Una investigación publicada por The New York Times alerta sobre el impacto silencioso —pero profundo— del uso excesivo de pantallas en el aprendizaje escolar. Estudios, datos internacionales y evidencia científica coinciden en una conclusión incómoda: leer en papel y escribir a mano favorecen una comprensión más profunda que los dispositivos digitales.
Durante décadas, los resultados de las pruebas estandarizadas en Estados Unidos mostraron una tendencia al alza. Sin embargo, esa curva se rompió alrededor de 2012 y tocó fondo en 2023 y 2024, alcanzando “su nivel más bajo en dos décadas”, según detalla Jean M. Twenge, profesora de psicología de la Universidad Estatal de San Diego, en un artículo de análisis publicado por The New York Times.
Aunque la pandemia de COVID-19 agravó la situación, Twenge es clara al señalar que el problema comenzó mucho antes. “El descenso en los resultados de las pruebas empezó años antes de la pandemia”, advierte, y apunta a un factor clave: la masificación de los teléfonos inteligentes y otros dispositivos digitales en la vida escolar.
El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. A escala global, el rendimiento de estudiantes de 15 años en matemáticas, lectura y ciencias alcanzó en 2022 su nivel más bajo, de acuerdo con evaluaciones internacionales.
Pantallas en el aula: una distracción normalizada
La autora sostiene que prohibir los teléfonos móviles en las aulas —una medida adoptada ya por distritos escolares enteros, como en el estado de Nueva York— es un avance, pero insuficiente. El foco del problema se ha desplazado a computadoras portátiles y tabletas, muchas de ellas entregadas por las propias escuelas.
“Podrías pensar que estos dispositivos solo permiten un número limitado de funciones. Si lo supusieras, te equivocarías”, escribe Twenge. En la práctica, muchos estudiantes tienen acceso libre a plataformas de streaming, videojuegos y redes sociales durante el horario escolar.
Twenge resume la evidencia sin rodeos: “Cuanto más tiempo pasan los estudiantes haciendo algo diferente en sus portátiles durante la clase, peores son sus calificaciones, incluso después de considerar su capacidad académica”.
Finlandia y Japón: dos modelos, dos resultados
El análisis del New York Times compara realidades opuestas. En Finlandia, país que durante años fue referente educativo, los adolescentes reconocieron usar dispositivos con fines recreativos durante casi 90 minutos diarios en la jornada escolar. Entre 2006 y 2022, sus resultados académicos cayeron de forma pronunciada.
En contraste, en Japón —donde el uso recreativo de dispositivos en clase no supera los 30 minutos— el rendimiento se ha mantenido estable, especialmente en matemáticas y ciencias.
Leer en papel y escribir a mano: una ventaja comprobada
Uno de los hallazgos más contundentes citados por Twenge proviene de un metaanálisis de 2018: leer en papel conduce a una comprensión significativamente mejor que leer en formato digital, desde la primaria hasta la universidad.
La diferencia también se observa en la toma de apuntes. En 24 estudios analizados, los estudiantes universitarios que escribían a mano tenían un 58% más de probabilidades de obtener calificaciones sobresalientes. Mientras que quienes tomaban notas en computadoras portátiles tenían un 75% más de probabilidades de reprobar.
El contexto actual: atención fragmentada y dopamina rápida
Aunque el artículo se centra en evidencia científica, el debate conecta con advertencias recientes de figuras del mundo tecnológico. En una entrevista en el podcast de Katie Miller, Elon Musk describió el fenómeno como “déficit de atención inducido”. Además, calificó a los videos cortos de plataformas como TikTok, Reels o Shorts como “fentanilo digital”.
Según Musk, este formato reduce la capacidad de concentración humana a menos de ocho segundos, dificultando tareas que exigen atención sostenida, como leer un libro o desarrollar pensamiento crítico. Un contexto que refuerza, desde otro ángulo, las conclusiones planteadas por la investigación académica.
¿Volver al papel? Una discusión incómoda pero necesaria
Twenge plantea una pregunta que incomoda a padres, docentes y autoridades educativas: ¿fue un error entregar un dispositivo a cada estudiante? Para la investigadora, el balance es claro. “Es evidente que esas políticas han sido un fracaso”, sostiene. Y propone un uso mucho más limitado de la tecnología, especialmente en los primeros años escolares.
Reducir tareas digitales, permitir que las familias opten por no usar dispositivos escolares y, en algunos casos, regresar a libros, cuadernos y lápiz no es nostalgia: es una estrategia respaldada por datos.