Dicen que en el atrio de la Iglesia y Convento de San Francisco falta una piedra. No es un descuido de los constructores ni una grieta del tiempo: es la piedra que, según la leyenda, salvó el alma de un indígena, Cantuña, que engañó al diablo.
La historia pertenece al corazón del Centro Histórico de Quito y se repite desde hace siglos entre guías, turistas y quiteños. Cuenta que un hombre llamado Cantuña, encargado de terminar la construcción del templo franciscano en el siglo XVII, hizo un pacto desesperado con Lucifer para terminar la obra a tiempo.
Algunos dicen que Cantuña era descendiente de Rumiñahui, el legendario guerrero que resistió a los conquistadores españoles tras la captura del inca Atahualpa. Otros lo describen simplemente como un obrero hábil que aceptó el trabajo seducido por la buena paga.
En cualquier versión, el desafío era el mismo: construir un complejo gigantesco en apenas seis meses. Con el paso de los días, la obra avanzaba, pero el tiempo se agotaba. Cuando faltaban pocas horas para la entrega, la iglesia seguía incompleta. Desesperado por no perder el contrato ni el dinero prometido, Cantuña habría tomado una decisión que marcaría la leyenda quiteña. Invocó al diablo.
El pacto de Cantuña para terminar la iglesia
Según el relato popular, el pacto fue simple: si Lucifer lograba colocar hasta la última piedra del templo antes del amanecer, Cantuña entregaría su alma. Sellado el trato, miles de diablillos comenzaron a trabajar en silencio durante la noche. Cargaban piedras, levantaban muros y completaban los detalles del edificio con una velocidad sobrenatural.
Antes de que saliera el sol, el trabajo parecía terminado.
El diablo regresó entonces para cobrar su recompensa. Pero Cantuña lo detuvo. Con una calma que sorprendió incluso al príncipe de las tinieblas, le dijo que el trato no se había cumplido: faltaba una piedra en la construcción.
La leyenda dice que Cantuña había escondido sigilosamente una de las piedras del atrio, evitando que los diablillos completaran la obra. Como el acuerdo exigía que la iglesia estuviera totalmente terminada, Lucifer no pudo reclamar su alma.
Así, gracias a una piedra ausente, el indígena salvó su destino.
Muchos quiteños aún aseguran que esa piedra perdida sigue sin colocarse. Y que, si algún día alguien decide ubicarla en su lugar exacto, todo el edificio podría derrumbarse.
Sin embargo, detrás de la fantasía existe también una historia real. Investigaciones históricas revelan que el personaje sí existió. Su nombre completo era Francisco Cantuña Pillampaña, y no era constructor, sino herrero que trabajaba para los franciscanos en el siglo XVII.
La historia verdadera del artesano
Documentos coloniales lo describen como un artesano próspero, casado con Lucía Heras y padre de ocho hijos. Su oficio le permitió ganar suficiente dinero para asegurar algo muy importante en la época: un lugar de sepultura para él y su familia dentro del convento.
Uno de los testimonios más concretos de su trabajo aún se conserva en el complejo franciscano: una puerta de hierro forjado terminada el 16 de febrero de 1696, cuya inscripción atribuye la obra al propio Cantuña.
Las crónicas coloniales también lo mencionan. El jesuita Juan de Velasco registró su existencia en Historia del Reino de Quito, mientras que el franciscano Juan de Santa Gertrudis relató una versión distinta del supuesto pacto con el diablo: no por la construcción del templo, sino para conocer con anticipación el día de su muerte.
Las nuevas investigaciones en la iglesia
La figura histórica de Cantuña también está ligada a una pequeña edificación dentro del complejo: la Capilla de Cantuña, donde la tradición afirma que muchas de las piedras fueron talladas por demonios.
Y, como si la leyenda todavía guardara secretos, investigaciones recientes han revelado nuevos rastros del pasado. En esa misma capilla, el musicólogo Jesús Estévez Monagas encontró decenas de libros corales del siglo XVII utilizados por los franciscanos. Entre ellos destaca un himno compuesto en 1671 por fray Francisco de Herrera, considerado uno de los registros musicales más antiguos de la práctica religiosa en Quito.
Las partituras, escritas en tetragramas, siguen siendo interpretables hoy. Son un testimonio inesperado de la vida cultural del Quito colonial y una prueba tangible de la actividad religiosa que rodeaba al personaje de Cantuña.
Ese descubrimiento demuestra que la historia de la ciudad no solo está escrita en piedra, sino también en música.
Quizá por eso la leyenda continúa viva. Porque en Quito, entre campanas, plazas y conventos, la frontera entre historia y mito siempre ha sido difusa. Y mientras el atrio de San Francisco siga en pie, muchos seguirán mirando el suelo con curiosidad. Tal vez buscando la piedra que faltó.