Cuando fue fundada en 1819, la Gran Colombia no solo era una república naciente: era uno de los proyectos políticos más ambiciosos del mundo. En una América recién liberada del dominio colonial, aquel Estado surgió como el país más prestigioso del continente.

Se pensaba que estaba destinado a convertirse en una potencia global. Hoy, si existiera, tendría cerca de 100 millones de habitantes y una extensión territorial de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, casi del tamaño de Argentina, lo que lo situaría entre los diez países más grandes del planeta.

Los cuatro países que una vez fueron uno solo

Pero la historia no siempre favorece a los gigantes. La Gran Colombia fue un proyecto intenso y fugaz, que duró poco más de una década, aunque dejó una huella profunda: de su disolución nacieron Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá. Un legado compartido que, dos siglos después, vuelve a ser invocado —a veces con nostalgia, a veces con ironía— cuando las relaciones entre estos países se tensan, como ocurre hoy entre Quito y Bogotá.

La república fue concebida por Simón Bolívar tras las victorias militares del Pantano de Vargas y la Batalla de Boyacá, en 1819. Aquellos triunfos permitieron instalar el Congreso de Angostura, donde se constituyó formalmente la República de Colombia, conocida luego como la Gran Colombia.

El nuevo Estado integró los departamentos de Venezuela, Quito y Cundinamarca, bajo un modelo que aspiraba a ser unitario y fuerte, aunque con vicepresidencias regionales. Bolívar asumió la presidencia y Antonio Nariño la vicepresidencia, simbolizando el ideal de una nación cohesionada por la ley y la espada.

La expansión fue rápida. Panamá se incorporó en 1821; Carabobo aseguró la independencia venezolana; Quito se sumó en 1822, y Guayaquil fue anexada tras una intervención directa de Bolívar, decidido a evitar que el puerto estratégico tomara un rumbo autónomo.

Los problemas internos en la Gran Colombia

Ese mismo año, en Guayaquil, se produjo el célebre encuentro entre Bolívar y José de San Martín, un episodio envuelto en silencios y controversias que marcó el destino político del continente.

Sin embargo, mientras el territorio crecía, las tensiones internas se multiplicaban. Bolívar pasó varios años concentrado en asegurar la independencia de Ecuador y Perú, delegando el poder en Francisco de Paula Santander en Nueva Granada.

Cuando regresó en 1828, encontró una república fragmentada. Optó por una administración de facto, suprimió la vicepresidencia y centralizó el poder, lo que profundizó las disputas sobre el modelo constitucional y el liderazgo político.

La Convención de Ocaña, ese mismo año, evidenció la fractura: fue rechazada la Constitución Vitalicia propuesta por Bolívar, mientras Santander encarnaba la oposición al caudillismo. A ello se sumaron conflictos externos, especialmente con Perú, y la resistencia de líderes regionales que ya no se sentían representados por el proyecto unionista.

El final fue abrupto. En 1830, Venezuela y Quito proclamaron su separación. La muerte de Antonio José de Sucre, el heredero político de Bolívar, terminó de sumir a la república en el caos. El Libertador renunció a la presidencia y murió poco después, en Santa Marta, a los 47 años, viendo desmoronarse la obra de su vida.

Las diferencias entre Ecuador y Colombia

Doscientos años más tarde, la memoria de la Gran Colombia vuelve a cobrar sentido frente a las actuales tensiones entre Ecuador y Colombia. El gobierno ecuatoriano impuso un arancel del 30 % a las importaciones colombianas, alegando problemas de seguridad fronteriza y un fuerte déficit comercial. Bogotá respondió con medidas similares sobre productos estratégicos ecuatorianos. Las fronteras que alguna vez fueron internas hoy son líneas de fricción diplomática y económica.

La ironía es evidente: territorios que compartieron una república, un ejército y un proyecto político común hoy se enfrentan por aranceles, comercio y seguridad. La Gran Colombia ya no existe, pero su sombra persiste.