Cada 2 de febrero, la comunidad católica global conmemora la Presentación del Señor en el Templo, una festividad litúrgica que ocurre exactamente 40 días después del nacimiento de Jesucristo. Este evento, narrado en el Evangelio de San Lucas, describe el cumplimiento de las leyes levíticas de la época por parte de la Virgen María y San José en Jerusalén. La celebración tiene como objetivo recordar la manifestación de Jesús como la "Luz del Mundo" y marca el cierre definitivo del ciclo de la Navidad en el calendario litúrgico.
El origen bíblico y la Ley de Moisés
La raíz de la Presentación del Señor se encuentra en las prescripciones de la Ley de Moisés. Según el libro del Levítico, toda mujer que daba a luz a un varón debía permanecer cuarenta días sin acudir al santuario, periodo tras el cual debía presentarse para su purificación ritual. Simultáneamente, el libro del Éxodo establecía que todo primogénito varón pertenecía a Dios y debía ser rescatado mediante una ofrenda en el Templo.
María y José, cumpliendo con la tradición judía, llevaron al niño Jesús a Jerusalén. En este contexto, la figura central no es solo el infante, sino el reconocimiento de su divinidad por parte de quienes le esperaban. La filosofía de este acto radica en la obediencia y la humildad, donde la Sagrada Familia se somete a leyes de las que, según la doctrina teológica, podrían haber estado exentos debido a la naturaleza divina del hijo.
Este evento histórico-religioso es lo que constituye el fundamento de la santidad de la fecha. No se celebra a un "santo" en el sentido convencional de una persona canonizada tras su muerte, sino al "Santo de los Santos", Jesucristo, en su primer acto público de consagración. El legado de esta acción se traduce en la presentación de la vida misma al servicio de la voluntad divina.
El profeta Simeón y el simbolismo de la luz
Un punto de inflexión en el relato bíblico de la Presentación del Señor es el encuentro con el anciano Simeón, a quien se le había prometido que no moriría sin ver al Mesías. Al tomar al niño en brazos, Simeón pronunció el cántico conocido como Nunc Dimittis, donde define a Jesús como "Luz para iluminar a las naciones". Este reconocimiento es el que otorga el carácter luminoso a la festividad.
A partir de esta profecía, la tradición evolucionó hacia la bendición de velas o cirios, dando origen al nombre popular de Día de la Candelaria. Los fieles acuden a las iglesias con velas que simbolizan la fe y la guía de Cristo en medio de las tinieblas. La profetisa Ana, una viuda de 84 años que servía en el Templo, también es figura clave, pues al ver al niño comenzó a hablar de él a todos los que esperaban la redención de Israel.
La obra de estos personajes bíblicos en la narrativa de la Presentación del Señor subraya la importancia de la paciencia y la esperanza. El papa San Gelasio I fue fundamental en el siglo V para oficializar estas procesiones de luces en Roma, buscando sustituir antiguas festividades paganas (como las Lupercales) por un rito centrado en la figura de Cristo como guía espiritual.
Legado cultural
El legado de la Presentación del Señor trasciende lo estrictamente religioso para convertirse en un fenómeno cultural. En muchos países hispanohablantes, la fecha se vincula con la protección de las familias y la presentación de niños ante las autoridades eclesiásticas, replicando el gesto de María y José. La filosofía detrás de la fiesta es la renovación de las promesas bautismales y el compromiso de llevar una vida ética bajo la "luz" de los valores cristianos.
Actualmente, el Vaticano también celebra en esta fecha la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, instituida por San Juan Pablo II en 1997. Esta adición al calendario destaca a quienes dedican su vida totalmente al servicio religioso, vinculando su "presentación" personal a Dios con la de Jesús en el Templo. Es, por tanto, un día de doble significación: la purificación ritual y la consagración total.