San Alberico nació alrededor del año 1060 en una familia noble de Borgoña. Ingresó muy joven en el monasterio benedictino de Molesme, donde profesó y fue ordenado sacerdote.

En Molesme conoció a San Roberto, prior del monasterio, y compartió con él la inquietud por la relajación observada en la vida monástica benedictina del siglo XI.

El camino hacia la austeridad absoluta

Los orígenes del movimiento cisterciense se remontan al descontento de un grupo de monjes con la relajación de las normas en la Abadía de Molesme. San Alberico, junto a San Roberto de Molesme y San Esteban Harding, buscaba una observancia literal de la disciplina benedictina. En el año 1098, este grupo partió hacia el inhóspito valle de Cîteaux, en la diócesis de Chalon-sur-Saône, para fundar el "Nuevo Monasterio".

Tras el regreso de Roberto a Molesme por mandato pontificio en 1099, San Alberico asumió el cargo de segundo abad de Cîteaux. Su liderazgo fue determinante durante los años de mayor precariedad económica y física de la fundación. Bajo su dirección, la comunidad se consolidó como un referente de espiritualidad donde el silencio absoluto y la renuncia a las rentas feudales se convirtieron en los pilares de la convivencia.

La filosofía de San Alberico se centraba en la desposesión de todo lo superfluo. Esto incluía tanto la vestimenta como la ornamentación de las iglesias. Su gestión eliminó el uso de pieles, ropa de cama refinada y alimentos procesados, priorizando el sostenimiento mediante el cultivo directo de la tierra por parte de los propios monjes, una práctica que marcó el desarrollo agrícola de Europa Occidental.

El reconocimiento pontificio y el "Privilegium Romanum"

Uno de los hitos más significativos de la obra de San Alberico fue la obtención del Privilegium Romanum en el año 1100. Preocupado por las interferencias de los señores laicos y de otras jerarquías eclesiásticas, el abad envió a dos monjes a Roma para solicitar la protección directa de la Santa Sede. El papa Pascual II emitió una bula que otorgaba al monasterio de Cîteaux autonomía jurídica, blindándolo contra presiones externas.

Este documento es considerado la piedra angular de la independencia cisterciense. Gracias a este respaldo legal, la orden pudo expandirse sin comprometer sus principios de pobreza. La labor de San Alberico no solo fue espiritual, sino también administrativa y legislativa, asegurando que el experimento de Císter no desapareciera tras su muerte, sentando las bases para lo que luego potenciaría San Bernardo de Claraval.

Históricamente, a San Alberico se le atribuye la introducción del hábito blanco o gris claro en lugar del negro tradicional de los benedictinos cluniacenses. Según la tradición hagiográfica, este cambio simbolizaba la pureza y la devoción especial a la Virgen María, declarada patrona de todas las iglesias de la orden. Este distintivo visual separó definitivamente a los "monjes blancos" (cistercienses) de los "monjes negros" (benedictinos tradicionales).

Un legado de silencio, trabajo y oración

El legado de San Alberico perdura en la estructura de la Orden Cisterciense de la Común Observancia y la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (Trapenses). Su énfasis en el equilibrio entre el "Ora et labora" (ora y trabaja) permitió que el monacato se convirtiera en un motor de civilización y ordenamiento territorial en la Edad Media, promoviendo innovaciones en hidráulica y gestión de granjas.

La razón por la cual se celebra su festividad el 26 de enero corresponde a su dies natalis, el día de su muerte. En la tradición católica, esta fecha marca el nacimiento del santo a la vida eterna. Aunque no existe un decreto de canonización formal al estilo moderno, su culto fue confirmado por la Santa Sede debido a su veneración inmemorial y su impacto en la cristiandad.

Hoy en día, la figura de San Alberico es estudiada como un ejemplo de resiliencia institucional. Su capacidad para mantener la cohesión de una comunidad en condiciones de extrema pobreza, logrando al mismo tiempo una reforma litúrgica y legislativa, lo posiciona como una de las figuras clave de la historia medieval europea. Su obra representa la búsqueda constante de coherencia entre los ideales profesados y la práctica cotidiana.