Los gobiernos locales, alcaldes y prefectos enfrentan un complejo panorama debido a la proliferación de candidaturas, advirtió el analista político Matías Abad en una entrevista con Manavisión Plus. Abad sostiene que ganar una alcaldía con menos del 25 % de los votos plantea un desafío para la gobernabilidad en territorios que hoy exigen liderazgos fuertes para enfrentar problemas como la inseguridad.

- ¿Ver tantos candidatos, es un ejercicio claro de la democracia o cómo le podemos dar la figura respectiva?

Es una realidad que se está replicando en las principales ciudades del país. Es decir, que el próximo alcalde podría ser elegido, una vez más, con menos de la cuarta parte de los votos. 

Por ejemplo, en la ciudad de Cuenca, el alcalde Zamora, en la elección anterior, ganó la alcaldía con el 18.5% de los votos; y quienes le seguían tenían 18.3%, 18%, 17% y algo. Es decir, la fragmentación del sistema político lo que está provocando es que los alcaldes, lleguen con un respaldo y una representatividad bastante limitados. 

- Entonces, ¿esto significa que les toca a estos alcaldes gobernar desde la minoría?

Les toca de entrada empezar a buscar y forjar acuerdos, a buscar legitimarse ante el 75% del electorado que no votó por ellos. Es la posibilidad de que cualquiera pueda ser elegido o pueda elegir, eso lo tenemos claro. 

Pero hay ciertas condiciones que están provocando este fenómeno. Entre estas, destaca la falta de incentivos para poder generar alianzas. En la última reforma al Código de la Democracia se aprobaron dos cosas fundamentales. 

La primera, el método de asignación de escaños; pasamos del método Webster al método D'Hondt, que premia a las mayorías. Es decir, si antes en un universo de 15 concejales usted se llevaba cinco con el método anterior, pues ahora muy probablemente se va a llevar siete u ocho por la forma en que se distribuye la asignación de escaños.

- ¿Y cuál fue el segundo cambio normativo que desincentivó estas alianzas?

Para poder dividirse de alguna manera los votos que se contabilizan para que su organización política cumpla los mínimos de exigencia para sostenerse en el tiempo, las alianzas ya no suman ni comparten los votos, sino que los dividen. 

Es decir, si usted tiene 100.000 votos y hace una alianza con un partido, son 50.000 para ti y 50.000 para mí; ya no son 100.000 para cada uno. Entonces, claro, ya no hay incentivos para generar alianzas o grandes plataformas. 

- Pero este tema  alianzas, ¿no cree que haría que no se observen tantos movimientos políticos? 

Ir eliminando aquellas organizaciones políticas que pasan a ser "organizaciones de alquiler". Creo que todos estamos más que conscientes y claros de que existen partidos y movimientos que únicamente están en el tablero para hacer negocio con sus espacios, para poder vender, alquilar o negociar candidaturas.

Pero quizás hay algo más estructural que es lo que está faltando. Buena parte de los problemas que tenemos hoy se podrían eliminar si es que el Código de la Democracia exigiera que un candidato, para poder terciar en una elección, tenga que acreditar por lo menos dos años de militancia en su partido político.

- ¿Por qué en la práctica actual vemos figuras que saltan de una tienda política a otra en cada elección

Estamos viendo que hay aspirantes que empezaron su carrera política en un partido, en la elección pasada estuvieron en otro, al inicio de este nuevo proceso de elecciones seccionales estaban en otra organización y finalmente quizás terminen en otra. 

Es decir, no existe ningún tipo de militancia activa ni de ideología en los partidos, sino simplemente es una suerte de comercialización de espacios, de búsqueda de oportunidades y de huecos en ciertos partidos únicamente para participar. 

Qué diferente sería si eligiéramos por lo menos que un aspirante a candidato lleve dos años militando en un partido. Una vez que cumplo dos años, puedo ser candidato por esa organización; sería una cosa muy distinta y se frenarían estos transfuguismo y esta suerte de acomodo entre partidos que lo que ha hecho es finalmente darnos vehículos, mas no partidos políticos. 

- ¿Cómo se puede marcar la diferencia entre legitimidad jurídica y legitimidad política?

Esa es la construcción que se tendrá que hacer desde el día siguiente en que alguien gana la elección. Puede haber otras formas; planteo al menos empezar a discutir algunas alternativas. Así como en la primera vuelta presidencial, si usted logra un 40% de votación y diez puntos de diferencia frente a su inmediato seguidor, gana la elección en primera vuelta. 

