En una esquina de Portoviejo, un letrero curioso cambió la rutina de un barrio: allí, todavía se alquilan vagos para trabajar.
En la calle Los Tulipanes , en la ciudadela Villas 15 de Abril, aún se mantiene viva una tradición particular. Allí, en un taller de ebanistería, un anuncio pintado con letras grandes ofrece un servicio que mezcla ironía y necesidad: “Se alquilan vagos”.
La frase, que hoy es conocida en Portoviejo, surgió hace aproximadamente 20 años y con el tiempo dio un giro inesperado en la vida de muchos vecinos.
La historia empezó cuando Ney Macías Reyes , dueño del taller, se cansó de ver a varios hombres del barrio reunidos cada día a jugar naipes. Mientras él trabajaba como ebanista, cerca de 20 personas permanecían sin empleo y sin rumbo fijo. En medio de aquella escena cotidiana, Ney decidió poner fin a la situación con un toque de ingenio , creando un letrero que cambiaría la dinámica social del lugar.
“Él decía que qué les pongo para que se vayan”, recordó su hijo Alberto Macías , uno de los actuales “vagos”. Un día, junto a su amigo conocido como Picasso , pintaron el cartel y lo instalaron frente al taller. Lo que comenzó como una broma de barrio se convirtió en una inesperada puerta laboral para quienes buscaban una oportunidad en oficios varios.
Con el nuevo letrero, la gente empezó a llegar hasta Villas 15 de Abril para contratar pintores, carpinteros, plomeros, albañiles y electricistas. La curiosidad por el anuncio creció tanto que incluso había quienes se acercaban únicamente para tomarse fotografías junto al cartel. “La gente se venía hasta tomar fotos”, recordó Javier Murillo, maestro pintor que todavía integra el grupo de vagos disponibles.
Murillo explicó que después de instalar el aviso, varios hombres desempleados encontraron trabajo estable. Algunos de ellos se convirtieron en choferes, mientras otros se dedicaron a la construcción. Lo que parecía una simple ocurrencia se transformó en una alternativa real para quienes necesitaban un ingreso.
Aunque Ney Macías falleció hace cinco años, en el taller aún permanece su retrato y un letrero renovado que conserva la leyenda original. El cartel tuvo que ser reemplazado porque el primero se deterioró con el paso del tiempo, pero la frase permanece como símbolo del ingenio popular y la memoria barrial .
Hoy, el número de vagos que esperan trabajo ha disminuido. Ya no llegan 20 como antes y apenas se reúnen menos de diez, cada tarde. Algunos lograron conseguir empleos estables , pero quienes permanecen lo hacen con la esperanza de que alguien llegue a buscarlos para un t rabajo ocasional . “Aquí consiguen de todo”, comentan entre risas, mientras esperan a que un vecino necesite servicios de plomería, gasfitería, pintura o electricidad.
Los encuentros de los vagos se dan en el taller, frente a la Iglesia San Luis Gonzaga . Allí se agrupan hombres, todos adultos y más allá de la etiqueta que los nombra como vagos, han mantenido vivo un legado barrial convertido en tradición. Para ellos, lo importante no es el tiempo que se alquilen , sino la posibilidad de encontrar un sustento digno en medio de las calles que los ha visto crecer.