Entre Bajos de Afuera, Bajos del Pechiche y Bajos de Las Palmas hay unos cinco kilómetros de carretera. En ese trayecto, las casas conviven con algo que salta de inmediato a la vista: almacenes de muebles. Camas, juegos de sala y comedores se exhiben en portales, veredas y grandes vitrinas. Para muchos visitantes, el lugar parece un enorme mercado de madera.

Pero esta historia no empezó con almacenes. Empezó con talleres. Hace más de 60 años, cuando el tercer Bajo —Las Palmas— apenas comenzaba a crecer, algunos hombres empezaron a trabajar la madera de manera artesanal. No había electricidad ni maquinaria. Solo herramientas básicas y la necesidad de encontrar una forma de ganarse la vida.

Los primeros talleres

Uno de esos primeros talleres fue el que fundó Efraín Olivero Navarrete Delgado, recordado por muchos como el pionero de la carpintería en la zona. Su hijo, Manuel Navarrete, hoy de 67 años, creció entre virutas y tablas.

El taller familiar, que hoy se llama Taller Manabí, nació en condiciones muy distintas a las actuales. La madera se trabajaba a puro pulso, con serrucho, cepillo de mano y cuchillos que servían para raspar y pulir las superficies. A ese proceso lo llamaban "rasquetear", una forma artesanal de dejar lisa la madera cuando todavía no existían las lijadoras.

La primera idea surgió de manera casi improvisada. Efraín Navarrete y un cuñado decidieron intentar fabricar una cama. No tenían formación técnica ni experiencia formal en carpintería; simplemente observaron la madera, imaginaron cómo unirla y comenzaron a trabajar. El resultado fue suficiente para seguir intentando.

Con el tiempo, el pequeño taller se convirtió en el sustento de la familia. Manuel y sus cinco hermanos crecieron aprendiendo el oficio. Durante años, los seis trabajaron alrededor del mismo negocio familiar. Hoy quedan cuatro hermanos vinculados al taller, aunque el ritmo de trabajo ya no es el mismo de antes.

Manuel Navarrete y sus hermanos aprendieron el oficio de su padre. El Diario

De talleres familiares a una ruta comercial

La transformación del sector también cambió el oficio. Durante décadas, los talleres de los Bajos abastecieron a almacenes de otras ciudades de Manabí. Muchos muebles fabricados allí terminaban en Portoviejo, Manta, Chone o Bahía.

Sin embargo, el terremoto de 2016 marcó un punto de quiebre. Varios almacenes cerraron o redujeron sus pedidos, y muchos talleres dejaron de trabajar para intermediarios. En el caso del Taller Manabí, la decisión fue concentrarse en vender directamente a quienes llegan al lugar.

Mientras tanto, el paisaje comenzó a cambiar. Donde antes predominaban pequeños talleres familiares, empezaron a aparecer grandes almacenes. Algunos pertenecen a comerciantes de la zona; otros llegaron desde ciudades cercanas y encontraron en los Bajos un punto estratégico para vender muebles.

Hugo Carrillo Chávez ha sido testigo de esa evolución. Tiene 70 años y lleva 45 trabajando la madera en Bajos de Las Palmas. Su taller funciona junto a su casa y forma parte de esa generación de carpinteros que consolidó la actividad en la zona.

Su ingreso al oficio ocurrió cuando la comuna participó en un proyecto impulsado por un fondo de desarrollo rural. En ese entonces se organizaron cursos de carpintería para enseñar a fabricar muebles de manera más técnica. Muchos jóvenes del sector participaron en esas capacitaciones y, con el tiempo, abrieron sus propios talleres.

La tradición que aún resiste

Durante décadas, esos talleres produjeron una gran variedad de muebles: camas, juegos de sala, comedores, puertas, anaqueles de cocina y otros trabajos hechos a pedido. La madera más utilizada ha sido el laurel y el amarillo, aunque también se emplean otras especies si el cliente lo solicita.

El trabajo artesanal permitió que muchos muebles fabricados en los Bajos viajaran a distintas ciudades de la provincia. Para varios carpinteros, Manta se convirtió en uno de los principales mercados.

Con los años, sin embargo, el modelo de negocio cambió. Muchos trabajadores que comenzaron como ayudantes abrieron pequeños talleres propios, mientras que algunos comerciantes apostaron por crear grandes almacenes. Hoy varios de esos locales venden muebles fabricados en otras ciudades o combinan la venta con producción propia.

A pesar de esa transformación, la reputación del sector se mantiene. En la provincia todavía se dice que en los Bajos se consiguen muebles buenos y más económicos.

Parte de esa fama se sostiene en el uso de madera maciza y en las técnicas tradicionales de ensamblaje. Para los carpinteros más antiguos, la diferencia con los muebles fabricados con materiales industriales es evidente: la madera bien trabajada puede durar varias décadas.

Mientras tanto, la carretera que une los tres Bajos sigue mostrando el resultado de esa historia. Lo que empezó como unos pocos talleres levantados junto a casas familiares terminó convirtiéndose en una ruta comercial donde la madera sigue siendo protagonista.

Y aunque ahora los almacenes dominan el paisaje, en varios patios todavía se escucha el sonido de las herramientas atravesando la madera. El serrucho ya no manda como antes, pero el oficio sigue vivo.

Los hermanos Navarrete, además del taller, tienen un almacén donde venden muebles. El Diario