En agosto de 2025, la puerta de su consultorio en Guayaquil se abrió para recibir a la alcaldesa de Manta, Marciana Valdivieso. Llegó con una preocupación: el aumento de casos de autismo y la necesidad de respuestas para la ciudad.
Así comenzó una historia que trajo al doctor a Manta. José Alberto Hidalgo no habla del autismo como un experto distante. Lo hace desde un lugar más incómodo y honesto: el de padre. Tres de sus hijos tienen diagnóstico dentro del espectro autista, una condición que —dice— no es una sentencia, pero sí una carrera de resistencia. "Primero duele", admite. Porque antes del conocimiento vino el impacto. Y después, la búsqueda.
Esa búsqueda lo llevó a la nutrigenómica, una rama de la ciencia que estudia cómo la alimentación influye en la expresión genética. No hay alimentos que "causen" autismo, aclara, pero sí hay factores que pueden agravar sus manifestaciones. La inflamación, por ejemplo, aparece como un enemigo silencioso.
En su consultorio, y ahora también en Manta, Hidalgo insiste en algo que incomoda: no todo es terapia conductual ni medicación. También hay que mirar lo que comen los niños, cómo duermen, qué entorno tienen y, sobre todo, qué tan temprano se actúa.
El problema empieza antes
En Ecuador —y en gran parte del mundo— el diagnóstico sigue siendo difuso. No hay datos claros. Hay niños sin evaluar, otros mal diagnosticados y muchos más que crecen entre mitos. Padres que postergan consultas por miedo, familias que repiten historias heredadas ("habló tarde, pero habló") y prácticas tradicionales que, aunque respetadas, no siempre tienen sustento científico.
"Se mezclan creencias, redes sociales y desinformación", explica. Y en ese cruce, el tiempo pasa. Un tiempo que, en el neurodesarrollo, es clave.
Cuando Hidalgo habla de Manta, cambia el tono. Hay algo parecido a la esperanza. Define al municipio como "valiente". No por discursos, sino por acciones. Durante todo un mes, la ciudad ha desplegado una agenda integral: charlas, controles médicos, acompañamiento psicológico, orientación nutricional y espacios de apoyo para cuidadores.
Un enfoque más allá del paciente
Porque el autismo —insiste— no es solo del niño. Es también de la madre que no duerme, del padre que pierde el trabajo, de la familia que se reorganiza alrededor de una condición que exige atención constante. Es del entorno completo.
En ese escenario, el rol del Estado todavía es insuficiente. Los tratamientos son costosos y muchas familias no pueden sostenerlos. Terapias, suplementos, evaluaciones: todo suma cifras que excluyen.
Su aporte en Manta es técnico, pero también humano: traducir la ciencia en decisiones cotidianas. "Comida real, menos procesados, control de inflamación", resume. Parece simple, pero no lo es.
Hidalgo también incomoda dentro del sistema médico. Cuestiona prácticas, señala omisiones y defiende un enfoque integrativo que no todos comparten. Habla de neurólogos que recetan sin explicar, pero también reconoce a quienes investigan, actualizan y acompañan. No busca culpables, dice, sino mecanismos.
En su propia historia hay una pista: fue diagnosticado en su infancia con trastornos como TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo) . Hoy entiende que hay una carga genética, pero también factores ambientales que influyen. El autismo, repite, es multifactorial.
Y en ese entramado, la neuroplasticidad aparece como una posibilidad: el cerebro puede cambiar, adaptarse, responder. Pero necesita estímulos, constancia y tiempo. Tiempo que no se puede perder. Por eso insiste en una idea que resume su cruzada: el autismo no se espera, se enfrenta.

El autismo y su relación con el mundo
El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es una condición que afecta la forma en que una persona percibe y se relaciona con el mundo. Se caracteriza por dificultades en la comunicación e interacción social, así como por patrones de comportamiento, intereses o actividades restringidos y repetitivos.
Manta, mientras tanto, se convierte en un ejemplo inesperado. Una ciudad que decidió mirar donde antes no se miraba; que entendió que, aunque el autismo no dé votos, sí exige respuestas, sostiene Hidalgo.
Y en medio de esa respuesta, un médico que aprendió —por sus tres hijos— que a veces la ciencia más poderosa nace del dolor. (10).