No iba a detener la guerra, ni a reconstruir las casas convertidas en montañas de concreto. Tampoco devolvería la vida a quienes ya no estaban. Pero durante noventa minutos prometía algo igual de valioso para quienes sobreviven en Gaza: olvidar, aunque fuera por un instante, el sonido de las bombas.

Entre edificios derruidos y calles cubiertas de polvo, una pantalla gigante esperaba encenderse el martes pasado para transmitir el partido entre Argentina y Egipto. Poco a poco comenzaron a llegar familias enteras. Algunos llevaban banderas palestinas; otros agitaban la enseña egipcia. Los niños buscaban un lugar desde donde mirar mejor. Los adultos conversaban con una sonrisa poco habitual en un territorio donde la muerte suele llegar sin avisar.

El ataque al carro en Gaza

Todo estaba listo. O casi todo. El hombre que había hecho posible aquel pequeño oasis nunca llegó. Mohamed al Wahidi, un cooperante palestino de 57 años, murió apenas una hora antes de que el árbitro señalara el inicio del partido. El vehículo en el que viajaba fue alcanzado por un misil israelí en el barrio de Sabra, en la Ciudad de Gaza.

Mientras cientos de personas se preparaban para vivir una noche distinta, él se convertía en una víctima más de una guerra que parece no conceder treguas, ni siquiera a quienes dedican su vida a ayudar a otros.

En el ataque también fallecieron Ahmed Jehad Rajab Doghmosh, de 30 años, y dos hermanos que pasaban por el lugar: Fadi y Hamzah Abdullah al-Deiri, de apenas ocho y doce años, según informó el Centro Palestino para los Derechos Humanos. Varias personas resultaron heridas.

Las Fuerzas de Defensa de Israel señalaron que el bombardeo estaba dirigido contra un integrante del brazo militar de Hamás que viajaba en ese vehículo. Sin embargo, no identificaron al supuesto objetivo ni aclararon si murió en la operación. El Ejército aseguró que revisa el incidente y lamentó las posibles víctimas civiles, reiterando que procura minimizar esos daños durante sus operaciones.

Para la familia de Mohamed, ninguna explicación cambia el desenlace. Desde Estambul, donde reside, su hijo Mustafa recibió la noticia que ningún hijo espera. Poco después publicó una fotografía tomada durante una visita de su padre a Turquía. Ambos aparecen sonriendo frente a la cámara.

Habían hecho un pacto. Regresar algún día al mismo lugar para repetir exactamente la misma fotografía. Ese viaje ya no ocurrirá. "La ocupación no solo me arrebató un pedazo del corazón; me mató antes de matarlos a ellos", escribió en sus redes sociales señala una nota del diario El País de España.

Quienes trabajaron junto a Mohamed cuentan que nunca buscó protagonismo. Prefería estar detrás de cada operación humanitaria antes que delante de una cámara. Durante años coordinó la ayuda que Egipto enviaba a Gaza: distribución de alimentos, asistencia para familias desplazadas y proyectos destinados a aliviar las consecuencias de una guerra interminable.

Una hombre que ayudaba a resolver los conflictos

Pero también cumplía otra función menos visible. Era mediador. Escuchaba disputas entre vecinos, promovía acuerdos y ayudaba a resolver conflictos en comunidades donde convivir se ha vuelto cada vez más difícil. El Comité Egipcio de Ayuda en Gaza lo consideraba uno de sus principales referentes sociales.

Ese mismo martes había salido de una reunión de reconciliación comunitaria cuando el misil impactó el vehículo, según explicó Mohamed Mansour, portavoz de la organización. La ironía resulta imposible de ignorar. Murió después de intentar reconciliar a otros y cuando se dirigía a ofrecer un momento de alegría colectiva.

Su hijo menor, Fawaz, caminó detrás del féretro durante el funeral celebrado al día siguiente. En los videos difundidos desde Gaza se observa una multitud acompañando el cortejo entre calles devastadas por los bombardeos. "Mi padre trabajó para llevar un poco de entretenimiento a la gente", dijo después en declaraciones a Reuters. "Quería acercar los partidos de fútbol a quienes viven en tiendas de campaña y refugios destruidos."

Puede parecer un gesto pequeño. No lo es cuando la rutina consiste en sobrevivir.

En Gaza, donde miles de familias han perdido sus hogares y los desplazamientos forzados forman parte de la vida cotidiana, una pantalla de fútbol puede convertirse en un refugio emocional. Noventa minutos sin pensar en drones, explosiones o funerales también son una forma de resistencia.

Mohamed pasó años repartiendo alimentos, mediando conflictos y tratando de mantener unida a una comunidad golpeada por la guerra. Su último esfuerzo fue organizar un partido de fútbol. No buscaba cambiar el rumbo del conflicto. Solo quería regalarles a sus vecinos algo que en Gaza se ha vuelto extraordinario: una noche para olvidarse de la violencia.