"En el fondo, sabía que lo que había vivido no era algo por lo que ninguna niña debería pasar". Olivia Albert recuerda su infancia en la región de Mara, en Tanzania, como una línea divisoria: antes y después de la mutilación genital femenina (MGF).

Tenía miedo, pero también la certeza silenciosa de que aquello no era normal, aunque todos a su alrededor insistieran en que sí lo era.

Durante generaciones, en su comunidad la ablación fue un rito de iniciación inevitable, una puerta obligatoria hacia la vida adulta. Las niñas no preguntaban. Las madres no siempre respondían. Y el dolor, físico y emocional,  se convertía en un secreto compartido.

Hoy, Olivia ya no guarda silencio. Lidera un grupo juvenil que habla abiertamente sobre lo que muchos prefirieron callar. "Cuando las niñas escuchan a alguien que lo ha vivido, prestan atención de otra manera", dice. Su voz no es de rabia, sino de determinación. "No podemos borrar el pasado, pero podemos asegurarnos de que las próximas generaciones crezcan sin miedo", señala una publicación de Noticias ONU.

La amenaza sigue vigente 

Su historia es una entre más de 230 millones. Esa es la cifra global de mujeres y niñas que han sido sometidas a mutilación genital femenina, según datos de Naciones Unidas. Y aunque el mundo ha avanzado en su erradicación, la amenaza sigue vigente: se estima que en 2026 alrededor de 4.5 millones de niñas estarán en riesgo.

La MGF no tiene justificación médica. Consiste en la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos por razones no médicas. Puede provocar hemorragias, infecciones, complicaciones en el parto e incluso la muerte. Las secuelas psicológicas, ansiedad, trauma, depresión, suelen ser invisibles, pero profundas.

Entonces, ¿por qué persiste? Las razones son múltiples y complejas: presión social, ideas erróneas sobre higiene, creencias de que garantiza la virginidad o mejora las posibilidades de matrimonio.

En algunas culturas se considera un requisito para ser aceptada, una condición para "ser mujer". La paradoja es que, aunque no aporta ningún beneficio sanitario, muchas comunidades creen que es necesaria para que una niña sea limpia, honorable o digna.

Desmontar esos mitos es hoy una prioridad

En Guinea, el imán Ousmane Yabara Camara decidió utilizar su influencia para romper una de las justificaciones más repetidas: la religiosa. "La mutilación genital femenina no es una prescripción del islam", afirma con claridad en la prefectura de Kindia, donde es una figura respetada, señala Noticias ONU.

Su mensaje ha abierto espacios de diálogo en escuelas y mezquitas. Miles de niños y niñas reciben ahora educación sexual más completa, aprendiendo que tradición no siempre significa verdad.

La dimensión religiosa también ha cambiado en el Cuerno de África. En 2025, eruditos islámicos de Yibuti, Eritrea y Somalia emitieron una fetua (dictamen) en la que declararon que no existe base religiosa que justifique la ablación.

Para activistas como Nafissa Mahamoud Mouhoumed, en Yibuti, fue un punto de inflexión. "Ahora contamos con dos poderosos escudos: la Constitución y la fetua", explica. "La ley recuerda las consecuencias penales; la fetua elimina la excusa religiosa".

Las leyes, en efecto, están modificando el panorama. Muchos países han tipificado la MGF como delito. Pero en comunidades donde la práctica está profundamente arraigada, la norma escrita no siempre basta. Por eso, el trabajo puerta a puerta se ha convertido en una herramienta clave.

En Etiopía, donde tres cuartas partes de las mujeres entre 15 y 49 años han sufrido algún tipo de mutilación, los programas impulsados por el UNFPA y UNICEF involucran ahora a hombres y niños.

Cuando no se entendía 

Durante años, recuerda el jefe local Mitiku Gunte, los hombres observaban las complicaciones en partos y las muertes sin comprender el vínculo con la mutilación. "Sabíamos que algo iba mal, pero no entendíamos qué era ni cómo detenerlo".

Hoy participan en diálogos comunitarios segmentados: ancianos, jóvenes solteros, madres y líderes tradicionales. Se habla de salud, de derechos y de dignidad. Se cuestiona la idea de que una mujer sin mutilación no podrá casarse. Y, poco a poco, algunas familias empiezan a decir no.

La medicalización es otro frente de batalla. En ciertos lugares, la práctica se ha trasladado a clínicas bajo la falsa premisa de que, realizada por personal sanitario, es "más segura". Pero los expertos son categóricos: no hay versión segura de la mutilación.

"A menudo recibo casos cuando el daño ya está hecho, con complicaciones graves", relata la doctora Maram Mahmoud, en el Alto Egipto. Para ella, participar en espacios comunitarios ha sido transformador. "Ahora comprendo mejor las mentalidades y puedo orientar con más firmeza".

Lo que está en juego no es solo una tradición, sino la redefinición de lo que significa proteger a una hija. En muchas comunidades, las abuelas fueron mutiladas; luego las madres, y después las hijas. Romper esa cadena implica desafiar generaciones de costumbre y miedo al rechazo social.

Las supervivientes y liderazgo 

Por eso el liderazgo de las supervivientes resulta tan poderoso. Cuando Olivia habla, no cita estadísticas: cuenta sensaciones, cicatrices y silencios. Y en esa honestidad otras niñas encuentran valor.

La transformación no ocurre de un día para otro. Sin embargo, en aldeas donde antes el rito era incuestionable, hoy se debate. Y en ese simple acto, preguntar si es necesario hacer daño para pertenecer,  empieza una revolución silenciosa.

Olivia lo resume sin grandilocuencia: "No podemos cambiar lo que nos pasó. Pero sí podemos decidir qué les pasará a ellas". (10).