Expertos en fisiología y cardiología del Reino Unido advierten sobre los riesgos sistémicos de correr un maratón de 42,2 kilómetros. Esa una prueba que exige el máximo rendimiento del cerebro, el corazón y los intestinos.
Ante casos críticos registrados en eventos como el Maratón de Londres, la comunidad médica enfatiza la necesidad de entrenamiento gradual y nutrición estratégica para prevenir daños severos, como infartos o inflamación cerebral, derivados del esfuerzo prolongado, señala un artículo del periódico The Telegraph.
El impacto sistémico del estrés prolongado
Un maratón es una de las pruebas físicas más exigentes que existen. A lo largo de 42.2 kilómetros, los corredores dan entre 30.000 y 50.000 pasos, pueden sudar hasta seis litros y quemar más de 3.000 calorías.
Los beneficios físicos están bien documentados: menor presión arterial, arterias más jóvenes y protección contra la diabetes tipo 2. También existen beneficios psicológicos, desde una mayor confianza y resiliencia hasta una profunda sensación de logro.
Sin embargo, existen preocupaciones legítimas sobre el impacto en la salud de afrontar un desafío de resistencia de tal magnitud. Chris Attwood, un experimentado maratonista de 52 años, sufrió un infarto durante el Maratón de Londres el año pasado, seguido de un derrame cerebral.
Además, se han registrado al menos 15 muertes entre los corredores desde que comenzó el evento en 1981.
El profesor Damian Bailey, especialista en fisiología de la Universidad del Sur de Gales, explica que el maratón somete al cuerpo a un estrés prolongado en el que el cerebro, los pulmones y los músculos operan a niveles elevados, mientras la energía disminuye y la temperatura corporal aumenta drásticamente.

El cerebro y la adaptación energética
Durante un maratón, el cerebro experimenta cambios fisiológicos notables. Evidencia emergente sugiere que el órgano consume mielina (una capa grasa protectora de las células nerviosas) como fuente de energía de emergencia.
Aunque esto se considera una adaptación reversible a corto plazo, demuestra la intensidad con la que el sistema nervioso central debe trabajar para mantener la coordinación y el ritmo bajo fatiga extrema.
La deshidratación y el calor excesivo pueden provocar confusión mental, falta de concentración y mareos. El cerebro actúa como un regulador: cuando percibe que el cuerpo se queda sin combustible, fuerza la desaceleración del corredor mediante sensaciones de malestar. No obstante, ignorar estas señales puede derivar en un desequilibrio electrolítico grave.
En casos críticos, niveles peligrosamente bajos de sodio pueden causar inflamación cerebral. Si este cuadro no se trata a tiempo, el daño puede ser permanente. Los expertos recomiendan un ritmo sensato y una hidratación controlada, idealmente entre 400 ml y 800 ml por hora, junto con la ingesta de 60 g de carbohidratos cada sesenta minutos.
Riesgos cardíacos y detección de afecciones ocultas
El corazón es llevado a su límite absoluto. La doctora Alicia D'Souza, del Imperial College de Londres, señala que, aunque el riesgo es bajo (aproximadamente un paro cardíaco por cada 200.000 corredores), la carrera actúa como una prueba de esfuerzo extrema que puede revelar afecciones ocultas, como enfermedades coronarias o problemas hereditarios.
Investigaciones han detectado cicatrices en el corazón de atletas de resistencia con trayectorias muy largas y volúmenes de entrenamiento extremadamente elevados. Para el corredor promedio que completa una sola prueba, el riesgo de daño permanente es mínimo, pero la preparación debe ser rigurosa para evitar arritmias, señala la publicación deThe Telegraph..
Para proteger el sistema cardiovascular, los médicos sugieren prestar atención a señales de alerta como dolor en el pecho, palpitaciones persistentes o desmayos. Ante cualquiera de estos síntomas, es imperativo consultar a un especialista antes de participar en un evento de gran fondo.
El sistema digestivo en segundo plano
Durante la carrera, el flujo sanguíneo se desvía del intestino hacia los músculos y la piel para facilitar el enfriamiento. Este proceso detiene bruscamente la digestión, provocando lo que se conoce como el "malestar estomacal del corredor". Síntomas como náuseas, reflujo y diarrea son comunes debido al aumento de hormonas del estrés, como la adrenalina.
En casos excepcionales, la reducción del flujo sanguíneo puede causar colitis isquémica (inflamación del colon). Para mitigar estos efectos, el nutricionista Rob Hobson recomienda "entrenar el sistema digestivo", practicando la estrategia de alimentación meses antes de la competencia para que el cuerpo se acostumbre a procesar carbohidratos bajo esfuerzo.
La clave para un intestino sano postmaratón radica en la recuperación adecuada y una nutrición que combata la inflamación de bajo grado. Correr a una intensidad que el sistema digestivo pueda tolerar es fundamental para evitar complicaciones a largo plazo en la microbiota intestinal.

Músculos, articulaciones y recuperación
El impacto físico de correr 42 kilómetros genera microdesgarros en las fibras musculares, lo que desencadena una respuesta inflamatoria necesaria para la reparación, pero dolorosa a corto plazo. Asimismo, el cartílago de las rodillas pierde agua temporalmente y se vuelve más delgado debido a la carga repetitiva.
A pesar del dolor y la rigidez inmediata, estudios demuestran que los maratonistas no presentan un mayor riesgo de osteoartritis en comparación con la población sedentaria. El cartílago suele rehidratarse en cuestión de horas y el tejido muscular se recupera totalmente en aproximadamente una semana, si se guarda el reposo necesario.
Para minimizar el daño articular, se recomienda el uso de calzado probado previamente y mantener un ritmo constante desde el inicio. Evitar el sobreesfuerzo en los primeros kilómetros previene la fatiga prematura, la cual suele alterar la técnica de carrera y aumentar peligrosamente la carga sobre los tendones y huesos. (10).