Eran los años sesenta del siglo XX, cuando Río de Janeiro empujaba a los pobres hacia las favelas. Allí creció Fusée: delgado, negro, vulnerable y lúcido. Demasiado frágil para usar un arma, pero lo bastante despierto para entender que la vida no podía reducirse a un sueldo mínimo ni a las balas que dictaban las normas del lugar. En la favela Ciudad de Dios -ese laberinto de pasillos de tierra, droga, risas y disparos- descubrió que su mirada tenía un brillo distinto: el de quien observa antes de juzgar. Soñaba, a contracorriente, con convertirse en fotógrafo profesional.

El otro niño que llegó a Ciudad de Dios

Mientras Fusée aprendía a encuadrar el mundo, un niño de once años llegaba al barrio con una ambición completamente distinta. Petit Dé arrastraba una determinación precoz : quería convertirse en el mayor delincuente de Río. Para él, la favela no era un paisaje de posibilidades, sino un tablero para ascender en la jerarquía del crimen.

Admiraba a Tignasse y a su banda, expertos en abordar camiones y desaparecer entre el polvo con mercancías ajenas. Tignasse, entre divertido y cruel, lo puso a prueba : le ofreció un arma y la oportunidad de cometer su primer asesinato. Fue el inicio de una cadena de violencia que, para Petit Dé, parecía el único camino hacia el poder.

El destino de ambos, Fusée y Petit Dé, se entrelazó con la historia real -y a la vez ficcionada- que inspiró Ciudad de Dios, la película basada en la novela de Paulo Lins. La obra retrata cómo, entre finales de los sesenta y bien entrados los ochenta , la falta de oportunidades y el abandono estatal convirtieron la favela en un territorio dominado por el crimen organizado.

Pero también revela otro vacío: la casi total ausencia de medios de comunicación. La prensa rara vez entraba allí, salvo cuando la tragedia era tan escandalosa que obligaba a cruzar la frontera simbólica entre la “ciudad formal” y la olvidada. Y cuando los periodistas aparecían, traían consigo a la policía. En un territorio donde el silencio podía significar supervivencia, la visibilidad era un riesgo.

Por eso el sueño de Fusée adquiría un peso mayor: no solo quería escapar, sino contar. Su cámara se convertía en testigo, en puente entre un interior invisible y un exterior indiferente. Estrenada en 2002, Ciudad de Dios rompió ese cerco. Fue nominada a cuatro Óscar, celebrada como una de las mejores películas del siglo XXI según The New York Times , y reveló al mundo una realidad brasileña que se había mantenido oculta.

Lo que logró la película en el mundo

Para Luciano Vidigal, cineasta que formó parte del proceso de producción y casting, el impacto fue innegable: “Ya no se hablaba solo de fútbol. Cuando decía que era brasileño , lo relacionaban con Ciudad de Dios”, recordó en una entrevista. Sin embargo, la gloria internacional no cambió la vida de quienes encarnaron la historia. Muchos actores, habitantes reales de las favelas, volvieron al anonimato tras el estreno. “Brasil es racista -diría Vidigal-, y esto afecta enormemente el trabajo de actores y actrices negros. Luchaban por mantenerse en el mercado.”

La contradicción entre el éxito global y el olvido local impulsó a Vidigal a dirigir Ciudad de Dios, 10 años después, un documental que devuelve el protagonismo a quienes habían quedado relegados. Allí aborda el racismo estructural y también un efecto inesperado del filme: haber alimentado un estigma. La etiqueta de “película de favela” terminó fijando una mirada reducida , donde solo había violencia, donde la vida en los cerros se percibía como un incesante tiroteo.

Vidigal y otros cineastas negros decidieron entonces disputar esa narrativa. “Me convertí en director para subvertir esto”, dijo. Porque en la favela también hay afecto, resistencia, poesía; hay trabajadores que cargan con la ciudad entera, hay historias que merecen contarse lejos del cliché.

Fusée lo entendió antes que nadie: a veces, para sobrevivir, basta con aprender a mirar. Y disparar -no un arma-, sino una cámara.