Las universidades públicas de Manabí destinan cada año cientos de miles de dólares al servicio de internet. Algunas incluso superan los 600 mil dólares anuales en contratos tecnológicos. Sin embargo, la realidad que describen muchos estudiantes es totalmente distinta: conexiones lentas, plataformas que colapsan, clases interrumpidas y zonas enteras de campus donde simplemente no hay señal. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde está reflejada esa inversión?

La educación moderna depende de la conectividad. Hoy un estudiante no solo necesita internet para navegar en redes sociales, sino para investigar, descargar bibliografía, conectarse a clases virtuales, desarrollar proyectos y competir académicamente con universidades de otras ciudades y países. Un internet deficiente ya no es un problema secundario: es una barrera educativa.

Lo preocupante no es únicamente el monto invertido, sino la falta de transparencia sobre los resultados reales. Si las cifras son millonarias, la calidad del servicio debería sentirse en las aulas. Pero muchos alumnos terminan usando sus propios datos móviles o pagando planes privados para poder estudiar.

La tecnología no puede convertirse en otro símbolo de desigualdad.