Ángel Eduardo Ortega Toala, un hombre de 86 años nacido en Portoviejo y criado en Manta, Ecuador, representa una perspectiva única sobre el envejecimiento en el asilo Funteman. A diferencia de muchos residentes que llegan por necesidad o abandono familiar, Ángel optó por autoasilarse hace 11 años, tras una recomendación médica postoperatoria.
Su historia, marcada por una migración exitosa a Estados Unidos y un regreso voluntario al Ecuador, ofrece una mirada introspectiva a la vida en este centro para adultos mayores en Manta. Con una salud estable pese a problemas prostáticos y el uso de un bastón, Ángel se describe como un "solitario familiar" que prefiere la tranquilidad sobre el bullicio social.
De Guayaquil a Nueva York
La trayectoria de Ángel comenzó temprano. A los 15 años, emigró de Manta a Guayaquil, donde vivió hasta los 23. En 1963, llegó legalmente a Estados Unidos con residencia inmediata, instalándose en Nueva York. Allí, trabajó 23 años en una división de cafeterías de la cadena Marriott, atendiendo a grandes corporaciones en edificios de más de 50 pisos. Su dominio del inglés le abrió puertas: "Empecé un viernes y el lunes ya tenía trabajo", recuerda.
Se jubiló en 1986 y regresó al Ecuador, donde construyó una casa en Guayaquil con sus ahorros. Vivió allí 30 años, soltero y sin hijos, con una familia casi extinta salvo una hermana en EE.UU. Ángel evitó el matrimonio, citando "aventuras juveniles" sin compromisos serios. Su regreso no fue por nostalgia, sino por una vida planificada: "Hice mi casa con mis frutos del trabajo en Nueva York".
De prueba a un hogar permanente
En 2013, tras una cirugía de próstata en Guayaquil, su médico personal le aconsejó mudarse. La esposa del doctor, involucrada en obras sociales en Funteman, facilitó la transición. Ángel planeaba quedarse solo seis meses: "Vine con la intención de regresar". Sin embargo, el ambiente lo cautivó. "Me encantó", afirma, destacando la camaradería como una "familia adoptiva". No extraña el exterior: detesta el ruido, las reuniones nocturnas y las voces estridentes.
En su habitación pequeña pero cómoda, encuentra un "paraíso personal". Vendió y regaló sus propiedades en Guayaquil para evitar molestias de inquilinos: "Si me voy, me van a estar llamando a cada rato". Ángel paga su mensualidad con su pensión con su jubilación estadounidense, cubriendo una estancia en sala individual.
Lo mejor de Funteman
Ángel elogia la atención médica y el personal: "Están bien atendidos, hay médicos, la comida es buena". La doctora Tamara Alexandra Cuello Arteaga, médico general con cinco años en el centro, supervisa chequeos diarios como presión arterial. Las actividades incluyen terapia ocupacional, juegos como adivinar frases en pizarrón y manualidades que "desarrollan la mente".
Ángel sale de Funteman con permiso. Va a la farmacia, al banco o a comprar frutas, a menudo en taxi. Se lleva bien con todos sus compañeros. "Lo único que haría mejor el lugar, es que haya más visitas familiares. La mayoría son dejados abandonados aquí", indicó. "Todo lo que tenemos es gracias a la administradora Alicia Mieres y las donaciones", subrayó.
El abandono y lágrimas de sus compañeros
No todo es idílico. Ángel reconoce que muchos residentes sufren abandono. "Carecemos del amor filial". Otros abuelitos le confían sus lágrimas, extrañando hijos y nietos que visitan "como telegramas" o no vienen. Su mensaje a familias es claro: "Ojalá se recapaciten y cumplan con el deber de un hijo, de un nieto. Vengan a visitarnos".
Tamara Coello, médico del lugar desde hace cinco años, coincide con Ángel. "De los 42 residentes, solo 10 o 15 reciben visitas regulares, pero lo ideal es que cada fin de semana salgan aunque sea a compartir un helado", apuntó. Las puertas están abiertas cualquier día, pero "los familiares se olvidan", declaró.
Cuidado con amor y desafíos
Coello describe el trabajo de Funteman como "satisfactorio pero pesado", requiriendo paciencia y amor. Muchos residentes están abandonados: "Compartimos con ellos, les damos de comer, los bañamos". En momentos de depresión, organizamos juegos y actividades. El 90% de las pacientes de Funteman padece Alzheimer, el 50% diabetes e hipertensión; y solo ocho de 42 permanecen lúcidos, aunque a veces pierden la noción del tiempo. A los abuelos de Funteman les gustan las visitas comunitarias de escuelas y universidades. "Se ríen, bailan, conversan anécdotas". Tamara insta a no abandonar: "El paciente ingresa y los familiares se olvidan".
Servicios y costos de Funteman
Jorge Gutiérrez, administrador, recordó que Funteman es una fundación en Manta que acoge adultos mayores, viviendo principalmente de donaciones. Ofrece cuidado integral: médica, alimentación, higiene y actividades. Las pensiones varían de 370 a 500 dólares mensuales, según modalidad (sala general o individual). Los pagos cubren los salarios del personal; el resto -alimentos, mantenimiento- depende de recaudaciones.
Cada mes Funteman necesita entre 17.000 a 18.000 dólares para operar, dependiendo de las reparaciones que suelen presentarse, se informó.
Según datos del Censo Ecuador 2022 y cifras presentadas por el INEC en 2024, 6.066 personas de la tercera edad viven en hogares colectivos, asilos o residencias en el país. Adicionalmente, 108 adultos mayores se encuentran en situación de calle y 276.084 viven solos.
