Durante décadas, la narrativa dominante sobre el narcotráfico en México ha girado alrededor de figuras que concentran toda la atención pública: los llamados "grandes capos".

Google PreferredCanal de WhatsApp

Nombres como Joaquín "El Chapo" Guzmán o Nemesio Oseguera Cervantes, alias "El Mencho", han sido presentados como los máximos jefes de organizaciones criminales capaces de controlar enormes imperios delictivos. Sin embargo, una lectura más crítica de la historia del narcotráfico sugiere que esta visión puede ser engañosa.

El analista de seguridad Jesús Escobar Tovar sostiene que el mito del capo todopoderoso funciona como una narrativa conveniente para ocultar una realidad mucho más compleja. En su interpretación, inspirada en investigaciones periodísticas y académicas, los capos visibles no son necesariamente los verdaderos dueños del negocio, sino piezas dentro de un engranaje que involucra intereses políticos, económicos y geopolíticos de gran escala.

El capo como construcción mediática

Según Escobar Tovar, la figura del "gran capo" ha sido construida y reforzada durante décadas por discursos políticos, mediáticos y judiciales. Esta narrativa simplifica el problema del narcotráfico al reducirlo a un personaje concreto al que se puede perseguir, capturar o abatir.

De esta forma, la responsabilidad de la violencia, el tráfico de drogas y el control territorial se concentra en un individuo, convertido en enemigo público. La estrategia resulta eficaz en términos simbólicos: la sociedad percibe que el problema tiene rostro y nombre.

Sin embargo, esa misma simplificación puede servir para ocultar a los actores que realmente se benefician del negocio. La idea del capo como jefe absoluto permite que otras estructuras de poder permanezcan fuera del foco público.

Los orígenes del modelo

Para entender cómo se consolidó esta narrativa, Escobar Tovar remite a los orígenes del narcotráfico moderno en México. En la década de 1970, figuras como Pedro Avilés, considerado uno de los pioneros del tráfico de drogas en Sinaloa, no eran líderes absolutos sino operadores dentro de una red más amplia.

En ese contexto, el narcotráfico funcionaba como una actividad económica marginal vinculada a la pobreza rural. Muchos agricultores cultivaban amapola o marihuana como una forma de subsistencia en regiones con pocas oportunidades económicas.

Pero la dinámica cambió cuando el Estado comenzó a intervenir de manera más directa. Durante la llamada Guerra Sucia, agencias de seguridad como la Dirección Federal de Seguridad (DFS) utilizaron el control del narcotráfico para fines políticos y de inteligencia. La persecución de las drogas se convirtió también en una herramienta para justificar operativos militares y reprimir movimientos sociales.

En ese escenario surgieron figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo, presentado como el gran jefe del narcotráfico mexicano en los años ochenta. Para Escobar Tovar, su ascenso también formó parte de un "teatro político" que permitió consolidar un modelo de control basado en la militarización y la narrativa de la guerra contra las drogas. Así lo señaló el especialista en el  podcast VOCES de Alejandro Helguera.

Las "narconóminas" y el problema del dinero

Uno de los argumentos que el analista utiliza para cuestionar el poder real de los capos es el manejo del dinero dentro de las organizaciones criminales. En los últimos años, investigaciones judiciales han mostrado cuadernos o listas manuscritas conocidas como "narconóminas", en las que supuestamente se registran pagos a integrantes de grupos criminales.

El contraste resulta llamativo. Si organizaciones como el Cártel Jalisco Nueva Generación fueran verdaderos imperios financieros capaces de generar decenas de miles de millones de dólares al año, resulta difícil imaginar que sus finanzas se administren mediante anotaciones hechas a mano.

Para Escobar Tovar, este detalle revela una paradoja: el dinero que realmente mueve el negocio no necesariamente circula dentro de las estructuras visibles del crimen organizado.

La magnitud de las ganancias del narcotráfico exige sistemas complejos de lavado de dinero, inversiones internacionales, uso de paraísos fiscales y operaciones dentro del sistema financiero global. Estas redes, sostiene el analista, suelen involucrar actores que están muy lejos de la imagen tradicional del narcotraficante armado.

Foto embed
Ismael "El Mayo" Zambada y Joaquín "El Chapo" Guzmán lideraron durante años las principales facciones del Cartel de Sinaloa.

Un engranaje del capitalismo

Desde esta perspectiva, el narcotráfico no funciona como un sistema aislado o marginal, sino como parte de una economía global. Escobar Tovar sostiene que el crimen organizado opera muchas veces como un engranaje dentro de dinámicas económicas más amplias.

