La capital manabita se encuentra conmocionada tras confirmarse la noche de este lunes, 23 de febrero, el fallecimiento de Alejandro Aguayo, una de las máximas glorias deportivas de la región. El exdelantero de la Liga Deportiva Universitaria de Portoviejo (LDUP) perdió la vida a causa de un infarto fulminante mientras se encontraba en medio de una cenaba, según pudo confirmar su propia hija en la ciudad de Portoviejo. Su partida física marca el fin de una era para los aficionados que crecieron escuchando el relato de su valentía en el área rival.

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Conocido afectuosamente como Alejandro Aguayo Pinargote, este destacado futbolista ecuatoriano no solo fue un atleta, sino un hombre de ciencia, pues estaba por titularse como médico veterinario cuando alcanzó la gloria deportiva. En 1969, con apenas 25 años, se desempeñaba como un letal delantero o atacante en el conjunto universitario. Su legado trasciende las canchas, recordándoselo como un ciudadano ejemplar que combinó su pasión por el balón con su formación profesional en la Universidad Técnica de Manabí.

El gol que cambió la historia del club

La fecha del 15 de noviembre de 1969 quedó grabada para siempre en la memoria colectiva gracias a la intervención de Alejandro Aguayo. Aquel día, el equipo de la capital visitó al Juventud Italiana en Manta, en un duelo decisivo por el Campeonato Provincial de Manabí. El encuentro parecía destinado al empate, hasta que un gol agónico anotado por Aguayo en el minuto 89 desató la locura, sellando un triunfo solitario de 1-0 que cambiaría el destino de la institución para siempre.

Este tanto conseguido por Alejandro Aguayo fue el motor que impulsó a la Liga de Portoviejo hacia el fútbol profesional por primera vez en su historia. Gracias a este campeonato provincial, el club obtuvo el boleto directo para ingresar a la Serie B nacional, marcando el inicio del profesionalismo para la "Capira". Sin ese remate certero en los instantes finales del partido, el camino del equipo más querido de la provincia habría sido radicalmente distinto, privando a la hinchada de décadas de alegrías en la primera categoría.

Relato de una hazaña inolvidable

En una de sus últimas entrevistas concedida en enero pasado, Alejandro Aguayo recordó con asombrosa lucidez los detalles de aquella jugada maestra. Según la transcripción de sus palabras, la acción nació de un rechazo defensivo; Hugo Pita entregó el balón a Macías Astudillo, quien fungía como jugador y entrenador. La pelota pasó por la banda derecha hacia Pablo Vélez, quien, tras un regate fallido, devolvió el esférico a Astudillo para que este pusiera un pase filtrado de alta precisión.

El propio Alejandro Aguayo relató que corría por la punta izquierda junto al joven "Pajarito" Vélez, a quien logró ganar por velocidad pura en el trayecto. Al encontrarse con el balón cerca del punto penal, decidió impactarlo con el empeine del pie, enviándolo con potencia hacia la derecha del arquero rival. El guardameta no pudo reaccionar ante la colocación del disparo, y así, en el último suspiro del encuentro, se escribió la página más dorada de la historia deportiva portovejense.

Tensión y júbilo en el estadio

El gol de Alejandro Aguayo no estuvo exento de polémica y peligro, ya que la tribuna local estalló en reclamos violentos tras la anotación. El árbitro del encuentro, Aquiles Vintimilla, proveniente de Guayaquil, fue fundamental para validar el tanto, pues los linesmen eran originarios de Manta y existía una fuerte presión ambiental. Debido a los disturbios, los jugadores tuvieron que permanecer en el campo de juego durante media hora, protegidos por las autoridades que incluso debieron realizar disparos al aire para dispersar a la multitud.

Tras superar el caos inicial, Alejandro Aguayo y sus compañeros fueron recibidos en la ciudad como auténticos héroes nacionales. La hinchada esperó al equipo para iniciar una fiesta tremenda que se extendió por toda la ciudad, consolidando a Liga como el único ídolo de Manabí. El exjugador afirmaba con orgullo que ese día nació el sentimiento popular que hoy mueve a miles de personas en cada estadio donde juega el equipo universitario.

Visionario y apasionado por la 'Capira'

Más allá de su faceta como goleador, Alejandro Aguayo siempre fue un crítico constructivo sobre la realidad institucional de su amado club. En sus últimas declaraciones, enfatizó la necesidad de atraer a personas con solvencia económica y conocimiento técnico para manejar la inversión en el equipo. Su consejo para la actual dirigencia era claro: buscar estabilidad en la media tabla antes de soñar con ascensos apresurados que no cuenten con una base financiera sólida y un respaldo de dinero real.

Incluso propuso que el club debería realizar un convenio o asociación con equipos modelos como el Independiente del Valle para nutrirse de jugadores juveniles de calidad. Para Alejandro Aguayo, las contrataciones de veteranos costosos solo mermaban el presupuesto del equipo sin ofrecer resultados a largo plazo. Él creía firmemente en que la cantera y la organización empresarial eran los únicos caminos para que Liga de Portoviejo recuperara su sitial de honor en el balompié ecuatoriano.

Un legado de amor incondicional

La pasión de Alejandro Aguayo por los colores verde y blanco era tal que llegó a pronunciar frases que hoy son himnos para la afición. "Por Liga mato, por Liga muero", era una de sus expresiones más recurrentes, llegando a decir de forma jocosa que quería al equipo más que a su propia esposa. Este sentimiento popular es lo que, según él, hacía que la gente acudiera al estadio incluso en los momentos más difíciles, definiendo a la institución como un sentimiento que nace del pueblo.

Los restos de esta gloria deportiva serán velados en el Funeral Home ubicado en la avenida Reales Tamarindos, en la ciudad de Portoviejo. Se espera que cientos de fanáticos se acerquen a dar el último adiós a Alejandro Aguayo, el hombre que con un botín derecho y un corazón valiente, puso el nombre de su ciudad en el mapa del fútbol profesional. Su partida deja una huella imborrable, pero su gol del 69 seguirá resonando en cada grito de aliento de la barra universitaria.