La universidad ya no es lo que era. Al menos así lo sienten miles de jóvenes latinoamericanos que, año tras año, deciden abandonar las aulas o simplemente no ingresar nunca. La idea de que un título universitario garantiza empleo, estabilidad y movilidad social, ese viejo "ascensor social", hoy está en entredicho.
Influencers que prometen riqueza inmediata, presidentes que desacreditan la academia y ejemplos icónicos como Steve Jobs o Bill Gates alimentan una narrativa peligrosa: la universidad es para perdedores. Pero ¿qué tan cierta es esa afirmación?
Este fenómeno no surge de la nada. Un reportaje del canal alemán para América Latina, DW, recogió testimonios de jóvenes desencantados, datos oficiales y análisis de expertos para entender por qué la educación superior pierde atractivo en la región.
"Yo abandoné la universidad a los 20 años, sin título, sin dinero y sin que nadie creyera en mí", cuenta uno de los entrevistados. Como él, miles sienten que el sistema educativo tradicional no los prepara para el mundo laboral real.
"Te enseñan a ser empleado, pero no a enfrentar la vida", repiten. A eso se suma un contexto económico adverso: estudiar cuesta, y mucho. No solo la matrícula, sino el arriendo, el transporte, los materiales y el costo invisible de no trabajar.
Crecen las tasas de deserción en la universidades
Las cifras confirman la percepción. En 2022, más de 34 millones de latinoamericanos estudiaban educación superior, pero las tasas de deserción son alarmantes. En Colombia, los aspirantes a la Universidad Nacional se redujeron casi un 47% en seis años. En Perú, solo el 30,9% de los jóvenes logró avanzar en educación superior en 2024, frente al 36,6% en 2019. En México, apenas el 45% accede a la universidad, y la mayoría lo hace en instituciones públicas.
Cuando se compara con países de la OCDE, la brecha es clara. Mientras en Estados Unidos el 52% de los jóvenes entre 25 y 34 años terminó estudios terciarios, en Brasil la cifra es 24%, en México 28% y en Argentina apenas 19%. Chile lidera la región con un 49%, pero sigue lejos de los estándares de los países desarrollados.
¿Por qué tantos se van? Primero, por la falta de pertinencia. Muchos estudiantes sienten que lo que se enseña no conecta con la realidad laboral. Segundo, por el costo económico. Para familias de bajos ingresos, enviar a un hijo a la universidad implica dejar de percibir ingresos vitales. Y tercero, por el tiempo: carreras de cuatro o cinco años, más posgrados, suenan eternas en un mundo que promete dinero rápido desde un celular.
Mayor nivel de educación, mayores ingresos
Sin embargo, abandonar la universidad también tiene riesgos. Los datos de la CEPAL son claros: a mayor nivel educativo, mayores ingresos y menor tiempo para encontrar empleo. En Perú, quienes completan estudios superiores ganan en promedio un 80% más que quienes no lo hicieron. En toda la región, un título universitario puede significar entre 30% y 40% más de salario a largo plazo.
Claro, el diploma no garantiza el éxito. Muchos profesionales terminan subempleados o en la informalidad, con sueldos que no reflejan años de estudio. Hay más jóvenes formados que empleos cualificados, y la inteligencia artificial ya empieza a eliminar trabajos profesionales. El resultado es frustración generacional.
Aun así, la universidad ofrece algo que internet no siempre puede reemplazar: experiencias, pensamiento crítico, redes de contacto. El famoso networking. Amistades, proyectos, debates, vivencias intelectuales que marcan una vida. "No es solo lo que aprendes, sino con quién lo aprendes", dicen varios estudiantes en el reportaje de DW.
La calidad de la educación
El problema es que la calidad de la educación superior en América Latina es desigual. Según la UNESCO, persisten barreras económicas, discriminación social y una oferta poco flexible. Solo una universidad latinoamericana está entre las 100 mejores del mundo: la Universidad de São Paulo. Brasil domina los rankings regionales gracias a décadas de inversión pública en universidades de investigación.
Además, más de la mitad de los estudiantes de la región asiste a universidades privadas, con extremos como Chile (84%) y Perú (72%). En contraste, Argentina y Uruguay mantienen sistemas mayoritariamente públicos. Esta desigualdad refuerza una verdad incómoda: la universidad sigue siendo, muchas veces, un privilegio de clase.
El reportaje también pone el foco en las alternativas. Institutos técnicos, formación dual, educación a distancia y aprendizaje autodidacta. Aunque solo el 15% de las instituciones terciarias son universidades, concentran el 70% de los estudiantes. Los programas técnicos, más cortos y prácticos, siguen siendo subvalorados pese a su alta empleabilidad.
Mientras tanto, millones de jóvenes quedan fuera del sistema. Los llamados "ninis", que ni estudian ni trabajan, representan una preocupación regional, especialmente entre mujeres, que asumen tareas de cuidado sin apoyo estatal.
Entonces, ¿qué debe cambiar? Los expertos sostiene que tiene que haber más flexibilidad, currículos actualizados, modalidades híbridas, más carreras técnicas y mayor apoyo público. Menos burocracia y más conexión con la realidad. Porque la pregunta ya no es solo si vale la pena ir a la universidad, sino si la universidad está dispuesta a cambiar para seguir valiendo la pena.
