Mucho antes de que Manta se llenara de barcos industriales, radares y contenedores refrigerados, el océano ya marcaba la vida de los pueblos que habitaron la costa ecuatoriana. Hace más de 11 mil años, las comunidades de la Cultura Las Vegas dependían de los recursos marinos para sobrevivir. El mar era alimento, camino y refugio.
Con el paso de los siglos, las técnicas de pesca comenzaron a perfeccionarse. La Cultura Machalilla, entre 1500 y 900 a.C., dejó una de las evidencias más sorprendentes: grandes anzuelos circulares diseñados para capturar especies como el atún aleta amarilla y el bonito.
Aquellos pescadores ya se aventuraban mar adentro y eran capaces de capturar peces de gran tamaño usando embarcaciones rudimentarias y líneas de pesca elaboradas a mano.
Más adelante, los manteños consolidaron su dominio marítimo. Conocidos como la "Liga de Mercaderes", navegaron largas distancias en las famosas balsas manteñas, auténticas embarcaciones de comercio y exploración.
En Ligüiqui construyeron los "corrales marinos", estructuras de piedra que aprovechaban las mareas para atrapar peces. Todavía hoy esas formaciones permanecen como testimonio de una civilización profundamente ligada al océano.
El puerto artesanal que vivía del día a día
Durante siglos, la pesca en Manta mantuvo un carácter artesanal y de subsistencia. Los pescadores salían de madrugada en bongos tallados de un solo tronco, canoas, pangas y balandras de madera. Navegaban guiados por el viento, las corrientes y la experiencia heredada de padres y abuelos.
El trabajo era duro. El pescado se vendía fresco en la misma playa y lo que no lograba comercializarse se conservaba mediante sal y secado al sol. No existían sistemas de refrigeración ni grandes mercados. La economía del puerto dependía de pequeñas jornadas de pesca destinadas a sostener a las familias.
En aquellos años, el atún no tenía el prestigio que alcanzaría después. Aunque abundaba frente a las costas manabitas, era poco apreciado por el consumo local.
Los habitantes preferían otras especies y, en muchos casos, incluso los productos importados despertaban más interés que el pescado capturado en la ciudad, señala Eduardo Xavier Pico Lozano en su tesis doctoral "Historia de la industria pesquera y procesadora de atún en San Pablo de Manta, Ecuador".
El gran cambio llegó en 1949 con la creación de Inepaca. La empresa introdujo una nueva lógica: el atún podía convertirse en un negocio industrial. Con ella aparecieron los llamados barcos cañeros, embarcaciones de madera tripuladas por unas 18 personas que pescaban utilizando sardina viva y anzuelos Squid.
La faena era intensa y agotadora. Cada pez debía subir rápidamente a bordo mientras los pescadores trabajaban bajo el sol durante horas interminables.
La revolución tecnológica del Pacífico
A finales de los años sesenta, la pesca en Manta comenzó a experimentar una transformación definitiva. Expertos japoneses llegaron a la ciudad entre 1968 y 1970 para enseñar nuevas técnicas de manejo y conservación del pescado. Introdujeron el uso inmediato de hielo para evitar daños en la carne y mejorar la calidad del producto destinado a la exportación.
Poco después aparecieron los primeros barcos de hierro importados desde Estados Unidos y México. La modernización cambió por completo la escala de producción. En los años ochenta cobró fuerza el palangre, un sistema de largas líneas con cientos de anzuelos utilizado para la captura de atún y pesca blanca.
Pero la gran revolución llegó en los años noventa con las redes de cerco. Estas enormes mallas rodeaban los cardúmenes y se cerraban por debajo, permitiendo capturas masivas en poco tiempo. La eficiencia fue tan alta que para el año 2000 cerca del 80 % de las capturas se realizaba con este método.
El puerto de Manta comenzó entonces a convivir con helicópteros, radares satelitales y sistemas avanzados de refrigeración. Empresas exportadoras perfeccionaron técnicas de fileteo y glaseado para cumplir con las exigencias de mercados como Japón y Estados Unidos.
Así, Manta pasó de ser un pequeño puerto de pescadores a convertirse en uno de los principales centros atuneros del mundo. Lo que empezó con anzuelos de concha y balsas de madera terminó transformándose en una poderosa industria que todavía hoy encuentra en el mar su razón de existir.