Washington, 2 de diciembre de 1823. En un Congreso aún modesto, lejos del brillo imperial que vendría después, el presidente James Monroe pronuncia un discurso que no parecía destinado a cambiar la historia. Estados Unidos era entonces una república joven, con un poder militar limitado y concentrada en consolidar su territorio. Sin embargo, entre párrafos diplomáticos y advertencias medidas, Monroe dejó una frase que atravesaría generaciones: “América para los americanos”.
Una América Latina que nacía
El contexto explicaba la urgencia. América Latina acababa de independizarse de España y Portugal, mientras en Europa la Santa Alianza —Rusia, Austria y Prusia— buscaba restaurar las monarquías absolutistas. Monroe advirtió que los países americanos, “por la condición de libres e independientes que han asumido”, no debían volver a ser colonizados. Cualquier intento europeo sería considerado una agresión directa a Estados Unidos. A cambio, Washington prometía mantenerse al margen de los conflictos del Viejo Mundo.
La doctrina, ideada por el secretario de Estado John Quincy Adams, parecía una defensa del nuevo orden republicano en el hemisferio. En América Latina fue recibida con alivio. Simón Bolívar habló de protección conjunta; gobiernos frágiles vieron en Estados Unidos un aliado estratégico. Pero la letra pequeña pronto quedó clara: la Doctrina Monroe no obligaba a Washington a intervenir. Era una declaración política, no un compromiso jurídico. Y quien decidiría cuándo aplicarla sería siempre Estados Unidos.
Un poder incipiente
Durante gran parte del siglo XIX, la doctrina fue más simbólica que efectiva. Washington no reaccionó cuando el Reino Unido ocupó las islas Malvinas en 1833 ni cuando reforzó su dominio en el Caribe. Tampoco actuó frente a la ocupación española de República Dominicana entre 1861 y 1865. Estados Unidos aún no tenía el poder para imponer su voluntad y estaba más concentrado en su propia expansión territorial.
Esa expansión tuvo un costo enorme para sus vecinos. Bajo la presidencia de James K. Polk, la Doctrina Monroe comenzó a reinterpretarse como una política de crecimiento. La guerra con México terminó en 1848 con la cesión de más de la mitad de su territorio. El lema “América para los americanos” ya no sonaba defensivo: empezaba a adquirir un tono de supremacía.
El giro definitivo llegó a finales del siglo XIX, cuando Estados Unidos emergió como potencia. La guerra con España en 1898 marcó un punto de inflexión. Cuba y Puerto Rico quedaron bajo su influencia y el Caribe pasó a ser un espacio estratégico. A partir de entonces, la Doctrina Monroe se convirtió en la base ideológica del intervencionismo estadounidense.
Ese cambio quedó cristalizado en 1904 tras el bloqueo naval de Alemania, Reino Unido e Italia contra Venezuela. El bloqueo naval a Venezuela, ocurrido entre diciembre de 1902 y febrero de 1903, fue una acción militar de esos tres países europeo. El conflicto surgió por la negativa del presidente Cipriano Castro a pagar las deudas externas acumuladas y las indemnizaciones por daños sufridos por ciudadanos extranjeros durante las guerras civiles venezolanas.
La política del “Gran Garrote”
Theodore Roosevelt proclamó el derecho —y el deber— de Estados Unidos de intervenir en los países americanos para evitar la injerencia de potencias externas. Nacía la política del “Gran Garrote”: diplomacia cuando fuera posible, fuerza militar cuando fuera necesario. Panamá se separó de Colombia con apoyo de Washington para facilitar la construcción del canal. Cuba fue ocupada. Nicaragua vivió una larga intervención. En América Latina, la doctrina empezó a ser vista como sinónimo de imperialismo.
El siglo XX profundizó esa percepción. Durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe se recicló bajo un nuevo enemigo: el comunismo. Washington apoyó golpes de Estado, dictaduras y contrarrevoluciones en Guatemala, Chile, Argentina o Nicaragua. El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, firmado en 1947, sirvió como marco para legitimar la acción conjunta, aunque en la práctica consolidó el liderazgo estadounidense. En 1962, la suspensión de Cuba de la OEA mostró hasta dónde llegaba ese poder.
Con el fin de la Guerra Fría, muchos creyeron que la doctrina había quedado atrás. En 2013, el secretario de Estado John Kerry llegó a declarar su final. Sin embargo, la influencia de Estados Unidos continuó a través de organismos económicos, diplomacia y presión política. Como recuerdan los historiadores, la Doctrina Monroe nunca desapareció: simplemente cambió de forma.
La “doctrina Donroe” de Trump
Ese espíritu reapareció con fuerza en los últimos años. En su segundo mandato, Donald Trump retomó la doctrina sin tapujos, incluso rebautizándola informalmente como la “doctrina Donroe”. La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025 dejó claro el giro hacia el hemisferio occidental, con un objetivo central: reafirmar la zona de influencia estadounidense y frenar la presencia de potencias extrarregionales, especialmente China.
La captura en Venezuela de Nicolás Maduro a inicio de enero fue el gesto más contundente de este retorno. Más allá de su impacto político y simbólico, la operación envió un mensaje inequívoco: Estados Unidos estaba dispuesto a actuar directamente para redefinir el equilibrio de poder en América Latina. Pero no fue una acción aislada.
En paralelo, Washington anunció un rescate de 20.000 millones de dólares a la economía argentina como gesto explícito de apoyo al Gobierno de Javier Milei, en la antesala de las elecciones legislativas de octubre de 2025. La medida, presentada como ayuda financiera, fue leída en la región como una intervención política directa para respaldar a un aliado estratégico y contrarrestar la influencia china.
La presión se extendió también a Brasil, donde la Administración estadounidense amenazó con imponer aranceles tras la condena judicial del expresidente Jair Bolsonaro. A esto se sumaron advertencias que evocan viejas épocas: la posibilidad de tomar el control del canal de Panamá, forzar la salida del presidente colombiano, atacar a los cárteles del narcotráfico en suelo mexicano o intervenir en Cuba. Incluso el interés por anexionar Groenlandia responde a la misma lógica: controlar el hemisferio, sus rutas y sus recursos estratégicos.
La variación de la doctrina
“El significado de la Doctrina Monroe ha variado constantemente desde 1823”, explica a BBC Mundo el profesor Alex Bryne. Y esa variación explica por qué, en su nombre, América Latina fue durante décadas considerada el “patio trasero” de Washington. La frase de Monroe ya no es solo historia. Es una crónica abierta que sigue escribiéndose, con consecuencias reales, en todo el continente.
