Las pesadillas infantiles, comunes entre los 3 y 12 años, son analizadas por instituciones como la Academia Americana de Pediatría, Mayo Clinic y Cincinnati Children’s, que advierten que, aunque suelen ser benignas, su frecuencia puede alterar el descanso y afectar el bienestar emocional.

Diferencias entre pesadillas y terrores nocturnos en la infancia

Las pesadillas son episodios normales del desarrollo infantil y aparecen durante la fase REM del sueño, generalmente en la segunda mitad de la noche. En estos casos, el niño suele despertarse completamente, recordar el contenido del sueño y mostrar dificultad para volver a dormir.

De acuerdo con especialistas en sueño pediátrico, este fenómeno es distinto a los terrores nocturnos, que ocurren en las primeras horas del descanso, durante el sueño profundo. En esos episodios, el menor puede gritar, sudar o parecer despierto, pero continúa dormido y no conserva recuerdos del evento.

Los expertos explican que estos cuadros suelen presentarse sin una causa definida, aunque existen factores asociados que incrementan su aparición.

Factores asociados a las pesadillas

Entre las causas más frecuentes figuran el estrés, la ansiedad, cambios en la rutina, separación familiar, mudanzas o inicio escolar. También se relacionan con la exposición a contenido audiovisual perturbador, historias de miedo o noticias que el niño no logra procesar emocionalmente.

La falta de sueño y los horarios irregulares también pueden influir. Según la evidencia médica, los niños con fatiga acumulada tienen más probabilidades de experimentar despertares acompañados de sueños angustiosos.

En algunos casos, la fiebre, ciertos medicamentos o experiencias traumáticas recientes pueden desencadenar estos episodios.

Cómo actuar y cuándo consultar

Las recomendaciones pediátricas indican acudir de inmediato al cuarto, ofrecer consuelo y recordar al niño que "fue solo un sueño". Mantener un tono calmado y ayudarlo a regresar a su cama favorece la recuperación del descanso.

Los especialistas sugieren reforzar una rutina nocturna estable, evitar pantallas al menos una hora antes de dormir y crear un ambiente relajado, con luz tenue o un objeto de apego si resulta útil.

Se aconseja buscar orientación médica si las pesadillas ocurren más de una vez por semana, provocan miedo persistente a dormir, cansancio diurno o cambios emocionales significativos.

En casos prolongados, los profesionales pueden aplicar estrategias como la reescritura de sueños o terapia cognitivo-conductual infantil para reducir la ansiedad asociada al descanso nocturno.