Cuando Neymar era niño, pedir una galleta podía convertirse en un lujo imposible. A veces miraba a su madre y le decía que quería comer una, pero en casa no había dinero para comprarla.

Google PreferredCanal de WhatsApp

Entonces, con la inocencia de quien todavía no entiende el tamaño de la pobreza, hacía una promesa que hoy parece una escena escrita para una película: "Voy a ser rico y voy a comprar una fábrica de galletas".

Mucho antes de los contratos millonarios, los estadios repletos y los flashes de Europa, Neymar da Silva Santos Júnior fue un niño criado entre dificultades en São Paulo. Vivía junto a sus padres, abuelos, tíos y primos en una casa pequeña donde nueve personas compartían apenas tres habitaciones. Dormían prácticamente juntos. Si uno se acostaba, todos tenían que hacerlo porque el colchón ocupaba casi todo el cuarto.

Pero incluso en medio de la austeridad, nunca faltó algo esencial: el fútbol. Su padre, Neymar Santos Sr., había sido futbolista y entendía que el talento de su hijo era distinto. No había dinero, pero sí una obsesión familiar por el deporte. Mientras otros niños soñaban con juguetes, Neymar soñaba con una pelota.

El niño que convirtió la pobreza en combustible

En los barrios humildes de Brasil, el fútbol suele ser más que un juego: es una salida. Neymar entendió eso desde pequeño. Empezó jugando fútbol sala, como muchos cracks sudamericanos, y rápidamente llamó la atención por su velocidad, su regate y esa manera desafiante de jugar como si estuviera en una cancha de barrio.

Pero el camino nunca fue sencillo. El propio Neymar ha contado que conoció chicos con mucho más talento que él y que nunca llegaron al profesionalismo. La diferencia, asegura, estuvo en la mentalidad. Mientras muchos se conformaban, él quería llegar más lejos que nadie.

Hubo sacrificios. Mientras sus amigos iban al cine o salían a divertirse, él entrenaba. A veces se frustraba, pero su padre insistía en repetirle que el futuro algún día le recompensaría. Y tenía razón.

Con apenas 14 años viajó a Madrid para intentar fichar por un club europeo. Su talento ya era comparado con figuras como Pelé o Robinho. Sin embargo, el Santos de Brasil logró retenerlo y terminó convirtiéndose en la gran joya del fútbol sudamericano.

Entre 2009 y 2013 deslumbró en Brasil con goles imposibles, regates atrevidos y una personalidad que parecía hecha para los grandes escenarios. Europa comenzó a seguirlo de cerca. Chelsea y West Ham preguntaron por él, pero Neymar todavía sentía que no era momento de irse. Hasta que apareció el Barcelona.

El crack que nunca dejó de escuchar a su padre

Su llegada al fútbol europeo cambió todo. En 2013 fichó por el FC Barcelona y rápidamente comenzó a brillar junto a Lionel Messi y Luis Suárez. En cuatro temporadas superó los 100 goles y formó parte de uno de los tridentes más temidos de la historia.

Pero Neymar siempre fue más que estadísticas. Detrás de la estrella seguía estando el muchacho que aprendió a valorar cada moneda. "Quien no da valor a un euro no se lo da a un millón", dijo alguna vez. Por eso nunca se separó de su padre, quien continúa manejando gran parte de su carrera y de sus decisiones.

En 2017 volvió a sacudir el mundo del fútbol al fichar por el PSG en la transferencia más cara de la historia: 222 millones de dólares. La presión, las lesiones y las críticas comenzaron a perseguirlo, pero Neymar nunca dejó de ser una figura magnética dentro y fuera de la cancha.

Hoy, después de recorrer Europa y convertirse en uno de los futbolistas más famosos del planeta, regresó al Santos, el club donde todo comenzó. También volvió a ser convocado con Brasil y muchos creen que el próximo Mundial podría ser el último de su carrera.

Quizá por eso Neymar juega ahora con una mezcla de nostalgia y rebeldía. Como si todavía existiera dentro de él aquel niño pobre que un día prometió hacerse rico para comprar una fábrica de galletas.