Desde hace tres años, Pablo no es el mismo debido a la violencia. En el barrio lo ven pasar como una sombra que todavía respira: ya no ríe con los amigos de la esquina, evita las conversaciones largas y apenas sostiene la mirada de su familia. En el trabajo cumple, pero se refugia en un silencio espeso, como si hablar fuera un riesgo.
Los dolores de cabeza aparecen sin aviso, la ansiedad le oprime el pecho como una mano invisible y, en ocasiones, un grito brota desde lo más hondo, imposible de contener.
Tiene 35 años y su vida se quebró una tarde cualquiera, cuando cuatro hombres en motocicleta lo acorralaron. Lo raptaron, le hundieron un arma en la boca y le ordenaron que dejara de apoyar a un político que aspiraba a la alcaldía. El mensaje fue claro, brutal y efectivo. Desde entonces, Pablo vive perseguido por el recuerdo del sabor del metal, el frío del cañón y la certeza de una muerte inminente. Aquel día no lo mataron, pero algo en él murió para siempre.
La violencia y el daño psicológico
La historia de Pablo no es un caso aislado. Es un ejemplo concreto de lo que los especialistas llaman daño psicológico, una consecuencia frecuente y profunda de los delitos violentos.
Así lo demuestra el estudio realizado por los psicólogos españoles Enrique Echeburúa, Paz de Corral y Pedro Javier Amor, quienes analizaron durante años el impacto emocional de agresiones sexuales, violencia familiar y terrorismo. Sus hallazgos revelan que la violencia no termina cuando cesa el ataque: continúa instalada en la mente de las víctimas.
Un delito violento irrumpe de forma abrupta y rompe la sensación básica de seguridad. La persona deja de sentirse a salvo en el mundo, incluso en los espacios más cotidianos. Según el estudio, más de la mitad de las víctimas evaluadas desarrollaron trastorno de estrés postraumático, un cuadro clínico que se manifiesta a través de recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación constante y un estado permanente de alerta. El cuerpo reacciona como si el peligro aún estuviera presente.
Las cifras varían según el tipo de violencia sufrida. Las agresiones sexuales y el terrorismo generan los niveles más altos de daño psicológico, con tasas que se acercan al 70% de estrés postraumático. La violencia familiar, aunque a menudo minimizada, deja también una huella profunda: casi la mitad de las víctimas presentan síntomas graves, independientemente de que el maltrato haya sido físico o psicológico. La repetición del daño, día tras día, erosiona la autoestima y la identidad.
Las víctimas y los síntomas
Uno de los hallazgos más inquietantes es que el tiempo no garantiza la recuperación. Las víctimas recientes muestran síntomas más intensos, pero muchas personas continúan atrapadas en el trauma meses o años después.
La evitación se vuelve una forma de vida: se cambian rutas, se abandonan lugares, se rompen vínculos. El mundo se reduce y se vuelve amenazante. Pablo lo sabe bien. Desde el secuestro, desconfía de los desconocidos y evita hablar de política, incluso en voz baja.
El daño psicológico no afecta solo a las víctimas directas. Las familias también quedan marcadas. Madres, hijos y parejas cargan con el dolor, la incertidumbre y la necesidad de reorganizar la vida. En muchos casos, el sufrimiento se comparte, pero no siempre se verbaliza. El silencio se convierte en una forma de supervivencia.
Las lesiones psíquicas y las secuelas emocionales
Los especialistas distinguen entre lesiones psíquicas y secuelas emocionales. Las primeras pueden mejorar con apoyo social y tratamiento psicológico. Las segundas, en cambio, se consolidan como cambios duraderos en la personalidad: desconfianza, hostilidad, dependencia emocional, aislamiento o pérdida de sentido vital. Son cicatrices invisibles que afectan el trabajo, las relaciones y la capacidad de proyectar el futuro.
A este daño se suma, con frecuencia, una segunda herida: la victimización secundaria. El paso por el sistema judicial, la falta de información, la desconfianza hacia el testimonio o la exposición mediática obligan a revivir el trauma una y otra vez. En contextos como el ecuatoriano, donde la violencia política y criminal ha crecido, muchas víctimas sienten que deben enfrentar solas un proceso largo y desgastante.
La evaluación psicológica resulta clave para comprender la magnitud del daño, orientar el tratamiento y evitar la revictimización. Reconocer el sufrimiento no es solo una cuestión clínica, sino también social y ética. Porque detrás de cada cifra hay una historia como la de Pablo: una vida que continúa, pero que ya no vuelve a ser la misma.