Sería interesante quizás empezar a discutir para las elecciones seccionales. Si no se logra ese margen, y nuevamente vamos a tener cuatro candidatos cuya diferencia sea de menos de un punto, quizás es razonable empezar a pensar o discutir una segunda vuelta para que la autoridad llegue con la legitimidad y la representatividad suficiente para empezar a gobernar, y no estemos a los seis meses siguientes pidiendo ya su cabeza. 

- ¿Esta medida de segunda vuelta aplicaría para todas las realidades o se debería estratificar según el tamaño de la población?

Se podría empezar a poner reglas y decir que esto no funcionaría para gobiernos autónomos descentralizados cuyo padrón sea inferior a 300.000 o 400.000 habitantes; tampoco justificaría que empecemos con esta dinámica en juntas parroquiales o alcaldías de 5.000 personas. 

Pero creo que en ciudades grandes y en territorios complejos sí se justifica. Ahora hay que ser claros: del alcalde y del prefecto ya no se espera únicamente que hagan obras de alcantarillado, vialidad o saneamiento. Ahora hay nuevos problemas que involucran a estas autoridades, como el tema de la seguridad, cómo enfrentar a los grupos delincuenciales organizados, cómo generar políticas públicas para atender la migración interna y externa.

- ¿Debería insertarse también la elección de concejales pero en la segunda vuelta?

Quizás elegirlos a ellos en primera vuelta le puede dar un poco de diversidad al concejo; puede permitir que existan otras voces por fuera del oficialismo y de la principal oposición. Lo mismo pasaría en la Asamblea Nacional. 

Si lo elegimos en segunda vuelta llegaríamos a tener a la mitad o más de la mitad de legisladores del partido que ganó la elección y la otra mitad del que le sigue, del adversario, porque la votación ya se empieza a polarizar. 

Mantener la elección en primera vuelta para los concejos y asambleas podría ser algo que se mantenga, más que nada para poder llevar voces de diferentes sectores. Los parlamentos son, a la larga, el reflejo de la sociedad. 

- ¿Cree que se generarán cambios que impulsen un debate político en el país?

Quienes tienen el control de la Asamblea siempre organizan y cambian las reglas del juego para favorecerse en su propia elección; eso funciona así, siempre tienen cierta ventaja y lo que van a procurar es debilitar al resto. 

Por eso decía que cuando se aprobó la reforma al Código de la Democracia el año pasado, fue una aprobación medio rápida que no trascendió mucho a la opinión pública, pero como cosa medio sui géneris fue aprobada por ambas bancadas, por la Revolución Ciudadana y por ADN.

- A pesar de esa aparente ventaja para las grandes estructuras, ¿cómo les está yendo operativamente en territorio con las nuevas exigencias de cuotas?

Aún siendo estructuras grandes, se les está dificultando mucho poder tener participación y candidaturas en todas las parroquias, cantones y provincias. En ese Código de la Democracia se aprobaron otras limitaciones para las listas, como que tiene que haber un 50% de participantes femeninas y un porcentaje de participantes jóvenes menores a 30 años. 

Empezar a armar las listas, sabiendo que en algunas provincias o cantones tengo buenos candidatos hombres pero tengo que balancearlos con mujeres y a veces las organizaciones no tienen mujeres que quieran ser candidatas, se ha vuelto un desafío operativo. 

Quizás desde lo teórico o conceptual fue una movida interesante para dar representatividad a la mujer, pero desde lo práctico se ha vuelto el escollo más complejo para los partidos porque tienen que balancear sus listas incluso en los distritos. 

- ¿Tener requisitos tan básicos es democracia o abre la oportunidad para que personas que no están preparadas lleguen a puestos trascendentes?

Algunos exigen que tengan una formación de cuarto nivel, otros indican que debería subirse la edad, y otros que se debería tener experiencia en el ramo. Creo que nada de eso garantiza que mejore la producción legislativa en los concejos cantonales, o que alguien pueda llegar a ser un buen alcalde o un buen prefecto. 

Iría más por lo estructural, que son los partidos políticos. Los políticos salen de los partidos y son estas organizaciones las que eligen a quienes van a estar en la papeleta; a la larga, definen cuál va a ser el abanico de opciones que nosotros como electores vamos a tener para dar nuestro voto.

