En el cuerpo masculino, una diminuta glándula del tamaño de una nuez cumple un papel fundamental en la fertilidad y el bienestar reproductivo: la próstata. Ubicada justo a la salida de la vejiga y rodeando la uretra, esta estructura produce sustancias que nutren y facilitan el movimiento de los espermatozoides.
Además, participa en la generación de proteínas específicas, entre ellas un marcador biológico clave utilizado por la medicina moderna para detectar y monitorear posibles tumores. De acuerdo con el urólogo Carlos Vélez , en entrevista con Manavisión Plus , los principales trastornos que afectan a esta glándula son el crecimiento benigno asociado al envejecimiento, las inflamaciones (prostatitis crónica o aguda) y el cáncer.
El especialista precisó que el agrandamiento fisiológico de la próstata es un proceso común con el paso de los años, aunque su intensidad varía entre los hombres. En la práctica clínica, los síntomas más frecuentes son la disminución del chorro urinario , la necesidad de levantarse por las noches para orinar y el aumento en la frecuencia miccional.
Vélez explicó que el cáncer prostático suele avanzar de manera silenciosa en sus primeras fases, debido a que se origina en la periferia de la glándula. Solo cuando el tejido afectado crece de forma considerable y rodea completamente la uretra se presentan signos de obstrucción, a diferencia del crecimiento benigno, que provoca molestias desde etapas tempranas.
La aparición de sangre en la orina, añadió, suele estar más relacionada con enfermedades de la vejiga, mientras que en los casos de cáncer de próstata este síntoma surge únicamente en fases avanzadas. Por ello, insistió en la importancia de realizar análisis médicos.
Detección temprana y edades recomendadas
Vélez recomendó hacerse chequeos desde los 50 años, aunque no haya síntomas. En hombres con pariente de primer grado con cáncer de próstata -padre o hermano-, el tamizaje debe empezar a los 45 años. Por debajo de esas edades, la probabilidad es baja. La meta del control no es esperar molestias, sino encontrar lesiones en etapas curables.
Para lograrlo, el especialista señaló que el antígeno prostático específico (PSA) aporta una sensibilidad importante, pero su rendimiento mejora de forma decisiva cuando se combina con el examen físico por vía rectal. Con ambos normales, la probabilidad de pasar por alto un tumor cae de manera muy significativa. Si el PSA está elevado, el siguiente paso es confirmar la causa, porque también puede ascender en procesos inflamatorios.
En cuanto a tecnologías de apoyo, la resonancia multiparamétrica ha ganado terreno para localizar áreas sospechosas y guiar decisiones, pero su indicación es específica y no reemplaza la dupla PSA-examen físico . Además, su costo y disponibilidad limitan el acceso, por lo que no se recomienda como sustituto del protocolo básico de tamizaje en población general.
El urólogo subrayó que la prevención se apoya en factores modificables: evitar el tabaco -principal factor prevenible de cáncer en general-, controlar el peso , hacer actividad física regular y mejorar la alimentación. Estos cambios impactan el perfil metabólico y cardiovascular y contribuyen a disminuir riesgos. La herencia también influye y explica por qué se adelanta la edad de inicio del control cuando hay antecedentes directos.
Sobre productos naturales , Vélez indicó que algunos extractos fitoterapéuticos como serenoa repens pueden mejorar síntomas urinarios en un subgrupo de pacientes con crecimiento benigno, sobre todo cuando no toleran fármacos habituales. Sin embargo, enfatizó que no previenen ni curan el cáncer , no sustituyen tratamientos con mejor evidencia ni reemplazan una cirugía.
El esquema de control sugerido, añadió, es un análisis de PSA anual a partir de los 50 años. Si el resultado es normal, se repite al año; si está en rango sospechoso o el tacto arroja hallazgos anómalos, se amplía el estudio. Cuando la sospecha persiste, la confirmación diagnóstica llega con biopsia dirigida y evaluación patológica, que clasifica la agresividad del tumor y orienta las opciones terapéuticas.
Tratamientos y posibles efectos secundarios
Una vez confirmado el diagnóstico, el manejo depende del grado y la extensión. En tumores localizados y de riesgo intermedio, la cirugía o la radioterapia ofrecen posibilidades de curación. Si hay metástasis, el abordaje cambia y se combinan terapias sistémicas.
Vélez explicó que la prostatectomía radical -cuando el cáncer está confinado a la glándula- extirpa completamente el órgano y reconecta vejiga con uretra. Ese procedimiento, por su vecindad anatómica, puede conllevar riesgos de incontinencia urinaria y disfunción eréctil si se afectan el esfínter o los nervios responsables de la erección. Por ello se busca técnica meticulosa y centros con experiencia.
El avance tecnológico, como la cirugía asistida por robot, ha mejorado la visualización y la precisión, lo que ayuda a preservar estructuras clave. Aun así, subrayó que los resultados dependen de la curva de aprendizaje y del volumen quirúrgico del equipo. La selección adecuada de pacientes y la pericia operatoria son determinantes para maximizar control oncológico y calidad de vida.
Sexualidad, síntomas y barreras culturales
Respecto a la función sexual , el urólogo diferenció dos problemas que pueden coexistir pero no son equivalentes: las dificultades de erección, con frecuencia relacionadas con factores psicológicos o vasculares, y los trastornos urinarios derivados del crecimiento benigno o la inflamación. Algunos medicamentos para mejorar la micción pueden afectar el deseo o la erección como efecto secundario; por eso el manejo debe individualizarse y, cuando coexisten ambas condiciones, tratarse por separado.
Vélez observó que el rechazo al examen físico ha disminuido , aunque persisten barreras culturales, sobre todo en zonas rurales. Informar con claridad, explicar que el procedimiento dura segundos y realizarlo con técnica apropiada reduce el temor, destacó. La educación sanitaria y la normalización del control anual fomentan diagnósticos precoces y tratamientos más simples.
El mensaje final del especialista fue práctico: no esperar señales tardías. Programar el PSA anual desde los 50 años -o desde los 45 si hay antecedente familiar directo-, sumar el examen físico cuando corresponda y adoptar hábitos saludables constituyen la estrategia más efectiva para proteger la salud prostática y mantener buena calidad de vida.