Según el neurólogo Gustavo Ospitia, entrevistado por Manavisión Plus, la salud cerebral se sustenta en tres pilares esenciales: una adecuada alimentación, un sueño reparador y la práctica regular de actividad física. Cuando alguno de ellos falla, las consecuencias repercuten directamente en la memoria , la concentración y el bienestar cognitivo.
En materia de nutrición, Ospitia advierte que no basta con comer varias veces al día, sino que es necesario priorizar la calidad de los alimentos. El exceso de comida chatarra, productos ultraprocesados y embutidos no aporta lo que el cerebro requiere para funcionar de manera óptima. Por el contrario, incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como Alzheimer y Parkinson.
El especialista resalta que desde 2019 diversos estudios han vinculado el alto consumo de carbohidratos con un mayor deterioro cognitivo. Aunque existe debate sobre la cantidad que debe ingerirse, la recomendación es mantener un balance y evitar el exceso, ya que la obesidad y el síndrome metabólico agravan los riesgos neurológicos.
El descanso es otro pilar determinante para la salud cerebral. Dormir poco o de manera interrumpida afecta directamente la capacidad del cerebro para fijar recuerdos y procesar información. Ospitia indica que la exposición nocturna a pantallas, ya sea de teléfonos o televisores, genera un estímulo excesivo de dopamina que altera la conciliación del sueño y disminuye la calidad del descanso.
Un mal patrón de sueño, señala, suele derivar en quejas frecuentes de pérdida de memoria o falta de concentración. En muchos casos, mejorar los hábitos de descanso puede revertir síntomas que los pacientes suelen atribuir erróneamente a enfermedades más graves. Eliminar pantallas en la habitación y establecer horarios de sueño regulares son pasos esenciales para garantizar un descanso reparador.
La privación de sueño también incrementa la vulnerabilidad del cerebro a trastornos cognitivos a largo plazo. Cuando el descanso no cumple su función reparadora, el riesgo de demencia y otros deterioros neurológicos aumenta de manera considerable.
El tercer pilar, la actividad física, cumple un rol decisivo en la salud cerebral. Ospitia explica que el ejercicio no solo fortalece el cuerpo, sino que estimula la producción de sustancias que protegen las neuronas y mejoran la memoria. La masa muscular, en particular, actúa como un seguro de vida en la vejez, ya que permite mantener independencia funcional y previene la pérdida de capacidades.
La evidencia reciente demuestra que el entrenamiento de fuerza, como levantar pesas, es especialmente beneficioso para preservar funciones cognitivas y motoras. Aunque muchos pacientes temen realizarlo en edades avanzadas, Ospitia aclara que es precisamente en esa etapa cuando resulta más necesario para evitar caídas, lesiones y deterioro acelerado.
Caminar o bailar son actividades positivas, pero no suficientes si no se complementan con ejercicios de fuerza. La clave está en lograr que la frecuencia cardíaca se eleve y que los músculos trabajen, generando así un impacto real en el cerebro y en la prevención de enfermedades neurodegenerativas.
La prevención, enfatiza Ospitia, debe comenzar en la infancia. El aumento de la obesidad infantil y la excesiva exposición a dispositivos electrónicos son señales de alerta. Los niños que pasan mucho tiempo frente a pantallas y no realizan suficiente actividad física presentan más dificultades de aprendizaje y lenguaje, lo que repercutirá en su vida adulta.
El especialista insiste en que la maduración del cerebro infantil no depende solo de los juegos digitales, sino también de actividades que estimulen la creatividad y el movimiento, como montar bicicleta, cantar, pintar o practicar deportes. Estos hábitos fortalecen la corteza prefrontal y preparan a los niños para enfrentar con éxito los retos cognitivos de la vida.
Así, la salud cerebral no debe concebirse como una preocupación exclusiva de la tercera edad, sino como un proceso continuo que requiere atención desde las primeras etapas de desarrollo.
Entre las enfermedades que más preocupan por su impacto en la población están el Alzheimer y el Parkinson. Ambas avanzan lentamente y presentan síntomas tempranos que suelen pasar desapercibidos. En el caso del Parkinson, señales como la pérdida del olfato, el estreñimiento crónico, la lentitud de movimientos o los trastornos del sueño pueden preceder al temblor, que aparece en fases más avanzadas.
El Alzheimer , por su parte, carece de una cura definitiva. Sin embargo, modificar los hábitos de vida puede mejorar la evolución del paciente. Reducir el consumo de carbohidratos refinados, controlar la obesidad y mantener la actividad física son medidas que disminuyen el avance de la enfermedad.
Ospitia recalca que muchas personas no se preguntan por qué desarrollan hipertensión, diabetes o demencia. Asumir una actitud preventiva y cuestionarse los hábitos diarios es fundamental para frenar el incremento de enfermedades neurológicas en la sociedad actual.
Finalmente, el neurólogo recuerda que el cerebro está compuesto en gran parte por grasa , por lo que satanizar su consumo resulta un error. Lo importante es combinarla de manera adecuada y evitar mezclarla con carbohidratos que incrementen el riesgo metabólico. Una dieta balanceada, acompañada de sueño suficiente y ejercicio de fuerza, constituye la fórmula más efectiva para cuidar la mente.
La salud cerebral es responsabilidad de cada persona y debe cultivarse a lo largo de la vida. Adoptar hábitos conscientes permitirá enfrentar la vejez con autonomía, prevenir enfermedades neurodegenerativas y garantizar un mejor bienestar general, según el especialista.
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