- ¿Qué modelo internacional podría servir de referencia para corregir la falta de filtros y de carrera política en el país?

Qué diferente sería si para poder llegar a ser candidato se aplicara algo cercano al sistema político de Chile. En Chile usted entra a militar en las juventudes de un partido, entra joven y empieza a hacer méritos a la interna para ir siendo considerado. 

Luego pasa a dirigir un frente de profesionales, luego está a cargo de coordinar la campaña en una jurisdicción, luego participa como alterno de un concejal y, si le va bien, sigue militando y ascendiendo en la papeleta. 

Si llega a ser autoridad, podrá participar para asambleísta, diputado o senador, y tras hacer toda esa carrera y demostrar capacidad, puede ser considerado el candidato del partido a la presidencia.

- ¿Cómo avizora el panorama de la captación de alcaldías y prefecturas por parte del oficialismo (ADN) y del principal grupo de oposición vinculado al correísmo?

Ambos parten con cierta ventaja. Hay que tener presente que esta es una elección atípica en el sentido de que debíamos celebrar todo este proceso en febrero de 2027 y lo hemos adelantado para noviembre de 2026. 

Al acortarse los tiempos, parten con ventaja aquellos candidatos que tengan un capital político propio y mayor notoriadad. Las campañas son cortas y parecería más difícil que alguien gane siendo un desconocido; quienes ya tengan trayectoria en el mundo electoral corren con ventaja. 

Si a eso le suma que se va a requerir levantar dinero con más agilidad para financiar la campaña, el partido de gobierno tiene estructura. Lógicamente, todos quienes están vinculados al gobierno van a apoyar a sus candidatos; el presidente quiere lograr la mayor cantidad de GAD en esta elección. 

Por su parte, la Revolución Ciudadana es un movimiento que tiene militancia orgánica, quizás no tanto como en otros tiempos, pero tiene más que el resto de partidos. Ambos parten con ventaja.

- ¿Podría convertirse también en una debilidad para el oficialismo según el contexto de cada provincia?

 Así es, también parten con desventaja porque las elecciones seccionales por lo general son elecciones de personas, de figuras, y no necesariamente la gente vota por un partido bajo una lógica nacional.  El partido de gobierno puede tener fortalezas, pero estas también se vuelven su debilidad y su techo. Acá en la provincia del Azuay, el gobierno no tiene un nivel de popularidad muy alto por conflictos con los temas mineros y el agua. 

Además, el alcalde Cristian Zamora, hasta hace un mes antes de verse impedido de participar, estaba con una popularidad superior al 60% y era uno de los principales contradictores del propio presidente. Entonces, hay una militancia que le sigue a él. 

Cualquier candidato del gobierno se va a beneficiar de la estructura de ADN, pero también va a absorber sus aspectos negativos; será el blanco de todas las quejas y críticas de las cosas que no están funcionando bien por parte del Ejecutivo en el territorio. Lo que podría ser una ventaja también les plantea un techo y el desafío de entrar a defender temas complejos.

- ¿Cómo observa el tablero político en Guayaquil?

Es interesante cómo usted lo plantea, y creo que va a haber algo determinante en esa elección: si finalmente Cynthia Viteri termina participando. Ella no deja de ser una figura representativa que puede tener de entrada un 15% de votos, y el resto se construye en campaña; entra ya con un capital político interesante. 

Si ella no participara, el escenario cambia. Hoy leía un artículo de Santiago Basave que dice que hay un guion para ganar las elecciones cueste lo que cueste: si tengo un candidato fuerte, busco reducir la competencia; si tengo un candidato débil, apoyo a alguno de los que llegará al cargo bajo el compromiso de sumisión absoluta. 

En este caso, si hay una competencia importante, ya vemos que se generan bastantes presiones para que se dejen candidaturas. Ese va a ser el punto de inflexión en Guayaquil. Esa votación podría ir al Partido Social Cristiano o a figuras como Pedro Pablo Duarte, quien en la elección pasada tuvo el 15% y se presenta como un candidato interesante por fuera de esta pelea de candidatos desgastados. 

Todavía se está configurando el tablero en Guayaquil hasta ver quiénes mismos son las figuras que van a participar. Incluso veo más complejo el panorama en Quito, en donde la fragmentación de quienes se plantean como alternativa es sumamente amplia.