En una época en la que casi cualquier malestar parece necesitar un nombre clínico, el psiquiatra y psicoterapeuta José Luis Marín lanza una idea incómoda: la salud mental, entendida como una entidad separada del cuerpo y de la vida social, no existe.

Su planteamiento no pretende negar el sufrimiento psicológico ni minimizar trastornos graves. Lo que cuestiona es la tendencia contemporánea a convertir emociones humanas normales en enfermedades médicas.

Para Marín, vivimos en una sociedad que ha perdido tolerancia a la tristeza, al miedo, al silencio y a la fragilidad. Todo debe resolverse rápido, producir bienestar inmediato y encajar en una lógica de rendimiento permanente. Así lo señaló en el  podcast en YouTube Aprendamos Juntos que es una iniciativa global impusada por el banco BBVA de España.

Ese fenómeno, al que llama "psiquiatrización de la vida cotidiana", ha hecho que experiencias comunes como la timidez, el duelo o la ansiedad ante la incertidumbre sean interpretadas automáticamente como patologías.

El resultado es una cultura donde cada vez más personas se sienten enfermas y cada vez menos encuentran espacios para comprender el origen de su dolor.

Marín sostiene que no asistimos necesariamente a una epidemia de trastornos mentales, sino a una epidemia de diagnósticos. La tristeza, explica, no es un error biológico que deba eliminarse de inmediato. Es una emoción que permite detenerse, reflexionar y elaborar pérdidas.

El problema aparece cuando el contexto social impide procesarla: jornadas laborales extenuantes, precariedad económica, aislamiento afectivo o falta de tiempo para el descanso convierten ese malestar en un estrés permanente.

Desde esa perspectiva, el sufrimiento deja de ser un simple desajuste químico y pasa a entenderse como una respuesta profundamente humana a condiciones de vida que muchas veces resultan insostenibles.

El cuerpo habla lo que la vida calla

Uno de los aspectos más provocadores de la exposición de Marín es su crítica a la explicación biológica dominante de la depresión y otros trastornos.

Durante años, buena parte de la psiquiatría popularizó la idea de que la depresión era consecuencia de un déficit de serotonina. Sin embargo, el especialista sostiene que esa visión es reduccionista.

Para él, las alteraciones químicas no son necesariamente la causa del sufrimiento, sino una manifestación más de un organismo sometido a tensión constante. El cuerpo entero participa del malestar: el sistema digestivo, el sueño, el sistema inmune, la musculatura y las emociones forman parte de una misma realidad inseparable.

La consecuencia de esta mirada es contundente. Si el origen del dolor es social y biográfico, limitarse a medicar síntomas puede resultar insuficiente.

Marín no rechaza el uso de fármacos, pero advierte sobre el riesgo de utilizarlos como única respuesta. Una sociedad que anestesia el sufrimiento sin preguntarse por sus causas profundas termina adaptando a las personas a condiciones dañinas, en lugar de transformar esas condiciones.

En este punto introduce otra idea clave: pesa más el código postal que el código genético. Las diferencias en esperanza de vida, enfermedades crónicas y sufrimiento emocional entre barrios ricos y pobres muestran que la salud depende enormemente del entorno.

La desigualdad, el ruido, la contaminación, la falta de naturaleza y la inseguridad laboral impactan directamente en el organismo.

El estilo de vida moderno, según Marín, se ha vuelto incompatible con la salud. Dormimos menos, comemos peor, vivimos acelerados y hemos perdido espacios de comunidad. Incluso algo tan básico como el descanso se ha deteriorado de forma drástica. En apenas una generación, recuerda, la población ha perdido alrededor de dos horas y media de sueño diarias.

Las consecuencias son visibles: irritabilidad, dificultades de concentración, agotamiento e hiperactividad. Muchos de esos síntomas terminan interpretándose como trastornos psiquiátricos cuando en realidad podrían ser señales de un cuerpo exhausto.

La historia de "Dolores" y el fracaso de la medicina fragmentada

Para explicar cómo funciona el sistema sanitario actual, Marín recurre a un personaje simbólico: "Dolores". Es una mujer con múltiples diagnósticos, atendida por diversos especialistas y sometida a tratamientos distintos, pero a quien nadie escucha de manera integral.

Tiene una historia clínica en neurología, otra en reumatología, otra en psiquiatría y otra en ginecología. Sin embargo, nadie parece preguntarse quién es ella, qué ha vivido o qué experiencias marcaron su cuerpo y su biografía.

Esa fragmentación, afirma Marín, es uno de los grandes problemas de la medicina contemporánea. El paciente deja de ser una persona y se convierte en un conjunto de órganos aislados. Se trata la migraña, el colon, el insomnio o la ansiedad por separado, como si cada síntoma surgiera en compartimentos independientes.

Pero muchas veces el cuerpo habla aquello que la persona no pudo expresar. Marín recuerda que un porcentaje muy alto de pacientes con fibromialgia o dolor crónico arrastra experiencias traumáticas de infancia, abandono o abuso.

No se trata solo del trauma vivido, sino del silencio posterior, de la imposibilidad de contar lo ocurrido y de la ausencia de una escucha verdadera.

El problema, añade, es que el sistema sanitario funciona con tiempos imposibles para la conversación. Algunos estudios muestran que los médicos interrumpen al paciente pocos segundos después de empezar a hablar. Esa prisa no solo dificulta comprender el origen del malestar; también puede convertirse en una forma de retraumatización.

La enfermedad, entonces, no puede entenderse únicamente desde análisis clínicos o pruebas de laboratorio. También requiere mirar la historia vital de cada persona: sus vínculos, pérdidas, miedos, condiciones materiales y experiencias afectivas.

Marín sostiene que lo que hoy llamamos trastornos mentales son, en gran medida, manifestaciones legítimas de sufrimiento humano que han sido medicalizadas y psiquiatrizadas de forma apresurada. Inteligencia artificial

Recuperar la salud humana

La propuesta de José Luis Marín no es simplemente una crítica al sistema sanitario. Es, sobre todo, una invitación a recuperar una idea más amplia y humana de la salud.

Para él, la salud comienza mucho antes de la consulta médica. Empieza en la infancia, en la calidad de los vínculos, en la mirada de quienes cuidan, en el contacto físico, en la palabra y en la sensación de seguridad emocional. El cerebro humano, recuerda, se construye en relación con otros.

Por eso también cuestiona la idea de que los adolescentes actuales sean una "generación de cristal". Su dependencia de las pantallas y las redes sociales no surge de la nada. Responde, muchas veces, a vacíos afectivos y a una sociedad donde los adultos viven atrapados por la prisa, el trabajo y la supervivencia económica.

La solución, dice, no pasa únicamente por prohibir dispositivos electrónicos, sino por ofrecer alternativas reales: tiempo compartido, naturaleza, conversación y presencia emocional.

Marín defiende una medicina psicosomática en el sentido más profundo del término. No porque "todo esté en la cabeza", sino porque toda enfermedad ocurre en una persona completa. El cuerpo, la mente y el entorno forman una unidad inseparable.

Su visión de bienestar es sencilla y radical al mismo tiempo: reducir el ruido, recuperar el silencio, dormir mejor, alimentarse de manera consciente, fortalecer vínculos y aprender a escuchar el propio malestar antes de convertirlo automáticamente en una patología.

En una sociedad obsesionada con encontrar marcadores biológicos para cada síntoma, su propuesta apunta hacia otro lugar: prestar atención a los marcadores biográficos. Porque detrás del sufrimiento no siempre hay un cerebro defectuoso. A veces hay una vida demasiado cargada de dolor, soledad y desconexión. (10).