Las enfermedades cardiovasculares mantienen una estrecha relación con la inflamación crónica de bajo grado, un proceso que puede desarrollarse durante años sin síntomas evidentes y que está asociado con factores como el estrés, la mala alimentación y el sedentarismo. Así lo explicó el cardiólogo Leonardo Moya durante una entrevista concedida a Manavisión Plus.

Según el especialista, este fenómeno corresponde a un estado de inflamación sistémica persistente que mantiene al organismo sometido a un estrés constante. Aunque el cuerpo está preparado para enfrentar episodios temporales de tensión física o emocional, cuando estas condiciones se prolongan durante largos períodos pueden generar consecuencias negativas para la salud.

Moya indicó que actualmente este tipo de inflamación es cada vez más frecuente, especialmente en entornos urbanos donde predominan hábitos poco saludables. Dietas con exceso de carbohidratos y azúcares, consumo de alcohol, tabaquismo, falta de descanso y elevados niveles de presión emocional forman parte de los principales factores que contribuyen a su aparición.

Impacto sobre el organismo

El cardiólogo explicó que la inflamación sostenida favorece el desarrollo de diversas patologías y aumenta significativamente el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Entre las principales consecuencias se encuentran la hipertensión arterial, el deterioro progresivo de las arterias coronarias y una mayor probabilidad de sufrir infartos.

Además, señaló que este proceso puede manifestarse mediante síntomas que muchas personas consideran normales dentro de su rutina diaria. Dolores de cabeza recurrentes, cansancio persistente, dificultades para concentrarse, trastornos digestivos y alteraciones del sueño pueden ser señales de alerta que suelen pasar desapercibidas.

De acuerdo con Moya, el organismo suele adaptarse gradualmente a estas molestias, por lo que los pacientes terminan incorporándolas a su vida cotidiana sin identificar que podrían estar relacionadas con un proceso inflamatorio más complejo. Esta normalización dificulta la detección temprana y retrasa la adopción de medidas preventivas.

Herramientas para la detección

El especialista destacó que existen exámenes de laboratorio capaces de identificar indicadores asociados a la inflamación sistémica. Algunos análisis de sangre permiten detectar marcadores específicos que ayudan a evaluar el estado inflamatorio del organismo, incluso cuando la persona no presenta síntomas severos.

Una vez detectado el problema, el objetivo principal consiste en identificar los factores de riesgo que están provocando la alteración. Moya explicó que la presencia de marcadores elevados puede advertir sobre una mayor predisposición a desarrollar diabetes, hipertensión, accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardiovasculares a largo plazo.

El cardiólogo señaló que muchas personas muestran resistencia al diagnóstico debido a que no experimentan molestias importantes. Sin embargo, insistió en que la ausencia de síntomas no significa que el organismo esté libre de riesgos, especialmente cuando los procesos inflamatorios permanecen activos durante años.

Cambios que pueden revertir el problema

Moya afirmó que la inflamación crónica de bajo grado puede revertirse mediante modificaciones sostenidas en el estilo de vida. Entre las principales recomendaciones mencionó mejorar la alimentación, mantener horarios regulares de sueño, realizar actividad física frecuente y reducir la exposición a factores estresantes.

También destacó la importancia de prestar atención a las señales del sistema digestivo. Distensión abdominal, exceso de gases, digestiones lentas o aceleradas y molestias recurrentes pueden constituir manifestaciones tempranas de desequilibrios internos relacionados con procesos inflamatorios.

El especialista indicó que el sueño desempeña un papel fundamental en la recuperación del organismo. Dormir entre seis y ocho horas diarias contribuye a la eliminación de toxinas cerebrales y ayuda a reducir el impacto del estrés sobre diferentes sistemas corporales.

Finalmente, señaló que la identificación temprana de los factores desencadenantes resulta clave para prevenir complicaciones futuras. A su criterio, reconocer los hábitos que generan inflamación y corregirlos oportunamente permite disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares y mejorar significativamente el pronóstico de salud a largo plazo.

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