La noticia llegó desde Estados Unidos. Aldrich Ames, el espía traidor, había muerto en prisión. Tenía 83 años y cumplía una cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Fue el final de un anciano olvidado y el cierre de uno de los capítulos más oscuros del espionaje moderno.

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Durante 31 años, Ames caminó por los pasillos de la CIA con la apariencia de un funcionario gris, casi invisible. Era analista de contrainteligencia, precisamente el guardián encargado de detectar traidores. Nadie sospechó que el enemigo estaba sentado en la misma mesa.

La vida de lujo del espia

Desde 1985, junto a su esposa Rosario Casas Dupuy, comenzó a vender secretos a Moscú: nombres, operaciones y estrategias. Información por la que recibió más de 2.5 millones de dólares y que tuvo un costo incalculable en vidas humanas.

Los efectos de su traición fueron devastadores. Al menos una docena de agentes dobles que colaboraban con Estados Unidos fueron arrestados, ejecutados o murieron en prisiones soviéticas. Más de cien operaciones encubiertas quedaron comprometidas. Peor aún: con datos falsos suministrados por Ames, altos funcionarios de la CIA engañaron —sin saberlo— a los presidentes Ronald Reagan y George H. W. Bush sobre las capacidades militares soviéticas, en plena recta final de la Guerra Fría.

Ames y su esposa llevaban una vida de lujo impropia de un funcionario público: un Jaguar, una casa pagada en efectivo, cuentas bancarias en Suiza y gastos anuales de hasta 50.000 dólares en tarjetas de crédito. Las señales estaban ahí: exámenes de polígrafo fallidos, alcoholismo y un enriquecimiento inexplicable. Pero la CIA no actuó. La maquinaria que debía detectar amenazas internas prefirió mirar a otro lado.

Finalmente fue arrestado en febrero de 1984 y tanto él como su mujer reconocieron los cargos de espionaje. Ames fue condenado a cadena perpetua. Su mujer fue condenada a 63 meses de prisión y fue liberada después de cumplir esa pena.

La CIA y los cambios

El arresto de Ames sacudió a la agencia y tensó aún más las relaciones entre Washington y Moscú en un período de transición global. El entonces director de la CIA, James Woolsey, terminó dimitiendo. Su sucesor, John Deutch, impulsó una reestructuración profunda que incluyó arrestos, acusaciones y reformas internas destinadas a evitar que una traición semejante volviera a repetirse.

En prisión, Ames reconoció haber entregado “virtualmente todos los agentes soviéticos conocidos por la CIA”. Intentó reducir el daño, pero la historia no fue indulgente. Su nombre quedó asociado para siempre a la traición, al fracaso institucional y al costo humano del espionaje mal vigilado.