El invierno cae sobre Gaza como una sombra espesa. No es solo el frío lo que cala, sino la sensación de que nada cambia , de que incluso una tregua puede sentirse como una prolongación del mismo asedio. Desde el 10 de octubre de 2024, cuando entró en vigor el alto el fuego impulsado por Estados Unidos y celebrado por el presidente Donald Trump como un “avance histórico”, los habitantes de este fragmento sitiado del sur de Palestina dicen que nada se ha detenido realmente. Que la guerra solo aprendió a disfrazarse.

En los campamentos improvisados, donde la vida cotidiana ocurre entre lonas y madera húmeda, las lluvias de noviembre hicieron estragos. Unas 13.000 familias, según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) , vieron cómo el agua arrasaba lo poco que les quedaba. Al Mawasi, cerca de Jan Yunis, se convirtió en un terreno pantanoso donde las tiendas se deshicieron como papel mojado.

Nurhan Mahmud Al Farrah, maestra de 30 años, recuerda el momento exacto en que su techo cedió. “Todo estaba mojado y la infraestructura está tan destruida que el agua se convierte en fango”, cuenta mediante una llamada telefónica.

Su voz tiembla más por indignación que por frío. “La guerra no ha terminado”, dice , con la firmeza de quien ha aprendido a sobrevivir sin expectativas, señala en la nota de la periodista Ebbaba Hameida para Radiotelevisión Española.

La UNRWA advierte que este será el tercer invierno sin infraestructura básica. Lo que antes eran edificaciones de ladrillo, aulas, centros de salud y pequeños comercios, hoy son escombros. El territorio necesita refugios, mantas, ropa térmica y comida. Pero nada llega con la regularidad prometida. Muchos aquí sienten que la palabra “ayuda humanitaria” se convirtió en una especie de promesa abstracta, algo que suena bien en conferencias internacionales pero se deshace en la frontera.

La tregua que no detuvo la muerte

En Gaza, la población lleva tres inviernos consecutivos conviviendo con las calamidades provocadas por la ofensiva israelí, la respuesta del primer ministro, Benjamín Netanyahu , a los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, en los que fueron asesinados unos 1.200 israelíes y secuestrados otros 250.

A pesar del cese al fuego, al menos 280 personas han muerto desde octubre, sumándose a los casi 70.000 fallecidos en dos años de ofensiva de Israel, según organizaciones humanitarias. L os residentes hablan de explosiones nocturnas, de drones que no abandonan el cielo, de ataques que no aparecen en los reportes oficiales. La tregua, dicen, es como un vaso roto: retiene algo de agua, pero no la suficiente para apagar el incendio, señala la publicación.

Israel afirma que sus operaciones se concentran en “objetivos de Hamás”. L a milicia, por su parte, cumplió con la entrega de rehenes vivos y continúa devolviendo gradualmente cuerpos, aunque aún mantiene tres restos humanos en el enclave. Esa persistencia ha tensado los términos de una tregua que se sostiene por voluntad diplomática más que por la realidad en el terreno.

El hambre como enemigo cotidiano

La vida cotidiana en Gaza es una negociación constante con la escasez. Un huevo puede costar dos dólares. Dos dólares por un alimento que antes era básico. Las frutas y verduras aparecen de vez en cuando en los mercados, pero sus precios son inalcanzables para familias que lo perdieron todo . La leña se ha vuelto un recurso tan codiciado como el gas, y las noches húmedas ponen a prueba la resistencia del cuerpo.

La UNRWA estima que todo el territorio sufre algún nivel de malnutrición. Los hospitales funcionan como pueden, con salas improvisadas, generadores agotados y personal exhausto. Cada día se atiende a niños con tos persistente, adultos con infecciones respiratorias, ancianos debilitados por el frío . Nurhan, la maestra, resume la sensación general: “Este invierno puede morir mucha gente”.

Aulas entre ruinas en Gaza

La educación, tradicional orgullo de la sociedad palestina, apenas sobrevive. Con el 92% de los edificios dañados o destruidos, las clases se imparten en chozas, carpas o pequeños espacios habilitados entre restos de concreto . Los niños escriben sobre sus rodillas, mientras el viento abre y cierra las hojas de cuadernos mojados. Para muchos, caminar hasta estas aulas improvisadas significa cruzar zonas sin calefacción, sin pavimento, sin protección.

El hacinamiento y la falta de privacidad añaden tensión a familias que ya viven al límite emocional. El trauma se acumula como otra capa más de destrucción.

Desconfianza en la paz que llega desde lejos

El plan de paz propuesto por Washington -con una Fuerza Internacional de Estabilización y una Junta de Paz Transicional- ha sido recibido con escepticismo. Desde Gaza lo ven como un proyecto que no tomó en cuenta las voces del territorio y que podría perpetuar la división política entre Gaza y Cisjordania.

Hamás rechaza el desarme sin un Estado palestino. La Autoridad Palestina señala su disposición a retomar el control administrativo “en un futuro”. Entre analistas, hay quienes creen que el plan podría favorecer los intereses territoriales de Israel. Mientras tanto, en Gaza, la discusión se siente lejana. Aquí no se debaten documentos: se sobrevive.

Un invierno que cae sobre la incertidumbre

El desescombro no ha avanzado. Los explosivos siguen sin desactivarse. La ayuda llega con restricciones y la crisis sanitaria se agrava. Abumajed Al Masri, hermano del periodista Hossam Al Masri -fallecido en agosto-, resume el estado emocional del territorio.

“Estamos desesperados y no entendemos nada”, dice. Y en esa frase, sencilla y brutal, queda condensado todo un invierno que no descansa, un alto el fuego que no cesa y un pueblo que resiste incluso cuando ya no tiene fuerzas para resistir, señala la información de Radiotelevisión Española. (10).