El 30 de enero de 1948, el mundo perdió a uno de los mayores símbolos de la paz. Mohandas Mahatma Gandhi, líder de la independencia india y defensor incansable de la no violencia, cayó asesinado en Nueva Delhi a los 78 años. La noticia conmocionó a millones de personas.

Resultaba difícil aceptar que el hombre que había dedicado su vida a combatir el odio sin recurrir a las armas encontrara un final tan brutal. Sin embargo, los meses previos habían estado marcados por una creciente tensión política, religiosa y social que terminaría desembocando en la tragedia.

El precio de predicar la reconciliación

La independencia de la India, alcanzada en agosto de 1947, estuvo acompañada por la partición del territorio y el nacimiento de Pakistán. Gandhi celebró el fin del dominio británico, pero quedó afectado por la violencia entre hindúes, musulmanes y sijs.

Miles de familias fueron desplazadas y numerosas comunidades quedaron atrapadas en una espiral de represalias. Convencido de que la paz era el único camino posible, decidió iniciar una huelga de hambre para presionar a los sectores enfrentados.

Su postura, admirada en gran parte del mundo, también despertó rechazo entre grupos nacionalistas hindúes. Algunos consideraban que Gandhi era demasiado tolerante con los musulmanes y que sus llamados a la moderación debilitaban la capacidad de defensa de los hindúes. Las amenazas comenzaron a multiplicarse.

El 20 de enero de 1948, una bomba explotó cerca de una de sus reuniones de oración. Gandhi salió ileso, pero el atentado reveló que existían sectores decididos a silenciarlo.

Lejos de mostrarse intimidado, mantuvo su mensaje. Incluso afirmó que, si debía morir por la bala de un fanático, esperaba hacerlo sin odio en el corazón. Sus palabras reflejaban una convicción inquebrantable y una serenidad que impresionaba tanto a seguidores como a adversarios.

Los disparos que apagaron una voz universal

Diez días después del atentado fallido, Nathuram Godse, un extremista hindú contrario a las ideas de Gandhi, regresó a Nueva Delhi armado con una pistola. La tarde del 30 de enero, el líder caminaba lentamente hacia una reunión de oración en los jardines de Birla House, apoyado por dos sobrinas nietas debido a su debilidad física.

Godse se abrió paso entre la multitud, se inclinó ante él y disparó tres veces a quemarropa. Gandhi cayó gravemente herido. Algunos testigos aseguraron que alcanzó a pronunciar el nombre de Dios antes de desplomarse. Murió poco después, mientras el desconcierto se apoderaba de quienes presenciaron la escena.

El asesino intentó quitarse la vida, pero fue detenido por la policía. Más tarde sería juzgado y ejecutado. Entretanto, la muerte de Gandhi provocó una ola de dolor colectivo. El primer ministro Jawaharlal Nehru anunció la noticia por radio con palabras que quedaron para la historia: la luz que guiaba a la nación se había apagado.

Al día siguiente, una multitud acompañó el cortejo fúnebre hasta la cremación. Flores, lágrimas y plegarias marcaron una despedida multitudinaria.

Sin embargo, la violencia no desapareció. En varias ciudades se registraron disturbios y ataques de venganza. Fue una amarga paradoja: el hombre que había dedicado su vida a la reconciliación murió dejando una lección vigente sobre los peligros del fanatismo y la necesidad permanente del diálogo. (10).