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Ya no sé si me gusta la lluvia
Por: Pedro Vargas

Martes 21 Abril 2020 | 00:00

 Desde  mi ventana veo llover. Hace mucho que no pasaba. Y me dieron ganas de salir y correr saltando charcos. Saltando tiempo. Saltando tristeza. 

Pero no, solo me asomo a ver llover sobre Manta. Sobre su silencio, sobre su cuarentena obligada para salvarse. Sobre la vida que no es la misma, que no será la misma. ¿Cómo puede serlo cuando pierdes a un ser querido? ¿Cómo? Cuando ni siquiera puedes despedirlo. Ni llorarlo como quisieras. No puedo dejar de pensar en Darwin Castillo. En su historia, en su búsqueda para encontrar el cuerpo de su padre que murió en mal tiempo. En tiempo del covid-19. No fue el virus lo que lo mató, sino la obstrucción del catéter por donde le hacían diálisis, pero lleva más de dos semanas buscándolo en las morgues de Guayaquil. 
Sigo pensando en su cara cuando abrió la bolsa mortuoria y no halló el rostro que vio toda la vida. El rostro al que siempre le dijo “papá”. Sigo pensando en su fuerza para caminar entre los muertos como unas líneas de la Divina Comedia tratando de hallarlo. También pienso en su frustración al devolver el ataúd a la funeraria porque aún no tiene un cuerpo que sepultar.  En el ramo de rosas que quiere darle antes de despedirlo. En sus noches, en sus largos días sin respuesta. Pienso en su bondad, en su infinita bondad para no cabrearse y aún mantener las formas y pedir “por favor”. Pienso en su historia y deseo que no se repita. Que no nos pase nada igual. Que no nos alcance esta ola en la que no sirve si tienes tabla o no. Que no rebase nuestras capacidades. Y que, si no alcanzamos una cama de hospital, al menos nos toque un ataúd. Sigue lloviendo despacito. Cierro la ventana y ya no sé si me gusta la lluvia.