Otra vez estamos convidados a elecciones. Parece una rifa que sortea un futuro luminoso, en la que todos tenemos un número. Y concurrimos con la ilusión del alegre comprador semanal de lotería, que cree que cada semana se merece el premio que cambiará su vida.

Así asistimos a elecciones una y otra vez, pensando en días mejores, creyendo que al fin tendremos ese anhelado premio que recompense el esfuerzo cotidiano de vivir en medio de obstáculos crecientes que la organización del Estado se esmera en colocar en cada etapa de nuestras vidas.

La alegría, entonces, de las elecciones es una manifestación de la esperanza, aunque resulte trillado decirlo. Pero se ha convertido, y eso es lo lamentable, en un sorteo en el cual los ganadores son los de siempre.

Quizás por esta circunstancia se oye decir cada vez con más frecuencia que, si el voto no fuera obligatorio, a lo mejor la concurrencia que se ve en las elecciones sería reducida o, al menos, no sería en nada igual a la de ahora.

Como ganan los de siempre, las elecciones resultan para miles una paradoja: al mismo tiempo pueden ser una esperanza o una anticipada frustración. ¿Por qué? Nunca ganan otros que no sean los mismos. Y los mismos no necesariamente quiere decir que se repiten las mismas caras; pueden ser otras y, de hecho, lo son.

Realmente lo que significa es que son diferentes personas, pero con iguales ideas, aunque las presenten de una manera distinta. En el fondo, es lo mismo. Básicamente, comparten una misma visión sobre el Estado, sin importar sus orígenes ideológicos.

Les interesa que exista un Estado omnipresente, que se genere dependencia para todo de sus mil y una instituciones, y que la iniciativa individual se mantenga marginal. Y cuando es inevitable, porque así debe ser, el Estado y los suyos la someten a sus designios a través de reglamentos, normas o disposiciones que no tienen otro objetivo que trabar su desarrollo para que sea el burócrata el que otorgue su visto bueno o su "bendición", que es lo mismo.

No les importa si la provincia se atrasa o permanece en el mismo lugar: lo que importa es ejercer el poder.

La gran rifa, entonces, tendrá los ganadores de siempre, a menos que se elija a los que piensan que el gobierno seccional no lo es todo. Los tiempos exigen a un gobernante que aliente y promueva a ultranza la iniciativa privada, y que el Estado solo sea el gran facilitador.

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