Cuando Miguel Anchundia Andrade vio su casa de tres pisos desplomarse en una fracción de segundos, lo último que pensó fue que lo había perdido todo. Su padre, Miguel (48); su madre, María (46), y sus hermanas, María Inés (21) y Génesis (14), quedaron sepultados bajo los escombros. La casa donde creció y donde su padre levantó un negocio durante dos décadas, de pronto se convirtió en un cementerio.
Entonces todo era confuso, demasiado doloroso como para creer que era real. Tras enterrar a toda su familia, días después del terremoto de 7,8 grados de aquel 16 de abril de 2016 que destruyó todo lo que conocía hasta ese momento, Miguel se quedó en casa de sus abuelos. Cuatro meses después volvió a su casa. Lo hizo con sus mascotas, que milagrosamente sobrevivieron cuando la vivienda, ubicada en la avenida del Ejército y calle Kennedy. Sus perras ‘Princesa’ y ‘Muñeca’, y su lorito ‘Pepe’, lo acompañaron algunos años más, pero también murieron.
A pocos días de cumplirse diez años de la tragedia, Miguel parece fuerte cuando recuerda todo lo que perdió, todo lo que vivió, pero asegura que el dolor nunca ha dejado de ser parte de su vida. "¿Sabe lo que me ayudó? Pensar que toda mi familia se había ido de viaje. Que solo estaban paseando. Yo me los imaginaba de viaje para no pensar que habían muerto en el terremoto. Todavía imagino eso", cuenta Miguel, quien ahora es padre de familia.
El terremoto lo destruyó todo, pero se levantó por su familia
De aquellos días felices, en familia, solo quedan recuerdos, la mayoría solo en su memoria. Las fotos de sus seres queridos son escasas, con lo poco que logró rescatar de los escombros le alcanzó para armar dos cuadros. En aquel entonces él tenía 18 años y no se tomaba muchas fotos con su familia, pero sus hermanas sí. Sin embargo, para él, eso es suficiente, porque puede verlos a diario en un pequeño altar que tiene en la casa que comparte con su esposa y sus hijas de 8 y 3 años de edad.
De hecho, su vivienda está en el mismo terreno donde su padre tenía el negocio de venta de materiales de construcción que, en aquel entonces, quedaba junto a la casa que se desplomó. "Lloré hasta decir basta, lloré mucho por años. Pero después recordé las enseñanzas de mis padres. Ellos me enseñaron a trabajar, que hay que seguir adelante y así lo hice. Ahora que tengo a mi propia familia lucho por ellos", dice Miguel, quien también se dedica al negocio que tenía su padre.
Una herida que sigue abierta
La llegada de cada aniversario del terremoto se siente en el cuerpo, reviviendo con exactitud los minutos previos y la caída de la casa en la avenida del Ejército. Cuando el reloj marca las 18:58, su mente lo lleva a ese momento, cuando regresaba a casa después de cortarse el pelo y, de pronto, vio todo caer. Esa sensación, la tierra moviéndose, el caos y luego el profundo dolor, todavía le provocan angustia y el miedo de que todo se repita. "Es algo duro todavía. La gente piensa que con el tiempo duele menos, pero es mentira", reconoce el joven de 27 años de edad.
Este 16 de abril, Miguel y su familia harán el mismo ritual de los últimos nueve años: irán al cementerio, pondrán flores en las tumbas y rezarán por sus almas. Pero, sobre todo, se abrazarán con la esperanza de seguir juntos por muchos años hasta reencontrarse con ellos, con los que el terremoto se llevó.