En este esquema, la violencia se convierte en un instrumento para controlar territorios, desplazar poblaciones o facilitar actividades extractivas. Diversas regiones de México, ricas en recursos naturales o estratégicas para proyectos económicos, han sido escenario de conflictos vinculados al crimen organizado.

El control territorial ejercido por grupos armados puede coincidir con intereses vinculados a sectores como la minería, la tala ilegal o el desarrollo inmobiliario. Así, el narcotráfico no solo se limitaría al tráfico de drogas, sino que también actuaría como fuerza de control social en zonas donde se disputan recursos y territorios.

Líderes visibles, poder invisible

En este contexto, figuras como El Mencho adquieren un significado distinto. Más que ser los verdaderos dueños del negocio, serían operadores clave dentro de una estructura más amplia.

Su papel consiste en coordinar redes locales de violencia, garantizar rutas de tráfico o imponer control territorial. Pero el sistema que permite que el negocio continúe no depende exclusivamente de ellos.

La historia reciente del narcotráfico en América Latina muestra que la caída de un líder raramente significa el fin de una organización. Cuando un capo es detenido o abatido, suele surgir otro en su lugar, mientras las redes económicas y logísticas permanecen activas.

El negocio, en otras palabras, sobrevive a sus líderes visibles.

La dimensión geopolítica

Escobar Tovar también plantea que el narcotráfico debe analizarse en un contexto geopolítico. El tráfico de drogas entre América Latina y Estados Unidos ha sido durante décadas un factor central en las relaciones bilaterales.

Las políticas de seguridad, la cooperación antidrogas y las operaciones de inteligencia han configurado un escenario en el que distintos actores internacionales participan directa o indirectamente.

Para el analista, el narcotráfico ha servido en ocasiones como argumento para justificar intervenciones políticas o militares en la región. La narrativa del "narcoestado" o de la guerra contra las drogas ha sido utilizada repetidamente en la política exterior estadounidense.

Esta dimensión geopolítica contribuye a explicar por qué el problema persiste a pesar de décadas de estrategias de combate frontal.

Foto embed
El panorama criminal en México está dominado principalmente por el Cártel de Sinaloa y el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), los cuales luchan por el control territorial y de rutas de tráfico. - Agencia

Los jóvenes en la base de la pirámide

Mientras las grandes narrativas se centran en los capos y en las disputas entre cárteles, la realidad cotidiana del narcotráfico es muy distinta para quienes ocupan los niveles más bajos de la estructura.

Miles de jóvenes en zonas marginadas son reclutados por organizaciones criminales con promesas de dinero rápido, poder o reconocimiento. Sin embargo, la mayoría termina desempeñando funciones de alto riesgo y baja remuneración.

Algunos periodistas han descrito a estos jóvenes como "material desechable" dentro del sistema criminal. Muchos reciben pagos mínimos, viven en condiciones precarias y enfrentan una expectativa de vida extremadamente corta.

La distancia entre la glamurización del narcotráfico en la cultura popular y la realidad que enfrentan estos jóvenes refleja la desigualdad que sustenta el modelo.

¿Cómo romper el ciclo?

Frente a este panorama, Escobar Tovar sostiene que la estrategia de combatir únicamente a los líderes criminales es insuficiente. Las detenciones de capos pueden tener impacto mediático, pero no necesariamente transforman las estructuras que permiten la continuidad del negocio.

El desafío, según su análisis, implica abordar las causas sociales que facilitan el reclutamiento de jóvenes, así como combatir las redes de corrupción que conectan al crimen organizado con instituciones políticas y económicas.

Esto supone mirar más allá de los sicarios y operadores de bajo nivel para examinar el papel de autoridades locales, policías, jueces y actores económicos que facilitan o se benefician de las actividades criminales.

Más allá del mito

La imagen del capo todopoderoso ha dominado el imaginario público durante décadas. Sin embargo, el análisis de Jesús Escobar Tovar sugiere que esta figura puede ser, en gran medida, una cortina de humo.

Detrás del espectáculo mediático de los grandes narcotraficantes existe una estructura compleja donde confluyen intereses políticos, económicos y geopolíticos.

En ese entramado, los capos visibles pueden ser reemplazados, detenidos o eliminados sin que el sistema que sostiene el negocio desaparezca.

La pregunta sobre quién manda realmente en el narcotráfico mexicano, por tanto, no se responde mirando únicamente hacia las montañas donde se esconden los líderes criminales. La respuesta, según esta visión crítica, puede encontrarse también en oficinas corporativas, instituciones políticas y redes financieras que operan mucho más allá del mundo visible del crimen organizado.