El 22 de noviembre de 1963 quedó grabado como una de las fechas más impactantes de la historia contemporánea.  Aquella jornada, John F. Kennedy, presidente de Estados Unidos, recorría las calles de Dallas en una visita política destinada a reforzar apoyos y proyectar confianza. 

Mientras la caravana avanzaba por Elm Street, se escucharon disparos que sembraron el caos. Los primeros reportes fueron confusos y contradictorios. Policías, agentes de seguridad y ciudadanos corrían sin comprender del todo lo ocurrido.

Poco después llegó la noticia que paralizó al país: Kennedy había sido alcanzado por disparos y murió a causa de una herida fatal en la cabeza.

El dolor en Estados Unidos

Las imágenes de dolor recorrieron el mundo. Millones de personas siguieron la cobertura por radio y televisión mientras Estados Unidos enfrentaba una conmoción sin precedentes. Las escenas descritas por cronistas reflejaban un ambiente de consternación absoluta.

Mujeres lloraban desconsoladas, algunas se desmayaban por la impresión y miembros del Servicio Secreto no podían ocultar las lágrimas. El país entero parecía detenido por la incredulidad.

La muerte del presidente no solo representó una pérdida política, sino también el final abrupto de una etapa que muchos asociaban con esperanza y renovación.

La detención del asesino

La tragedia adquirió una dimensión aún más inquietante cuando la policía detuvo a Lee Harvey Oswald como principal sospechoso. Interrogado durante horas negó cualquier implicación y afirmó ser un chivo expiatorio.

Pero dos días después cuando era trasladado ante la prensa fue asesinado de un disparo por Jack Ruby. Las cámaras registraron el momento convirtiéndolo en el primer asesinato retransmitido en directo por la televisión estadounidense. 

Ruby sostuvo que actuó por impulso y despecho emocional. Declaró que quería evitarle a Jacqueline Kennedy, la viuda del presidente, el sufrimiento de regresar a Dallas para testificar en un juicio. 

La muerte de Oswald impidió que enfrentara un juicio y alimentó una interminable cadena de sospechas. Siete días después del magnicidio el presidente Lyndon Johnson creó la Comisión Warren para investigar los hechos. Tras meses de trabajo concluyó que Oswald actuó solo y disparó tres veces desde el edificio del Texas School Book Depository.

El informe y las dudas

Según el informe una de las balas atravesó el cuerpo de Kennedy y también hirió al gobernador John Connally sentado delante de él. La explicación pasó a la historia como la teoría de la bala única. Para sus defensores la trayectoria era posible dadas las posiciones de las víctimas.

Sin embargo los críticos sostuvieron que el recorrido descrito parecía improbable y plantearon que debieron existir más disparos y otros tiradores. Aunque la Comisión Warren cerró oficialmente el caso las dudas nunca desaparecieron por completo ni después tampoco.

A finales de la década de 1960 el fiscal Jim Garrison reabrió el debate al sostener que Kennedy había sido víctima de un complot. Su hipótesis apuntaba a varios tiradores actuando desde diferentes posiciones.

Años después una comisión del Congreso concluyó que probablemente existió una conspiración aunque no logró identificar a los responsables. Desde entonces han surgido teorías que involucran a la mafia agencias de inteligencia exiliados cubanos e incluso enemigos políticos.

Más de seis décadas después la pregunta sigue abierta y continúa fascinando a investigadores y periodistas globales. (10).