El 30 de marzo de 1981, a las puertas del hotel Hilton en Washington, el ruido seco de varios disparos rompió la rutina presidencial. En cuestión de segundos, el país entero contuvo la respiración. Un joven de 25 años, delgado, casi invisible entre la multitud, acababa de cambiar la historia política y judicial de Estados Unidos. Su nombre: John W. Hinckley Jr.

Aquel día, el entonces presidente Ronald Reagan llevaba apenas 69 días en el poder. Salía del hotel tras un discurso cuando Hinckley, armado y decidido, disparó seis veces.

El caos fue inmediato. Gritos, empujones, agentes del Servicio Secreto abalanzándose sobre el mandatario. En las grabaciones de televisión se escucha la urgencia: "¡Sáquenlo! ¡Vamos, vamos!". El vehículo blindado arrancó a toda velocidad.

En un inicio, Reagan parecía ileso. Caminó por su cuenta hacia el hospital de la Universidad George Washington. Pero dentro, su cuerpo decía otra cosa. Una bala, desviada tras rebotar en el asfalto, se había colado por debajo de su axila izquierda y había perforado su pulmón.

Minutos después, el presidente se desplomó. La decisión de llevarlo al hospital, tomada casi por precaución, terminó salvándole la vida.

Antes de entrar al quirófano, Reagan dejó una frase que pasaría a la historia: "Espero que todos sean republicanos", dijo con una sonrisa, mirando a los médicos.

Obsesión y delirio

Pero mientras el país estaba atento a su recuperación, otra historia comenzaba a tomar forma: la de su atacante.

Hinckley no era un extremista político ni un militante ideológico. Su motivación era más desconcertante y perturbadora. Nacido en 1955 en una familia acomodada de Oklahoma, había crecido con privilegios, pero también con una creciente desconexión emocional.

En los años setenta se mudó a Hollywood con aspiraciones artísticas, pero fracasó. Fue entonces cuando comenzó a obsesionarse con la actriz Jodie Foster.

La había visto en "Taxi Driver", la película de Martin Scorsese en la que un personaje interpretado por Robert De Niro fantasea con asesinar a un político. Hinckley vio la cinta una y otra vez —más de una decena— hasta que la ficción se mezcló con su realidad. Convencido de que un acto violento lo haría digno del amor de Foster, planeó matar al presidente.

Horas antes del atentado, le escribió una carta. "Te pido que mires en tu corazón y me des la oportunidad, con este hecho histórico, de ganar tu amor y respeto", decía. No era política. Era delirio.

Tras el tiroteo, cuatro personas resultaron heridas, entre ellas el secretario de prensa de la Casa Blanca, James Brady, quien recibió un disparo en la cabeza que lo dejó con daño cerebral permanente. Décadas después, su muerte sería clasificada como homicidio, aunque Hinckley no enfrentó nuevos cargos.

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Una imagen del atentado contra Reagan - Agencias

41 años bajo vigilancia

El juicio que siguió fue tan impactante como el atentado. Hinckley fue declarado no culpable por razón de demencia, un veredicto que desató indignación nacional. En lugar de prisión, fue internado en un hospital psiquiátrico en Washington. Allí permanecería durante más de tres décadas.

Durante esos años, su vida fue una rutina estrictamente vigilada. Terapias, evaluaciones, controles constantes. Los expertos coincidían en que sufría psicosis aguda, depresión severa y trastornos de personalidad. Era, como lo describiría más tarde un juez, "la persona más vigilada del sistema de salud mental de Estados Unidos".

Pero el tiempo, y el tratamiento, cambiaron su panorama.

En 2016, tras 35 años de reclusión, un juez autorizó su salida bajo condiciones estrictas. Hinckley se mudó a Williamsburg, en Virginia, donde vivía bajo vigilancia permanente.

No podía alejarse más de 48 kilómetros de su casa, debía asistir regularmente a consultas psiquiátricas y tenía prohibido hablar con la prensa o contactar a sus víctimas. Su vida era libre, pero medida.

Para muchos, esa libertad era difícil de aceptar. Los hijos de Reagan se opusieron siempre a su liberación. Para ellos, el pasado no podía cerrarse con diagnósticos médicos.

Sin embargo, los informes clínicos eran consistentes: desde 1983 no mostraba síntomas activos de enfermedad mental grave. El sistema, lentamente, comenzó a confiar en su rehabilitación.

La libertad y la redención

Y entonces llegó 2022. Ese año, una corte federal del Distrito de Columbia levantó todas las restricciones. Hinckley quedó completamente libre por primera vez desde aquel día de 1981. El juez Paul Friedman fue claro: confiaba en que le iría bien "en los años que le quedan".

Hoy, Hinckley intenta reconstruir su vida desde un lugar inesperado: la música. Con autorización judicial desde 2020, comenzó a publicar canciones en internet.

Cuatro décadas después de los disparos que estremecieron a Estados Unidos, las respuestas siguen siendo tan inciertas como el eco de aquellos seis tiros en la puerta de un hotel.