Encontrar una perla natural dentro de una ostra es un golpe de suerte comparable a hallar una aguja en un pajar. Las probabilidades, dicen los biólogos, son de una en 10.000. Un milagro marino que puede tardar hasta diez años en gestarse.

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Pero ¿de qué depende que una ostra tenga o no una perla? Obedece a un mecanismo de defensa del propio molusco. Las perlas se forman cuando un elemento extraño entra al interior de la ostra. Puede ser arena, un parásito o cualquier otra partícula. Como la ostra no puede expulsarlo, produce una sustancia conocida como nácar. Así, cubre el elemento extraño con ese nácar, que terminará derivando en una perla.

Por eso, cuando Jorge Figueroa —biólogo pesquero y docente del Instituto Luis Arboleda Martínez— habla de perlas, no lo hace desde el romanticismo sino desde la ciencia, la acuicultura y una apuesta concreta por el futuro económico de las comunidades costeras. Se trata de crear perlas en un laboratorio.

El equipo y la acuicultura

Figueroa forma parte de un equipo que impulsa un proyecto de acuicultura de Bajo Impacto, destinado a trabajar con especies que no afecten el equilibrio del ecosistema. Resguardan un tesoro que alguna vez abundó en las costas de Manabí: la ostra Madreperla.

“Nosotros hemos identificado que tenemos especies con enorme potencial”, cuenta. De una de ellas extraen carne para consumo local; de todas, posibles perlas que ya despiertan interés comercial. La lógica es simple: economía circular, no desperdiciar nada, volver al origen para impulsar nuevas oportunidades.

La perlicultura que promueven aún está en fase temprana. Tres personas están involucradas, aunque ya han capacitado a unas 60, especialmente en Jaramijó y Manta. “Todavía no hay un mercado consolidado”, admite Figueroa. “Pero en México, por ejemplo, trabajan con la misma especie y los costos de las perlas pueden ser elevados”. Un camino lento, como el crecimiento de la propia perla, que requiere marketing, historia, identidad.

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Una ostra con una perla en su interior.

Las perlas y la introducción en las ostras

El proceso es casi quirúrgico: en laboratorio hacen una incisión en la ostra e introducen un núcleo artificial. Con ello aseguran que todas produzcan una perla, acortando tiempos naturales y reduciendo el azar —ese de una entre 10.000—. Luego las ostras se llevan al mar durante seis meses, hasta que están listas para la cosecha. Tras el pulido y la joyería artesanal, pueden venderse entre 30 y 50 dólares, aunque las naturales —esas rarísimas— pueden alcanzar miles de dólares.

Pero detrás del brillo hay una sombra: la ostra silvestre está siendo sobreexplotada. En la costa ecuatoriana no existen vedas, controles ni estudios poblacionales actualizados. “Se pesca de manera desmedida, no se saben cuáles son las tallas adecuadas para capturar”, lamenta Figueroa.

Mientras tanto, las comunidades de Crucita, Ligüiqui, Barbasquillo y otros puntos de Manabí siguen recolectando ostras. “Si no hay control, la población puede colapsar”, advierte el biólogo. Por eso insiste en la acuicultura como alternativa: producir semillas en laboratorio, repoblar ecosistemas y sostener una actividad que puede convertirse en motor económico sin destruir el recurso. La esperanza crece lenta, como las perlas.