañana, almorzaban rápido y después salían a jugar hasta que oscureciera. En una de esas canchas improvisadas faltó un arquero y él, sin pensarlo demasiado, se puso los guantes.

También recuerda el primer gol que le hicieron. Fue Lionel Messi, otro niño rosarino que ya parecía distinto al resto.

Galíndez pasó por todas las divisiones formativas de Rosario Central. Vivió en el club desde los diez hasta los veintiún años y soñó con convertirse en figura del equipo de sus amores. Pero el fútbol, muchas veces, destruye antes de construir.

Cuando el fútbol le dio la espalda

En 2010, Rosario Central descendió a la Primera B Nacional después de décadas en la máxima categoría. El club explotó en angustia y bronca. Galíndez quedó atrapado en medio de esa tormenta. Los insultos llegaron primero desde las tribunas y luego desde la calle. Después aparecieron las amenazas.

"Me dijeron: ‘Ándate, no sirves para nada’. Mi familia recibió amenazas de muerte", recordó años más tarde.

Se fue prácticamente escondido. Ya no tenía lugar en Argentina y comenzó a creer que tampoco lo tenía en el fútbol. Pasó meses entrenándose con las divisiones inferiores, lejos del plantel principal y cada vez más desanimado. El dolor emocional empezó a reflejarse en el cuerpo. Subió diez kilos y dejó de cuidarse. Él mismo se definía como el "gordo Galíndez".

A finales de 2011 recibió una noticia definitiva: Rosario Central no lo tendría más en cuenta. Sin club, sin confianza y emocionalmente destruido, pensó seriamente en retirarse

Ecuador, el país que le devolvió la vida

Entonces apareció Ecuador. El 18 de enero de 2012 aterrizó en Quito para jugar en Universidad Católica. No conocía a nadie, sabía poco del país y tenía miedo de fracasar. Sentía que era su última oportunidad.

Lo primero que hizo Galíndez al llegar a Ecuador fue llamar al argentino Gustavo Flores, entonces preparador de arqueros de Liga de Quito y viejo conocido de Rosario Central. No le preguntó por estadios, entrenamientos ni rivales. Solo quería saber una cosa: cuánto dinero necesitaba una persona para vivir en Quito.

"Tenía que saber si con lo que me ofrecían me alcanzaba", recordó años después. La respuesta de Flores fue breve y sincera: "Con lo justo".

Ecuador terminó dándole mucho más que estabilidad económica. Le devolvió la dignidad.

En Universidad Católica recuperó la confianza, la disciplina y también la alegría. Volvió a sentirse futbolista. Con el tiempo empezó a entender la ciudad, la cultura y el cariño de la gente. En Ecuador conoció a su esposa, nacieron sus hijos y descubrió una tranquilidad que nunca había encontrado en Rosario.

En 2016 inició el trámite para obtener la nacionalidad ecuatoriana. Cuatro años después recibió el llamado que jamás imaginó cuando estaba hundido en Argentina. El entrenador Gustavo Alfaro lo convocó a la selección ecuatoriana.

Galíndez tenía planeado descansar con su familia en Papallacta durante esos días libres. Pero el teléfono cambió todo. Cuando escuchó que estaba citado para defender el arco de Ecuador, sintió que la vida finalmente le devolvía algo de todo lo que le había quitado.

Hoy, cada vez que escucha el himno ecuatoriano, Hernán Galíndez entiende que no llegó solamente a otro país. Llegó al lugar donde volvió a empezar.

Porque detrás del arquero que hoy aplauden los estadios vive aquel muchacho golpeado por las críticas, la tristeza, el mismo que un día llegó a Quito creyendo que el fútbol ya había terminado para siempre.