Francisco Camacho aprendió temprano que la vida no avisa cuando va a cambiar de acto. Tenía doce años cuando llegó a Manta desde Guayaquil, con una familia todavía completa y un futuro que parecía ordenado. Poco después, su padre enfermó y murió, y ese golpe marcó el ritmo de todo lo que vendría después. La ciudad, el colegio, el oficio y el teatro se fueron acomodando alrededor de esa ausencia inicial.
La casa quedó sostenida por su madre, una mujer firme que asumió sola la manutención de cuatro hijos —dos mujeres y dos hombres—, sin tiempo para lamentos.
El colegio y el teatro
Camacho, como lo conocen en Manta, soñaba con estudiar medicina, pero el dinero no alcanzaba. Ingresó al colegio Técnico, donde estudió mecánica industrial. Aprendió a soldar, a trabajar en torno y a confiar en sus manos. Años después diría que no era un creador puro, sino un moldeador: alguien capaz de mejorar lo que otros iniciaban. Esa habilidad manual, que parecía alejarlo del arte, terminaría empujándolo hacia él.
El teatro apareció en el colegio y en la iglesia Santa Marianita, dentro de los grupos juveniles católicos. Allí conoció a Chusino, un odontólogo entusiasta que había visto teatro en Quito y proponía pequeñas escenas. Sin formación académica, pero con intuición, Camacho improvisó un chiste en una obra religiosa y descubrió algo decisivo: el poder inmediato de la risa. Con ese impulso nació el grupo Nuevo Mundo y, casi sin darse cuenta, comenzaron a hacer teatro de calle en parques y espacios abiertos de Manta.
El aprendizaje en el escenario
La calle fue escuela y vitrina. Sin guiones rígidos ni escenografías, aprendió a leer al público, a improvisar y a sobrevivir. Más tarde llegaron los talleres de teatro del Banco Central y el encuentro con el actor Carlos Valencia, que lo llevó al teatro de sala. Luego, junto a otros actores, formó el grupo Palosanto. Allí conoció la disciplina, el silencio, el trabajo corporal y la exigencia del texto y del personaje. Mientras la calle le daba dinero y amigos, la sala le ofrecía profundidad y pensamiento.
En casa las discusiones se acumularon. El teatro no pagaba cuentas y su madre no entendía del todo dónde pasaba los días. Aun así, Camacho persistió. Actuó en obras colectivas y en el monólogo El Callejón de los Ángeles, inspirado en la poesía de Pedro Gil, su amigo, donde convivió con el personaje hasta confundirse con él. Fue una experiencia intensa, celebrada, pero también agotadora.
La búsqueda lo llevó a Quito y luego a Colombia. En plazas de Popayán, Cali y Medellín hizo teatro de calle durante años, aprendiendo otros ritmos y lenguajes. Ganó dinero, perdió miedos y confirmó que el escenario podía ser cualquier esquina. Al regresar a Ecuador volvió al teatro de sala, pero el desgaste, la falta de recursos y la necesidad económica fueron apagando la práctica constante.
Hoy Camacho mira su recorrido sin nostalgia. Sabe que el teatro le dio identidad, oficio y refugio, aunque no siempre pan. Su ingreso al cine llegó desde otro lugar. Gracias a su habilidad técnica trabajó como luminotécnico, escenógrafo y camarógrafo en producciones independientes. Hizo cortometrajes, aprendió a resolver problemas y volvió a sentir la soledad del creador sin respaldo.
La imprenta y el amigo
En una etapa posterior conoció a Agustín Intriago. En su imprenta trabajó como diseñador gráfico y encontró algo más que un empleo: una amistad. Cuando Intriago fue elegido alcalde de Manta, Camacho ingresó al Departamento de Cultura del municipio, convencido de que el arte podía dialogar con la ciudad.
El asesinato de su amigo lo golpeó con fuerza. Fue otra pérdida que se sumó a las anteriores, pero no logró borrar lo esencial: Francisco Camacho sigue siendo, aun sin escenario fijo, un actor que aprendió a vivir creando.
