En un mundo atravesado por pantallas, datos y automatización, la voz de Melina Masnatta se alza con una claridad poco habitual: la educación ya no está cambiando, ya cambió. Y ese cambio, lejos de ser exclusivamente tecnológico, es profundamente humano, político y cultural.
Con casi dos décadas de trayectoria como educadora, investigadora y emprendedora social, Masnatta invita a mirar más allá del entusiasmo por la innovación para preguntarnos qué tipo de aprendizaje queremos construir.
Una vocación que nace de la pregunta
Su historia personal ayuda a entender el origen de esta mirada crítica. Criada en la Patagonia argentina, su paso por el sistema educativo estuvo marcado por preguntas incómodas.
Fue durante su formación en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón cuando surgió una inquietud decisiva: ¿por qué incluso el arte, una disciplina asociada a la expresión y la creatividad, podía generar rechazo en los estudiantes?
Esa pregunta la llevó a estudiar Ciencias de la Educación en la Universidad de Buenos Aires, con la intención de transformar el sistema desde adentro.
Pero su vínculo con la tecnología comenzó mucho antes. En tercer grado, una docente le propuso usar herramientas de comunicación para abordar un problema ambiental concreto: el encallamiento de ballenas en una playa de Argentina.
Aquella experiencia no solo fue innovadora, sino que sembró una idea clave: la tecnología no es un fin en sí mismo, sino un medio para generar impacto social y empoderamiento.
Tecnología, aprendizaje y tensiones invisibles
Hoy, Masnatta describe la tecnología en el aula como un "espejo aumentado". No introduce problemas nuevos, sino que amplifica los ya existentes.
Así, cuestiones históricamente relegadas —como la inteligencia emocional, la autoestima o la capacidad de atención— emergen como centrales en el aprendizaje contemporáneo. En este contexto, la educación enfrenta uno de sus mayores desafíos: la crisis del "contrato social didáctico".
Muchos docentes utilizan herramientas de inteligencia artificial en privado, pero no lo reconocen abiertamente. El motivo no es la deshonestidad, sino la incertidumbre: aún no existen criterios compartidos para evaluar su uso.
Esta falta de transparencia bloquea un debate colectivo urgente sobre la soberanía de los datos y el rol de las grandes corporaciones tecnológicas en el aula.
En este escenario aparece otro concepto clave: la delegación cognitiva. Se trata de la tendencia a externalizar procesos de pensamiento en sistemas automatizados. Si bien la tecnología permite personalizar el aprendizaje, también puede generar entornos excesivamente cómodos, donde se evita la frustración.
Y, como advierte Masnatta, aprender implica atravesar dificultades. La inteligencia artificial puede resumir un libro, pero no reemplaza la experiencia humana de leer, interpretar y comprender.
Frente a este riesgo, rescata el valor de la inteligencia colectiva. El ejemplo paradigmático es Wikipedia, donde el conocimiento se construye de manera colaborativa, transparente y democrática.
A diferencia de los algoritmos que fragmentan la realidad, este modelo ofrece una base común donde el debate y el consenso son visibles.
Volver a lo humano en la era digital
Lejos de promover una digitalización total, Masnatta defiende el aula como espacio físico y simbólico. En una era donde la atención es capturada por dispositivos diseñados para retenernos, la escuela debe ser un lugar donde se ejercite la identidad y el encuentro con el otro.
Propone, en ese sentido, una estrategia clara: alternar entre "Modo ON" y "Modo OFF", decidiendo conscientemente cuándo la tecnología aporta valor y cuándo es necesario desconectarse.
Otro eje central de su trabajo es la brecha de género en tecnología. Desde iniciativas como Chicas en Tecnología, cuestiona la idea de que esta desigualdad sea natural.
Por el contrario, responde a decisiones históricas que alejaron a las mujeres del mundo digital. Recuperar referentes y promover la participación es clave para que nuevas generaciones vean la tecnología como un espacio de creación y no solo de consumo.
En definitiva, su mirada no es tecnofóbica ni ingenuamente optimista. Reconoce el potencial de la inteligencia artificial como una herramienta "fascinante y tremenda", pero insiste en que sigue siendo una creación humana, atravesada por intereses y sesgos.
El verdadero desafío no es solo aprender a usar tecnología, sino liderarla con una perspectiva ética.
En tiempos donde todo parece automatizarse, Masnatta propone volver a lo esencial. Educar es sostener preguntas, construir vínculos y habitar la incertidumbre. Es, en última instancia, defender aquello que ninguna máquina puede replicar: lo profundamente humano. (10).